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El retrato de Juan de Pareja (en defensa de la industria)
por Mario Moreno Cortina

Hace muchos, muchos años, pero en esta misma galaxia, un tapicero le dijo a un pintor: «Paco, a ver cuándo me regalas un cuadro». «Coño» respondió el pintor «cuando tú me regales un tresillo». «¡Hombre, Paco, no es lo mismo, no jodas!», respondió el tapicero. «¿Ah, sí? ¿Y por qué?». «Pues porque yo doy de comer a mi familia con mis tresillos y sofás». «Y yo doy de comer a la mía con mis cuadros», respondió el pintor, entre mosqueado y divertido. «Bueno, Paco» concluyó el tapicero «no seas cabezón, no es lo mismo y tú lo sabes». Y así se zanjó la discusión.

No intenten hacer memoria entre sus citas literarias preferidas, porque esta conversación es real: el pintor era mi padre, y el tapicero nuestro vecino de enfrente, y la conversación entre ambos es uno de esos recuerdos de infancia que nunca se olvidan.

Mi padre es uno de esos viejos pintores cuyo nombre nunca aparecerá en los libros de Historia del Arte, uno de aquellos artesanos que mamaba el oficio en una época en la que tenías que aprender a hacer tus propios colores y, si no lo hacías bien, el maestro te rascaba con una espátula los primeros esbozos, para que lo repitieras y repitieras hasta que le odiaras a muerte. En aquella época los pintores (y otros artistas) alquilaban buhardillas porque era lo más barato y no porque el Habitania dijera que es lo más in. Se tardaban muchos años de trabajo duro y no reconocido en para adquirir un oficio que la sociedad demandaba, pero no reconocía ni reconoce. Sólo que entonces mamá y papá no te aguantaban en casa hasta los cuarenta y no tenías tiempo para malditismos trasnochados; eso significaba que tenías que vivir de tu oficio sí o sí.

Para que luego alguien te dijera que le regalaras un cuadro.

El lector avispado ya habrá adivinado a dónde quiero ir a parar con esta disertación. Me refiero a la larga polémica suscitada en torno a los derechos de autor y los de los usuarios, y los privilegios de la industria. Se trata un sucio asunto, en eso estaremos todos de acuerdo, un batiburrillo en el que todo el mundo está mezclando términos e ideas con la peor intención. Pero aquí mismo, en este medio a través del cual me dirijo a ustedes, Francisco José ya se ha referido a la hipocresía de una industria multimillonaria que dice defender los derechos de los autores, y él sabe que estoy de acuerdo con su artículo, de modo que valgan sus justas palabras por las mías y quede todo dicho en ese sentido. Porque yo me quiero referir hoy a otro de los aspectos de ese agrio follón, y es a esa corriente de opinión que hizo ver la luz el nacimiento de Internet, según la cual las canciones, libros, juegos y demás deberían estar disponibles para su descarga gratuita. Para los partidarios del «todo gratis» es un auténtico escándalo, una perversión, que se cobre un precio por un libro o por un disco, ya que el acceso a ellos es o debería ser un derecho fundamental.

Vayamos por partes.

La singularidad de la industria de la cultura es algo que nadie discute. Entre las atribuciones de todo editor (dejaré de lado la industria discográfica porque no la conozco ni poco ni mucho) está el fomento de la lectura, por lo que estamos ya ante una profesión en la que se contemplan aspectos que van más allá de la relación contractual al uso. De la misma forma que se exige a un soldado un sacrificio que va más allá del sueldo que recibe como funcionario del Estado, en una escala muchísimo menor, se espera de un editor que haga sacrificios que nadie le va a pagar. Y de la misma forma que hay quien huye del enemigo o sisa en la diaria, o utiliza en provecho propio recursos que deberían utilizarse para causas más nobles, hay editores que lanzan al mercado obras que no han leído, encargan a las imprentas tiradas muy superiores a las que figuran en el contrato de cesión de derechos, o cosas aún peores. Yo he sido testigo de algunas de esas prácticas y créanme si les digo que sé de lo que hablo.

Porque la falta de respeto hacia el trabajo de un artista, dignísima palabra que han enmarranado varias generaciones de emborronacuartillas, vividores e imbéciles de diverso jaez, comienza en la misma industria que dice defender sus derechos y acaba en el propio público. ¿Por qué? Porque en este país que da el paseíllo a sus poetas y saca por la puerta grande a golfos cuyo sitio es la zahúrda, existe la convicción de que un escritor, traductor, corrector o ilustrador no realiza un auténtico trabajo: es más, se trata de un vaguete que ha elegido el camino fácil en lugar de buscarse un trabajo «de verdad». Ya saben: muerte a los intelectuales. Por eso, hay quien cree que esas personas deberían regalar su esfuerzo para el común disfrute. Y no se trata de fotocopiarse un libro que no puedes permitirte o de conseguir por-ese-medio-que-todos-conocemos series o películas o novelas inencontrables o de difícil acceso, porque eso, no seamos hipócritas, se ha hecho siempre, se hace y se hará. No: se trata de convertirlo en un derecho inviolable y obligar a editoriales y discográficas a dar de balde lo que constituye el trabajo de un grupo de profesionales que han de dar de comer a sus familias con su sueldo. Es como si se pidiera la reforma de la Constitución para incluir entre los derechos de los casados y casadas echar un casquete en cama ajena. Todos sabemos que eso ocurre y algunos lo han convertido en una costumbre, pero a nadie se le ocurriría aparecer en Televisión defendiendo su derecho a la infidelidad ni muchísimo menos haría un partido político, como han hecho los suecos con el PiratPartiet, que defiende la abolición de los royalties.

Se puede y se debe exigir de la industria que no recurra a prácticas piráticas, que no infle los precios de los productos hasta lo inverosímil, y sobre todo, que cumpla ella misma con ese respeto a los derechos de autor que de forma tan contundente hace respetar a los demás. Pero no se puede exigir, con la razón en la mano, que se regale lo que cuesta mucho dinero, mucho esfuerzo y sobre todo, mucho oficio aprendido, sacar al mercado. En primer lugar, porque hay muchas personas que comen de ello porque es su trabajo de cada día y, en segundo lugar, porque se muestra una olímpica falta de respeto que dice mucho (o muy poco) de uno mismo.

Exijan a los galácticos que jueguen gratis, a los contertulios de Salsa Rosa y otras vergüenzas televisivas que no cobren por decir a quien no se han follado o a las estrellas de la radio que nos llamen terroristas a media España por la patilla, por amor al arte. A ver qué les dicen.

Claro que es posible que ustedes crean, como yo, que vivimos en un sistema de libre mercado que sólo garantiza la supervivencia de las multinacionales y que sería deseable un sistema más justo en el que el acceso a la cultura (y a la vivienda, y al trabajo, y a) no fuera un privilegio. Si es así, acuérdense de pedirlo en el lugar adecuado y miren a quien votan, porque si se observa la distribución del Parlamento, los partidos que defienden el sistema capitalista son aplastante mayoría y me temo que entre sus votantes hay muchos defensores del todo gratis en Internet.

* * *

En el Metropolitan Museum de Nueva York se puede contemplar una de esas obras maestras que forjaron la fama de Velázquez: el Retrato de Juan de Pareja. Velázquez se presentó en la Congregacione dei Virtuosi con este retrato de un antiguo esclavo que había servido en su casa, nacido esclavo de padres esclavos. Si tienen oportunidad, miren el cuadro con atención, y verán a un morisco de piel oscura que les contempla desde el lienzo con una altivez que podría vestirse de púrpura imperial. La mirada de Juan de Pareja no es la de un esclavo, y uno podría preguntarse por qué un europeo del Barroco, época en que los derechos civiles no tenían ni nombre, pintó en pose tan digna a tal personaje.

Juan de Pareja era pintor y Velázquez no plasmó su raza ni su condición en el lienzo, sino su alma noble de artista y, sintiéndose orgullo de él, lo exhibió en el mismísimo Panteón de Agripa en Roma, para que fuera contemplado por los mejores artistas de su siglo y se codeara con los que eran de su condición. Y también le hizo hombre libre, por cierto.

Ahora ese cuadro está en Nueva York, lo que es una pena si bien se mira, aunque puede contemplarse en Internet y en numerosos libros de Arte. Háganme caso: miren el cuadro detenidamente y miren a Juan de Pareja a los ojos.

Y, si pueden, no bajen la mirada.

© Mario Moreno Cortina
(1.519 palabras)


Locución de Francisco José Súñer Iglesias
Producido por Francisco José Súñer Iglesias para el Sitio de Ciencia-Ficción
Fondo musical: Computer Rock de MuSiK
bajo licencia Creative Commons 2.0 (by-nc-nd) con permiso del autor