La palanca de la inteligencia
por Francisco José Súñer Iglesias

La reciente derrota del ajedrecista Vladimir Kramnik ante Deep Fritz, una máquina de jugar al ajedrez, ha despertado toda una serie de inquietudes y negros augurios acerca del futuro del hombre ante la máquina que no dejan de ser la enésima reencarnación del viejo complejo de Frankstein.

Sin embargo, no hay nada de lo que preocuparse. Como apunta Alfonso Seijas las máquinas llevan más de siglo y medio pudiendo correr más rápido que el más rápido de los hombres, y milenios levantando más peso que el más fuerte, ¿por qué extrañarse de que una máquina piense más rápido que el mejor cerebro humano? Al cabo se trata de eso, de pensar rápido. La máquina de por si no hace más que evaluar decenas de posibles posiciones de las piezas en el tablero y elige la que considera más ventajosa. ¿Cómo sabe cual es la más ventajosa? Eso ya no es mérito de la máquina, es mérito del programador que ha delimitado claramente qué posiciones son las que previsiblemente tengan más probabilidad de éxito y cuales deben ser descartadas sin ir más allá.

Al igual que el inventor de la primera palanca o George Stephenson con la caldera de vapor, Matthias Wuellenweber, el padre de Deep Fritz, ha aprovechado la potencia de cálculo de la máquina para que, mediante inteligentes algoritmos, ésta sea capaz de realizar una tarea superespecializada con resultados más que óptimos. El matiz está en la inteligencia de los algoritmos, en los cálculos que realiza Deep Fritz, esos cálculos no los ha creado la propia máquina, ha sido un humano quien los ha desarrollado e implementado. La palanca hipermusculada que es Deep Fritz sigue siendo un objeto bastante más estúpido que el virus más simple, pero como la palanca, es capaz de multiplicar la fuerza del intelecto de Wuellenweber haciéndolo invencible jugando al ajedrez.

La cuestión ahora no es si las máquinas son más inteligentes que el hombre. Por descontado el hombre siempre será más inteligente que una máquina. ha puesto el dedo en la llaga al señalar lo que no debe hacer el hombre para competir con ellas; intentar imitar a la máquina reproduciendo su mecanismo de juego, memorizando centenares de aperturas y automatizando la evaluación de las jugadas, el final de ese camino es un rosario de derrotas sin cuento. La inteligencia del hombre debería permitirle un desarrollo de juego diferente mediante la creación de nuevas formas lógico-intuitivas que vayan más allá del esquema de prueba-error que al cabo es el método de la máquina. ¿Cómo? Es la gran pregunta, pero parece la única opción posible.

Aunque sólo sea por aquello de la honrilla.

© Francisco José Súñer Iglesias
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