La obra emancipada
por Francisco José Súñer Iglesias

Hace poco me, nos, ocurrió algo francamente chocante.

Estaba en un bar con unos amigos, hablando de unas cosas y de otras, cuando entramos en el tema de los libros y las lecturas que cada uno prefería para el verano. Best-sellers de batalla (códigosdavinci y sus cien mil émulos, tochos que por si solos soportan la Tierra, paranoias militaristas yankis mal documentadas, etc., etc.), novela histórica también de inspiración bestselera (mucho cátaro, mucho egipcio y lo que esté de moda en el momento), policiaco (curioso, made in spain, Lorenzo Silva, Raúl Argemí, Andreu Martín, Pedro de Paz...), algún clásico contemporáneo, y fue justo en ese momento cuando ocurrió algo que nos dejó a todos bastante desconcertados.

Alguien mencionó que CONVERSACIÓN EN LA CATEDRAL, de... si hombre, el tío ese, el peruano, ¿cómo se llama? que le había parecido un soberano coñazo, un segundo parroquiano terció: pues que quieres que te diga, LA TIA JULIA Y EL ESCRIBIDOR está muy bien, y sí, ¿cómo se llama el menda...?

Por el momento no pasa nada. Dos obras de un autor más que conocido y aclamado, controvertido por sus aventuras políticas y su forma de escribir, se comentó que LITUMA EN LOS ANDES, era también insufrible (ante lo que discrepé) y que si bien PANTALEÓN Y LAS VISITADORAS, era decididamente un festival erótico-festivo hacían falta ganas para leérsela. Fue entonces cuando la alarma empezó a cundir entre los presentes, surgieron más títulos; CONVERSACIÓN EN LA CATEDRAL, LA CIUDAD Y LOS PERROS, LA GUERRA DEL FIN DEL MUNDO, LOS JEFES, LOS CACHORROS..., pero el nombre del autor permanecía velado, ninguno de nuestros esfuerzos memorísticos era capaz de sacarlo a la luz y un cierto regusto a desconcierto secó más de una boca. ¿Vazquez Figueroa? Aventuré tirando de un mínimo hilillo aparecido en algún rincón de mis recuerdos. No, ese es canario y best-sellero.

La noche acabó así. Sin saber quien era el jodío peruano que se nos había escurrido entre los dedos. Obviamente, según llegué a casa eche un vistazo a la biblioteca y ahí estaban sus libros, con su nombre en gruesos caracteres adornando los lomos. Envié un par de SMS y me llegaron otros tantos informándome del asunto para alivio de todos.

Lo más asombroso es la forma en la que la obra había trascendido a su autor. Que tal o cual mengano hubiera escrito tal o cual novela era lo de menos. Él, como figura pública no era relevante. Conocíamos, eso si, detalles de su biografía, pero los más llamativos y anecdóticos, como personaje público resultaba sencillamente prescindible, era su obra la que se había fijado en nuestro acervo cultural y la que trascendía a su creador, tomando vida propia, siendo la referencia.

En el reducido mundo de la ciencia-ficción no recuerdo que esto me haya ocurrido nunca. Es posible que haya olvidado el autor de una obra, pero sin que ello significara que pudiera relacionar esa obra con otras del mismo autor hasta construir a su alrededor una estructura cruzada de referencias sin piedra de cierre, sencillamente porque no es necesaria. Generalmente, la figura del autor ha transcendido más que su propia obra, Asimov, Clarke, Bradbury, Card, etc. Es más fácil citarles a ellos que a su obra, no hay disociación entre una y otra, resulta más sencillo hablar del autor que de la novela.

Los casos de Ballard o Lem resultan menos frecuentes, en ellos si es posible hablar de la obra sin mentar al autor. Sus novelas son poderosas y los suficientemente independientes como para necesitar el apoyo de su creador.

En cualquier caso no es algo que deba preocupar. Al fin y al cabo todo es literatura, y existe la misma proporción de obras emancipadas de su autor en todos los géneros. Quizá sea una forma interesante de poder distinguir lo que llegará a ser un día un clásico de lo que no pasa de ser saludable entretenimiento.

© Francisco José Súñer Iglesias
(655 palabras)