Musas... ¿Quién las necesita?
por Javier Iglesias Plaza

Si hacia 1795 hubiese comentado a alguien mi proyecto de escribir, cualquier hombre sensato me hubiese dicho que escribiera dos horas todos los días, con o sin inspiración. Estas palabras me hubiesen permitido aprovechar los diez años de mi vida que malgasté totalmente aguardando la inspiración

Las palabras son de Stendhal, y quien dice inspiración bien podría cambiarla por musas y el sumando final sería el mismo. En un reciente artículo de estas Firmas, Manuel Nicolás Cuadrado nos hablaba de ellas, contaba cómo éstas le hacían el vacío, se sentía abandonado: no me han dedicado ni cinco minutos, las muy perras, puntualizaba, y a pesar de ello, miradlo: escribe.

Por lo que a mí respecta, la cita de Stendhal es definitiva, dice de las musas lo que se merecen. Estoy de acuerdo con él cien por cien, así que no añadiría más, pero ahí está nuestro Paco Pepe, vigilante y con el ceño fruncido porque si no paso de los tres párrafos me va a decir que me meta este texto por donde bien me quepa –o incluso, quién sabe, por donde no—, de modo que diré algunas cosas más sobre aquello que algunos llaman inspiración, esto que muchos llamamos escribir y eso que tantos llaman literatura, sea o no ciencia-ficción.

¿Por qué le da a uno de repente por escribir? Como dijo el gran Gil de Biedma, al fin y al cabo, lo normal es leer, pero no, los hay que no nos conformamos, vamos más allá, del sujeto pasivo a la voz activa; nos convertimos voluntariamente en acechadores al tiempo que esclavos del lápiz y el papel. La respuesta, al menos mi respuesta, la tengo clara, más allá de encontrar o no a un tipo lo bastante loco —o audaz— como para publicarme; yo escribo para sobrevivir, porque lo necesito, me lo pide el cuerpo. No hay más.

Pero una vez has decidido que quieres escribir, que necesitas escribir, lo normal es que quieras hacerlo lo mejor posible, y es ahí donde te la juegas, y allí también, justo, donde las musas no tienen nada que ver, es más, nada que hacer. Ni pinchan ni cortan. Porque el único responsable de su escritura es uno mismo, y no hay atajos en esto; talento y genio aparte, no hay escritor que no se vaya haciendo día a día a través de mucha escritura y aún más lectura, de malos y buenos libros, los más posibles, y si me apuráis, también de los peores unos pocos.

Pero llega un momento en que seguro que muchos se lo preguntan —os lo preguntáis—: ¿Para qué? todo lo bueno ya está cogido, ya lo escribieron otros… Piensas en los grandes del género: Bester y sus Tigres, Dick en su Castillo, las Marcianadas de Bradbury, Ballard en su Rascacielos, Asimov con sus Propios Dioses; o incluso en los grandes sin género: te preguntas cómo narices se lo montaron para parir aquellas monstruosas maravillas: Lawrence Durrell el CUARTETO DE ALEJANDRÍA, Henry Miller sus TRÓPICOS, Céline su VIAJE AL FIN DE LA NOCHE, Márquez sus CIEN AÑOS DE SOLEDAD… Te sientes fascinado pero a la vez te sientes pequeño, incapaz, miras el folio y la pluma y los sospechas un jersey demasiado grande. Así que tal vez puedes llegar al punto en que te lo preguntes: ¿En verdad puedo yo aportar algo a todo este juego?

A menudo lo que diferencia a un aspirante a escritor de un verdadero escritor es el, digamos, uniforme con el que se enfrenta al nuevo día, o a la hoja en blanco, que para el caso serían lo mismo; el primero suele ser un quejica compulsivo mientras que el segundo es un competidor, un escalador nato. El aspirante siempre está llorando por algo en mayor o menor medida: las musas no me hacen caso; no tengo ideas o las que tengo no son buenas, ni siquiera nuevas; no tengo tiempo, o cuando lo tengo no tengo las ganas, y cuando no el problema es el lugar; o sencillamente es que no valgo, no valgo, y total para qué: nadie me va a querer publicar eso que sólo está en mi cabeza porque ni siquiera lo he escrito aún... El escritor en cambio se limita a escribir, patinar un poco cada día sobre el lago helado de la literatura; compite, escala, se sabe y siente dentro del juego, y no se discute a sí mismo ni su trabajo porque no se tiene por debajo de ningún hombro —ni debería sentirse por encima de ningún otro—. Puede que otee el horizonte, el panorama, lo que escriben otros, pero mientras hace la suya, su obra, que compite contra sí misma y las demás, es en sí misma cada día una nueva cima a la que aspirar… En lo tocante a mí, cada vez que me cuestiono si valgo o no para escribir pienso en Jack London, recuerdo su MARTIN EDEN, y entonces lo tengo claro: o te arrojas al abismo, renunciando, o tiras para arriba, como sea, con lo que sea, hasta echar el hígado, pero lo haces, si es en verdad lo que tienes que hacer, escribir. Y no hay más.

Porque da igual que todo esté ya escrito, tu voz es nueva y única, no ha habido ni habrá otra igual cuando te hayas marchado, y a fe que se puede hacer buena literatura de ella partiendo de los mismos temas y materiales de los que partieron todos los escritores antes que tú, que al fin y al cabo no son tantos. Mucho más que un Gran Tema, una Gran Idea, la buena literatura es ante todo y sobre todo —también en la ciencia ficción, ojo— buen ritmo, estilo propio y conseguidos personajes.

Trabajad sobre ellos cada día, machacadlos, machacaos, y así cuando las musas, las muy perras, vengan a toro pasado y de noche a llamar a vuestra puerta, las echaréis de una patada en el culo; colgaréis en el pomo de la puerta este cartel: Escritor trabajando. No molestar.

© Javier Iglesias Plaza
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