El futuro en que vivimos
5. El culo y las témporas
por Francisco José Súñer Iglesias

Matar al mensajero es lo más cómodo cuando las noticias son malas. Las noticias no dejan de ser malas, pero se liberan tensiones. El problema viene cuando se confunde el culo con las témporas, o al mensajero con el remitente, o peor todavía, al caballo del mensajero con el contenido del mensaje.

Lumbreras los ha habido siempre y los tendremos que soportar durante mucho tiempo más, lumbreras que además se convierten en auténticos peligros ambulantes cuando por alguna extraña circunstancia llegan a puestos políticos o directivos de cierta importancia. Su ignorancia, analfabetismo y desconocimiento absoluto de los temas que tratan sólo pueden ser considerados seriamente desde la perspectiva de su incultura al respecto, que no se han enterado todavía del mundo en el que viven y que se creen aún en un pasado muy pretérito, casi tanto como los tipo de cobre de Gutemberg. De todas formas siendo, mal pensado, la tentación a ver sus ideas y propuestas inspiradas por la maldad y el puro afán de hacer daño es muy poderosa.

Veamos las últimas declaraciones de los responsables de la SGAE, en las que proponen, por enésima vez, que sean las operadoras de telecomunicaciones quienes paguen los derechos correspondientes de propiedad intelectual de las obras que los internautas se descargan a través de Internet (pago que no hace falta ser muy avispado para saber en quien repercutiría).

Según estas lumbreras, y en vista de que no se puede atacar por la vía legal al internauta (recuérdese que, sin ánimo de lucro, no hay delito respecto al asunto de las descargas y/o copias, y ya son varias las sentencias al respecto) ha de ser el transportista, el mensajero al cabo, quien haga efectivo ese otro concepto tan evanescente como es el lucro cesante, una especie de entelequia que dice que todo aquello que se descarga o copia supone un menoscabo en los ingresos de los derechohabientes de la obra en cuestión. El argumento del lucro cesante es falaz, empezando porque una gran proporción de quienes copian o descargan esas de obras no tienen capacidad económica suficiente como para afrontar su compra legal, de modo que afirmar que el 100% de las descargas suponen un lucro cesante es pecar no ya de optimista, sino de malintencionado.

Otro problema bastante peliagudo sería decidir que porcentaje del tráfico de Internet corresponde a esos intercambios de archivos. Si de le las múltiples SGAES que hay por el mundo se tratara, el 100% del tráfico estaría copado por descargas irregulares de sus obras protegidas. Nueva falacia. Nadie sabe realmente que contiene un paquete TCP, si es un trozo de correo electrónico, un fragmento fotografía, o parte de un archivo MP3, puede ser cualquier cosa, en definitiva, y todos esos estudios que salen a la luz de cuando en cuando proclamando que ese chorreo de bits es la ruina de los músicos y sus afanosos protectores son, cuando menos, tan sospechosos como las curiosa composición del cuerpo electoral de estas entidades de gestión.

Resumiendo: las entidades de gestión no se han enterado del mundo en el que viven y siguen en el pasado más troglodita, ya sea por ignorancia o por malicia se empeñan en aferrarse a un modelo de protección de sus asociados que confunde deliberadamente al falsificador de bienes tangibles (al que hay que perseguir con todo el peso de la ley) con el consumidor más o menos espabilado. Afortunadamente la ley y la justicia tiene los conceptos más claros (y ausentes de malicia) que estos recaudadores de impuestos privados (con todo, las leyes las hacen los políticos, otra especie permanentemente bajo sospecha, que las cambian dependiendo de quien les toque la flauta) sugieran todas las aberraciones financieras posibles para seguir recaudando un dinero que acaba teniendo un destino más que desconcertante, como los treinta millones de euros que costará rehabilitar el palacio del siglo XVIII ubicado en Boadilla del Monte que será destinado a ubicar el Instituto Complutense de Ciencias Musicales. ¿Alguien ha preguntado a los autores si quieren que su dinero sea destinado a tan faraónico proyecto?

Parece que la SGAE no solo mata mensajeros, también devora a sus propios hijos.

© Francisco José Súñer Iglesias
(690 palabras)