Especial Décimo Aniversario
Mi opinión como profesional
Especial Décimo Aniversario
por Jacinto Muñoz Vivas

Yo soy un profesional, un trabajo de profesionales, deberías consultar a un profesional, se busca profesional con experiencia, si hubieses llamado a un profesional..., garantía de profesionalidad.

No veo necesario aburriros más ni recurrir, como acostumbro, al DRAE, para demostrar que el término un profesional, así, con el artículo en masculino y sin negar que nuestra tradición cultural sea machista, es sinónimo de buen hacer, habilidad y pericia. En cualquier campo de la actividad humana, desde la limpieza de las calles, pasando por descerrajar cajas fuertes, hasta la puesta en órbita de estaciones internacionales, el factor de la profesionalidad es la mejor, si no la única, garantía de éxito.

El profesional es una especie muy evolucionada e inteligente, que se adapta con destreza a un amplio abanico de ambientes, pero su hábitat natural, el ecosistema donde mejor se desarrolla y prospera, es el mundo de la empresa; ese terrible y despiadado mundo, donde hacer el bien, en su acepción de beneficio, es una cifra en un balance, un número de cuyo color depende la supervivencia o la extinción, la victoria o la derrota frente al resto de depredadores, que compiten por el escaso alimento. Son los profesionales, en jaurías o como cazadores solitarios, los encargados de acechar y reducir a las presas.

Ninguna compañía que se precie, ningún gobierno, basará su gestión ni arriesgará su dinero en otras manos. Un buen profesional vale su peso en oro, certifica la calidad de los productos, la viabilidad de los proyectos y la recuperación de las inversiones realizadas.

En el mejor de los casos, claro, el asunto es complejo y no tengo yo capacitación profesional para analizar detalladamente las perversiones macroeconómicas del sistema capitalista occidental, me limitaré a señalar dos obviedades:

Todo buen profesional termina siendo abducido por el capital.
El capital es cruel, cobarde y huye como de la peste de los lugares donde no esté garantiza su rápida reproducción.

Dos principios lógicos, dada su naturaleza y no seré yo quien los cuestione, entre otros detalles, porque este modo de ser del vil metal, deja en barbecho tierras por donde prolifera y se reproduce una segunda especie: el no profesional, el aficionado.

El aficionado es un ser curioso, parecería por lo dicho que en oposición al profesional habría que calificarle de chapucero o no preparado, pero si exceptuamos a aquellos que lo son al bricolaje y similares, más que de torpe, habría que definirle como aquel individuo que dedica tiempo, esfuerzo y dinero a objetivos que son poco o nada importantes para el común de los mortales.

Este dato es esencial, lograr pegando palillos planos una reproducción perfecta de la torre Eiffel, reunir una colección de chapas que recorra todos los refrescos vendidos en España durante el pasado siglo o conseguir todas y cada una de las novelas de ciencia-ficción publicadas en castellano, tiene indudable mérito, pero poco más, si la repercusión social de cualquiera de estas actividades llegase a superar cierta masa crítica, pasará inmediatamente a ser objeto del capital y a convertirse en una actividad profesional.

No es que se tan terrible dar el salto a la profesionalidad, es la máxima ilusión de cualquier joven deportista y todo el mundo sabe los sano que es el deporte o ¿a quién no le gustaría poder vivir de su afición favorita? No, lo malo no es ser profesional, lo malo son las normas que rigen su mercado. El buen no profesional, el puro, aquel cuyo hacer o padecer aún no han sido absorbidos por la ley de la oferta y la demanda, está gobernado por otras, a veces igual de aberrantes, pero al menos diferentes, con escalas de valores donde los gustos y placeres más diversos ganan la batalla al beneficio económico.

Y por lo mismo la pierden contra el tiempo.

¿Cuantos han sido los esfuerzos de años que terminaron en el vertedero del cansancio, las limpiezas generales de primavera, la estrechez de las viviendas dignas o la amplitud de las humedades de la casa del pueblo? Proyectos, ideas, información incalculable e irrepetible, condenada por la misma ley que la hacía posible: la intrascendencia de lo minoritario. Algunas, pocas, encontraron refugio en fundaciones o excentricidades de algún millonario. Al final dinero, siempre el dinero, la pasta como garante de medios y continuidad en el tiempo.

O al menos así era hasta hace unos años, hasta que llegó la afamada y nunca bien analizada revolución de Internet.

Probablemente nadie lo pensó, Bill Gates no fue capaz de prever que la gran amenaza a su casi monopolio del software no vendría de los demás gigantes del sector sino de un finlandés llamado Linus. Ni las grandes productoras y editoriales, que el torpedo su línea de flotación se dispararía desde millones de hogares donde proliferaban las redes persona a persona. Nadie imaginó nunca que el capital estaba poniendo en manos de los aficionados una herramienta de valor incalculable: la posibilidad de poner a disposición del mundo cualquier elucubración, obra o fantasía que a uno se le antoje, descubrir que parte de ese mundo las comparte y conseguir colaboración en su desarrollo. Un espacio donde, tiempo, dinero o geografía, no son barreras infranqueables. Un remanso de libertad donde.

Exagero, la situación es nueva, la guerra continúa, el Sistema se readapta con facilidad pasmosa y al final todo el mundo tiene que comer de algo. Lo que no tiene marcha atrás, lo que ya está escrito, es la realidad de Sitios como este que hoy cumple diez años, y de otros, donde lo comercial y lo que vende queda por debajo de lo que me gusta y pienso.

Pero cuidado, no bajéis la guardia, un buen profesional de la publicidad, a poco que se empeñe, conseguirá convertir lo uno en lo otro.

© Jacinto Muñoz
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Jacinto Muñoz es colaborador habitual del Sitio de Ciencia-ficción