Autobombo
por Francisco José Súñer Iglesias

Si de algo he pecado desde que arrancó el Sitio es de modesto. Nunca he considerado este pequeño espacio como el máximo exponente de la ciencia-ficción del internet hispano (que no lo es) ni he pretendido colgarme más medallas que aquellas que se me han concedido (reconocimientos y felicitaciones de palabra y obra y, por supuesto, ese par de Ignotus) Por eso se me hacen muy curiosos los lanzamientos o anuncios en los que se marcan toda una serie de pautas o políticas pomposas y rimbombantes, adelantando un futuro, que sin ser imposible, está aún por demostrar.

Es lo que se da en llamar vender la moto, poner por delante unas supuestas virtudes que, en apariencia, colman las necesidades (reales o no) de los destinatarios del lanzamiento y que todavía no se han demostrado.

Hay una fábula muy al hilo de esto;

En cierta ocasión un tratante acordó con un campesino comprarle el burro por cien monedas, le pagó por anticipado y al ir al día siguiente a recoger el animal se lo encontró muerto. Naturalmente exigió al campesino la devolución del dinero, pero este se lo había gastado ya. Con todo, el tratante se llevó el burro muerto.

Un mes después el campesino se encontró con el tratante, más rico que nunca. Amoscado, le preguntó por el burro.

—Lo llevé a la feria del ganado de la capital, lo rifé a dos monedas el boleto, quinientos boletos vendí, novecientas noventa y ocho monedas gané.

—Serían mil monedas.

—No, tuve que devolver el dinero al ganador, ¡no le iba a dar un burro muerto!

La publicidad, el autobombo, el vender humo, no dejan de esconder muchos burros muertos, intentos más o menos interesados de crear unas expectativas, un mercado. Como toda buena campaña publicitaria el producto ha de venderse por anticipado, no dejar que el destinatario pueda constatar por si mismo los defectos hasta que estos son bien evidentes, y poco a poco crear un aura de excelencia donde bien puede no haberla en absoluto.

Es una práctica legítima, pero que no entiendo si hablamos de iniciativas que no tienen una finalidad económica clara. Lo que se hace por amor al arte se hace con paciencia y cariño, pensando más en la satisfacción personal que en el reconocimiento ajeno, a no ser, claro que haya por medio un ego de dimensiones galácticas que necesite se alimentado continuamente y por eso disfrazar de prestancia a algo que efectivamente lo puede tener, o no.

Ahí entra un segunda cuestión más peliaguda aún si cabe: que la bondad del producto no sea tan pésima como para echar por tierra la campaña previa. El producto puede tener sus propias virtudes, aunque sin llegar estas a ser todo lo fabulosas que se había prometido con tanto entusiasmo. Entra entonces en juego la sugestión, el convencimiento del destinatario y consumidor, que al no encontrar unos defectos evidentes no piensa que los haya, y abrumado por la palabrería confunda un termino medio razonable, e incluso la propia mediocridad, con la excelencia.

Todo puede suceder.

© Francisco José Súñer Iglesias
(508 palabras)