En defensa de la mala literatura
por Mario Moreno Cortina

    No hay libro, por malo que sea, que no tenga alguna cosa buena.

    Plinio

    Maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales.

    Gabriel Celaya

Tengo, como casi todos ustedes, varias aficiones con las que ocupo el tiempo que no dedico a actividades alimenticias. De todas, las que más me llenan son la Cocina y la Literatura. No soy de los que creen que la Cocina es un Arte —a no ser que se maneje un concepto de Arte diferente al que yo conozco— pero sí es cierto que ambos campos tienen varios puntos en común. En los dos, una persona realiza una dura actividad creativa en solitario, utilizando técnicas que le ha costado aprender mucho tiempo para que los demás digan después cosas como está bien o estoy a régimen. Qué más da: lo importante es ese momento mágico en que trabajas tú solo (ante el ordenador o la vitro) bebiendo un buen vino y escuchando la mejor música mientras los demás hablan en el salón de Rocío Jurado y el Estatut.

La Literatura y la Cocina también se parecen en otra cosa: puedes relacionarte con ellas como creador y como consumidor. Cuando eres consumidor empiezan los problemas de verdad.

Sábado por la noche: quedas con los amigos de siempre. Como te has convertido en un burgués aburrido, salir significa comer como un cerdo y deambular por un centro comercial. Propones algo: conozco un restaurante iraní cojonudo detrás de Plaza de España Morros que se tuercen, miradas que se desvían. Es que no me gusta la comida árabe. Los iraníes son indoeuropeos, no son árabes. Bueno, lo que sea: pero no me gusta. ¿La has probado? No, pero no me gusta. La de tobas en los belfos que me habré llevado por decir esas cosas. No me gusta y No puedo son expresiones prohibidas en mi infancia, y lo serán en la de mis hijos cuando los tenga, pero como pegar a los amigos está mal si no hay sexo de por medio, uno claudica. Vale, me han hablado de un asturiano en el que se come de muerte que está enů. ¿Asturiano? Es que las judías de dan gases. Vale. ¿Dónde vamos? digo, suspirando. No sé. Donde queráis. Me muerdo los nudillos por no arrancarme las venas a bocados. ¿Un francés? Hay uno baratito cerca de la Plaza de Santa Ana. Me dan asco los franceses. Mejor no pregunto.

Acabas en el Gino's comiendo pizza.

No es que disgusten Gino's, o Foster's Hollywood o cualquier otro sitio semejante: te atienden medianamente bien y, oigan, comida es comida. Por otro lado, los servicios suelen estar más o menos limpios y te puedes dejar los zancos, las botas de pocero y la máscara NBQ en casa. Pero no es lo que yo llamaría buena cocina. Sin embargo, tiene una ventaja: es barata y está pensada para todos los estómagos. Y esa es una diferencia muy grande con la Literatura. La mala literatura está pensada para todos los cerebros, pero no es barata. Ni de coña. No desde que se terminaron los buenos y viejos tiempos de las novelas de a duro.

En realidad debería haber comenzado aclarando que, pese al título que he puesto a este artículo, no creo que exista algo llamado mala literatura. Escribir una novela o cuento requiere de talento, voluntad y sensibilidad a partes iguales. Incluso para escribir CHAMÁN y EL CÓDIGO DA VINCI. Despreciar el trabajo ajeno debería estar tan socialmente discriminado como llamar julandrones a los homosexuales o hurgarse la nariz en el metro —aunque esto último da mucho gustito y no ofendes a nadie—. Y sin embargo, la gente se permite las mayores libertades. Una vez leí una crítica a una novela que decía: es tan mala que no he podido leerla, que es como decir: tengo la típica educación de bar de «mete-saca» y me siento orgulloso (gracias, Jack Nicholson)

En realidad, lo confieso, a veces tengo un grave problema para distinguir a qué llama la gente buena literatura y mala literatura. No me refiero a esos grandes clásicos sobre los que todos estamos de acuerdo en que son los monstruos, sino a la inmensa mayoría de la literatura —fantástica en nuestro caso— que se sitúa en los grados intermedios del espectro. Quizá deberíamos comenzar con las definiciones, pero me temo que eso sería entrar en aquello del canon —estoy deseando que lo establezcan para poder pasármelo, sea cual sea, por el arco de triunfo— y eso no van conmigo. Mejor podemos ver qué es lo que solemos llamar mala literatura. Parece en principio que la mayoría de los best-sellers están escritos bajo unas directrices mercantilistas, mezclando sus poquitos de sexo, violencia, política y misterio para obtener un texto que enganche a todos los públicos y todas las edades. Las novelas de a duro, especialmente, las de los años ochenta, se supone que estaban hechas para que las leyeran los albañiles en el metro y los autores lo mismo escribían sobre el rancho X que sobre el planeta X. Ustedes y yo sabemos que esto no siempre era cierto, pero parece que van también al saco. Luego entramos en el criterio de las tiradas. Cualquier libro del que se impriman menos de 1.000 ejemplares es mala literatura. Aquí me pierdo. Pero es lo que hay: si son asiduos de foros y listas, sabrán que lo que editan las editoriales bonsai no goza del debido marchamo. No, no me pregunten, no conozco la razón. Y en este momento vamos a cerrar la lista, porque para ser más preciso tendría que soltar nombres y títulos y estoy seguro de que me excusarán de hacerlo.

Como resumen, yo diría que la mala literatura es, por un lado, aquella expresamente creada para ser digerida por las masas y, por otro lado, aquella consumida por un puñado de irredentos aficionados que olvidaron el sentido crítico.

¿Y por qué? Esta es sin duda una buena pregunta.

Pero no creo que haya una respuesta para ella desde dentro de la literatura. En primer lugar y sobre todo porque los criterios estéticos son subjetivos y dinámicos: cada uno tiene los suyos y cambian con el tiempo y las sociedades. ¿Quién lee hoy en día a Pemán o a Moratín? En segundo lugar porque, de no ser por esta prohibición autoimpuesta de no mentar a nadie, podría mencionarles algunos grandes títulos y grandes nombres —reconocidos por todos— salidos de entre las filas de eso que llaman mala literatura y que hemos maldefinido más arriba.

Si somos sinceros, admitiremos que la valoración de la literatura es siempre a posteriori y no está basada en una diagnosis definida: lees algo y crees que es bueno. Para ello te basas en tus gustos estéticos (personales e intransferibles) y en el placer que has obtenido a cambio del esfuerzo que has dedicado.

Pero acabamos de decir que los criterios de valoración de la literatura no están basados en un método objetivo que pueda aprenderse en un manual. Y antes hemos dicho que hay una serie de clásicos —en realidad hemos dicho monstruos — sobre los que todos estamos de acuerdo. ¿Cómo puede ser esto?

Muy sencillo. En primer lugar, por estadística. La mayoría pensamos que son autores imprescindibles. En segundo lugar, por su influencia posterior sobre otros autores, que les reserva un lugar de privilegio en la historia de la literatura. Pero aquí hay una trampa: para poder influir sobre los que vienen después de tí primero has tenido que ser reconocido y tu obra debe estar accesible. La pescadilla que se quitó las costillas flotantes.

Llegando a estas alturas la cosa está muy embrollada. Hemos llegado a la conclusión de que ser un clásico es una cuestión de masa crítica de lectores. Pero antes hemos dicho que la literatura de masas es mala literatura. ¿Qué ocurre aquí?

Pues ocurre como en política. Igual que hay quien defiende el principio de voto de calidad —no lo discutiremos ahora esta siniestra opinión— también hay quien defiende el criterio de calidad. Bueno, no es una opinión del todo descabellada, parece lógico pensar que quien ha tenido un contacto directo y continuado con la literatura debería estar en principio más capacitado para valorar una novela que el típico lector ocasional que sólo pretende llenar las horas de transporte público.

Y si no parece descabellada ¿por que hay algo que no me gusta en ella? Porque yo, como aquel personaje de Clint Eastwood, me fío de mi olfato, y hay en esto, snif, snif, un tufillo que me resulta familiar.

La respuesta, lector, es tan subjetiva y personal como todo lo demás en el Arte. Yo tengo la mía y usted tendrá la suya.

La mía es sencilla: la Literatura es mi Continente Perdido, mi Salvaje Oeste, mi Océano Occidental, mi tierra de libertad. Aquí soy un burgués y acepto órdenes impuestas por personas mediocres para poder pagar mi hipoteca. Pero allí no. Allí no manda patrón ni marinero, porque la Literatura es un territorio sin leyes, para todos y de todos. Allí estamos solos tú y yo, vaquero. Porque si he de ser sincero, me importan tan poco las listas de superventas como las lecturas obligatorias de Manual de Literatura, la opinión de los entendidos como la de quien pueda leer estas líneas. El único criterio que me guía para escoger novelas es mi gusto estético personal y así es como creo que debe ser.

Recuerden esto: los lugares comunes sobre autores malditos y obras imprescindibles son pasajeros: ignórenlos y serán más felices, porque están impuestos por las modas y por personas para las que el Arte es un vistoso traje que lucir en las fiestas de guardar. No pongan en su propia boca las palabras que otros escogieron, ni escondan con papel de periódico la cubierta de ese libro que les está emocionando para que nadie lo reconozca en el autobús, ni se dejen intimidar por quien aparenta saber más que ustedes. Lean, lean mucho. Lean lo que les venga en gana y lo que les haga disfrutar como cerdos en su lodazal, porque para eso nació la Literatura y miente quien diga lo contrario.

(dedicado a Pascual Enguídanos Usach)

© Mario Moreno Cortina
(1.674 palabras)