Ciencia-ficción, mayoría minoritaria
por Francisco Ontanaya

Existe un debate añejo ya dentro del género de la ciencia-ficción en España entre dos posturas enfrentadas: la del nacionalismo de cerrar las fronteras del género y reafirmar su identidad dentro de una minoría, y la del populismo de abrirlo y aceptarlo en todas sus formas y derivaciones, incluyendo el friquismo más militante. Uno de los argumentos más importantes dentro de ese debate es si la ciencia-ficción es (o puede ser) un genero popular en nuestro país. Como referencia se exponen las reducidas cifras de ventas de los libros de ciencia-ficción y el aislamiento que ya existe respecto a los medios y el público en general.

Sin embargo, ese punto de vista es incompleto, ya que la raíz del problema para mí es mucho más general. La ciencia-ficción en España es, de hecho, muy popular: MATRIX o Star Wars no fueron precisamente un fracaso en taquilla. Pero nuestra gente lee poco y mal y para colmo muchos, educados a base de Unamunos y Galdoses, piensan que leer es una actividad de alta intelectualidad y si hacen el esfuerzo de leer algo, esperan al menos tener la recompensa de a) poder hablar de lo que han leído; y b) sentirse intelectuales hablando de ello. Por lo tanto, las pocas veces que la mayoría coge un libro, prefiere que sea o un autor de prestigio o un superdigestivo Dan Brown del que todos hablen. Es decir, para la parte mayoritaria y consumista de nuestra cultura la lectura se ve casi exclusivamente desde su utilidad social, y se ignora o se desprecia su valor más personal e interno.

Como es fácil imaginar, no es raro que mucha gente crea que no le resultaría fácil hablar de una lectura de ciencia-ficción, o que no podrían hablar de ella sin mezclar las churras con los neutrinos. Y mientras en el cine la gente se puede concentrar sólo en el disfrute del efecto especial, el hecho de que la base popular del género literario (aquello que todos conocen de él a bote pronto) sea tan escasa y en gran parte esté unida al fenómeno OVNI, lo convierte en un medio indeseable para socializar.

Partiendo de la idea de que abrir el género sin que pierda sus señas de identidad es deseable, habría que buscar una solución a esa inutilidad social de la ciencia-ficción. Una de las soluciones que (tendenciosamente, lo reconozco) más me atraen la apuntó Manel Díez en un editorial de la ya extinta revista electrónica Ad Astra: a la ciencia-ficción en España le hace falta un Induráin. O por poner otro ejemplo, un Fernando Alonso. La Fórmula 1, un deporte a su modo tan exclusivo y minoritario, posee ahora una indiscutible utilidad social en nuestro país: por el hecho de que se haya convertido en un motivo de orgullo patrio, por la sensación de que existe material de conversación en ella (preguntad, preguntad por ahí cuántos españoles odian a Ralf Schumacher) incluso por la posibilidad de entender un poco sobre un tema que, en realidad, no nos es tan ajeno (vamos, ¿quién no se ha subido nunca a un coche?)

Habría que estudiar, pues, cómo propiciar ese fenómeno en la ciencia-ficción. El sustrato existe: todos tenemos tecnología a nuestro alrededor. Encontrar a un Induráin puede ser más difícil, pero hoy en día ni siquiera es imprescindible. Cualquiera que cumpla unos requisitos básicos puede, a nivel de un valor como referencia popular, ser convertido en uno.

© Francisco Ontanaya
(579 palabras)
Publicado originalmente en El mar de las tormentas en 7 de febrero de 2005