Yo opino, tú me insultas
por Manuel Nicolás Cuadrado

Recuerdo vagamente, hace muchos años, haber visto una película de Bob Hope en la que encarnaba a un feroz crítico, no recuerdo bien si literario o teatral. Cuando una obra no le gustaba, la descuartizaba pieza a pieza, deleznaba al autor y machacaba a sus protagonistas. Cuando realizaba esta labor, estaba pletórico, su humor se ponía por las nubes y se mostraba inmensamente feliz. Sin embargo, cuando consideraba una obra buena y así lo hacía constar, caía en una profunda depresión, su humor se nublaba y se mostraba inconsolablemente triste.

La diferencia entre OPINIÓN y CRÍTICA en este sitio que nos ocupa, ya ha sido explicada hasta la saciedad en incontables artículos, respuestas, réplicas y contra réplicas. No voy a ser yo quien repita otra vez la distinción.

Pero sí me gustaría hacerles mención de lo siguiente. Me llama poderosamente la atención la actitud cerril de creer que toda opinión ajena es mala cuando no coincide con la propia.

Cualquiera que cometa ese pecado, es un crítico (también se ha reflexionado largamente en este y otros foros acerca de lo devaluada que está la figura del crítico, no es momento para insistir, pero si para no olvidar el debate) y por lo tanto algo repugnante, ridículo, deleznable. El autor de dicha opinión, por lo tanto, es un personaje ignorante, desconocedor de lo que está hablando, carece del más mínimo entendimiento y sensibilidad y es, en su vida particular, un frustrado meapilas que debería dedicarse a hacer calceta o bordado de ganchillo.

Lo malo no es que se tenga esa extraña visión de la vida. Lo malo es que, en vez de replicar con razonamientos, argumentos y apreciaciones SOBRE LA OBRA OPINADA se contesta insultando, menospreciando y vilipendiando al AUTOR DE LA OPINIÓN. Esta personalización es un error sustancial y proviene de confundir, no siempre de forma inocente, la gimnasia con la magnesia, las churras con las merinas y los culos con las témporas.

Es un hecho constatable en esta página, por poner algunos ejemplos, que obras como LA ESPUMA DE LOS DÍAS, de Boris Vian, MÁS QUE HUMANO, de T. Sturgeon, e incluso la versión cinematográfica de DUNE, de David Lynch, poseen un ejército de seguidores irredentos que bucean en la red para localizar artículos y reseñas sobre sus obras amadas. En cuanto encuentran alguna que no satisfaga su fijación onanista, señalan con el dedo al opinante, sacan las horcas y las antorchas, se organizan en turba, y linchan al autor de la opinión dedicándole una serie de improperios a cual más ingenioso. Sobre la obra en sí, apenas una afirmación dogmática, de tipo ES UNA OBRA MAESTRA sin entrar en mayores detalles.

Cuidado, a nivel personal, no me rasgo las vestiduras ni me hago cruces en el pecho porque alguien no esté de acuerdo con mi opinión. Si hay argumentos detrás, si hay razonamiento, si hay buenas apreciaciones, acepto debatir y duelarme con cualquiera. Es bueno, es sano y es saludable conocer otros puntos de vista, respetarlos e incluso reconocer, llegado el caso, los errores cometidos. Pero, eso sí, en igualdad de condiciones.

Si al final, todo se reduce al A MI ME HA GUSTADO Y A TI NO, es correcto, pero la diferencia está en el fondo. No nos convirtamos en Bob Hopes, trolls, frikis o lo que queramos llamar.

Razonemos, argumentemos, en definitiva... PENSEMOS.

Hasta el primer contacto con una raza alienígena superior, el pensamiento estructurado es lo único que nos diferencia de las fieras. Y cuando llegue esa mente superior a la humana, si es que llega, pues ya veremos. ¿O no?

© Manuel Nicolás Cuadrado
(596 palabras)