ZIGZAG o de la existencia cuántica de Freddy Kruger
por Jacinto Muñoz

(Comentario basado en hechos reales con algo de aderezo)

Hace algunas semanas paseaba yo entre los estantes de una librería de Madrid cuando me topé de frente con la última novela de José Carlos Somoza. ZIGZAG —decía la portada—, la segunda sílaba, a modo de escalón, más baja que la primera y sobre ella: Muchos matarían por ver el futuro. Otros morirán por ver el pasado. Sugerente argumento de venta para cualquier aficionado a la ciencia-ficción.

Por supuesto la cogí y ojeé la contraportada: Elisa Robledo, joven (e inteligente y muy guapa como se verá después) profesora de física teórica guarda un secreto terrible. Un secreto que se remonta a diez años atrás, pero que no ha dejado de atormentarla desde entonces. etc. Y casi al final: José Carlos Somoza construye una novela imposible de abandonar hasta la última página.

Estos editores —me dije— cada día se sirven menos de sus neuronas. Claro que —decidí más benevolente—, no van a comenzar diciendo: «este bodrio infumable». Y saben que con compradores compulsivos como yo, a poco que ceben el anzuelo...

¡Que dura es la vida del lector!

Cuando era más joven, más rápido leyendo, con más tiempo libre y sin nómina nomina, podía cepillarme, sin salir de la librería, una novela media en un par de sentadas. No era el caso, la mirada torcida del dependiente y las seiscientas sesenta y cinco páginas no invitaban a repetir pasadas glorias. Abrí la tapa y comencé a leer.

Transitaba el comienzo del segundo capítulo cuando la insistencia inquisidora del librero corroboró mis peores presagios. ¡Antipático! —pensé— si hasta los franceses del FNAC han habilitado un rincón donde poder catar las bondades de un producto antes de adquirirlo. Despídete de tu comisión sobre los veinte euros. Sonreí amablemente, deposite con delicadeza el ejemplar en su estante y —soy persona educada— me largue dando las buenas tardes.

Pero no me olvidé del libro.

Hay factores subconscientes que no hay que descartar, como el hecho de que una de mis hijas (bastante más guapa que la de la protagonista de ZIGZAG) se llame Elisa, pero entre los conscientes y meridianos, estaba el hecho de que todas las novelas de J. C. Somoza que he leído me han gustado y esta última no tenía porque ser distinta.

¿O si?

Los trillados mensajes de la propaganda habían despertado en mi cierto mosqueo y como comprador compulsivo de libros, acumulo ya muchos fracasos que crían polvo en las estanterías de mi casa y mi cerebro, amen de menoscabar mi magra nómina que, como casi todas, vive acompañada de hipotecas y otras cargas financieras que recomiendan prudencia en vicios y gastos suntuarios.

Decidí pues investigar un poco más y recabar las sabias opiniones de otros lectores más experimentados en el tema.

De vuelta a casa, en la tranquilidad de la noche y la familia dormida, visite uno de esos sitios de Internet donde el personal deposita con absoluta libertad su dictamen sobre esta o aquella obra. El resultado resultó sorprendente o, al menos, curioso. Salvando una o dos, las opiniones se extremaban entre las que catalogaban la obra de genial, absorbente e imposible de abandonar hasta la última página (¡que acertado el editor!) y las que entendían que era una novela ramplona, puramente comercial y lamentaban la deriva de una brillante carrera hacia la depravación de las ventas masivas.

¡Pardiez! Sin pretenderlo, la vida me enfrentaba a una de esas terribles situaciones en que, suprimido el tranquilizador centro, la realidad te obliga a tomar partido.

¿Merecería la pena arriesgar veinte euros para encontrarme después con un vulgar best-seller entre manos y descubrir horrorizado o otro autor sucumbiendo en las hambrientas fauces de la industria editorial? Tampoco había porque ponerse trágico ¿Qué tienen de malo los best-seller?

¿Qué no aportan nada, que repiten una y otra vez los mismos esquemas y personajes con el agravante de contribuir al entontecimiento de la masa dócil haciéndola creer que lee?

¡Que estupidez! Pasar un buen rato leyendo un libro sin más pretensión que disfrutar no es pecado tan nefando, incluso puede que alargue la vida. Además hace algunos años acompañé a Leopold Bloom en Dublín durante un trecho, así que tenía ganadas unas cuantas indulgencias. (No penséis que a estas alturas mediaba ya la botella de ron añejo, esa la guardo para las grandes ocasiones, sólo eran las consecuencias de un día de trabajo duro y engancharse al ordenador en lugar de retirarse a descansar como está mandado)

Como el triste príncipe de Dinamarca me sumergí en la angustia de la duda.

Veinte euros no era para tanto (casi tres menús del día, el pan de un mes, veinte cañas bien tiradas Nada sin lo que no se pueda vivir) ¿Y porqué había de ser tan mala la novela? ¿Por qué despreciar las opiniones que la calificaban de soberbia o genial y mi propia experiencia con un autor que hasta el momento no me había defraudado?

J. C. Somoza siempre me ha parecido un escritor original dentro del género negro. Mezcla crímenes terribles con dosis medidas de fantasía y terror, en mundos que van mas allá de mera intriga policíaca. Quizá sus personajes son un poco arquetípicos, pero los temas que aborda están bien documentados y su prosa es sencilla y sugerente. Pensándolo bien, siempre ha sido un autor de best-seller, de esos que podrían llamarse best-seller de calidad. Que los hay.

Decidido. ¿Si me habían satisfecho sus incursiones en la filosofía o en el arte, por qué no habría de gustarme en la física cuántica y los viajes en el tiempo?

Compraría el libro.

Superada mi tribulación, pude por fin descansar en paz y al día siguiente, escaparme a una de esas grandes superficies donde garantizan el precio más barato, satisfacer los deseos del editor y dar rienda suelta a mi oscuro vicio.

¿Y mereció la pena tanta pérdida de tiempo?

No se a vosotros el que habéis gastado leyendo esto, el mío ¿Qué queréis que os diga?

Efectivamente, la novela es un best-seller, escrita y desarrollado como tal, lenguaje fácil, mucho diálogo y fin de capítulo en punto álgido para empujarte a leer el siguiente. Y lo haces porque además la intriga está lograda y desarrollada a buen ritmo, los personajes aunque sencillos, no son triviales y el fundamento científico de todo el embrollo es suficiente, salvando la opinión de aquellos que se manejen en física cuántica y teoría de cuerdas.

Como se suele decir en estos casos, es una buena elección para las largas tardes de verano aunque deje un ligero regusto final insulso y el malo se intuya demasiado pronto.

Y por hacer patria, decir que no tiene nada que envidiar a Michael Crichton.

¡Ah! Lo de Freddy Kruger lo descubriréis si leéis la novela.

© Jacinto Muñoz
(1.132 palabras)