Adios a Asimov
por José Carlos Canalda

Fue bonito mientras duró. Fue muy bonito. Tal como saludé en mi artículo de bienvenida hace dos años, Asimov en su edición de Robel no sólo me parecía la mejor con diferencia de todos sus avatares —cuatro en total— en español; me parecía también, y lo sigo creyendo, la reencarnación misma de la extinta Nueva Dimensión, algo que no era de extrañar puesto que detrás de ella estaba alguien del calibre de Domingo Santos.

Pero no era sólo Domingo Santos, a quien no es preciso alabar puesto que su larga y fructífera trayectoria se encarga de hacerlo por sí misma, el responsable de este pequeño milagro; también estaba detrás de las bambalinas el editor Jesús Rodríguez Beltrán, un recién llegado al mundillo pero provisto de una seriedad y una profesionalidad que por desgracia no suelen ser demasiado abundantes por estos pagos, y no creo que sea necesario airear lamentables ejemplos conocidos por todos para demostrarlo.

Bien, yo me involucré desde el principio en la aventura de Asimov con toda mi ilusión y como mejor supe hacerlo: primero, suscribiéndome, por supuesto, y luego enviando mis colaboraciones que, me honra decirlo, a diferencia de otros directores con tantas más ínfulas cuanta menos profesionalidad cuentan en su haber, me fueron aceptadas en su totalidad por Domingo Santos: dos cuentos publicados y un tercero previsto para el número de enero convertido en inocente víctima colateral del cierre de la revista. No es una mala cosecha, creo, y por supuesto me satisface haber podido poner mi granito de arena en ello; aunque me apena su desaparición, me queda el buen sabor de boca de saberme con el deber cumplido. Y siempre nos quedará, si no París, que ni esto es Casablanca ni yo soy Bogart, sí una excelente colección de 21 tomos que a buen seguro pronto empezarán a cotizarse en los mercados de viejo y que ostento con orgullo justo en la balda de debajo de las dos ocupadas por mi colección ¡ay, incompleta! de Nueva Dimensión. Porque, eso no nos lo quita nadie, la edición de Asimov de Robel es con diferencia de lo mejorcito que se ha publicado en estos últimos años de ciencia ficción en lengua española. Y desafío a cualquiera a que me diga lo contrario.

Y ahora pasemos al apartado de la autocrítica. ¿Cuál ha sido la causa de la muerte de Asimov? Jesús Rodríguez Beltrán lo dejaba bien claro en su nota de prensa: No el pago de los derechos a la casa matriz norteamericana, sino la debilidad de las ventas. Y eso es culpa de todos nosotros, ya que si la revista se hubiera vendido mejor esto no habría ocurrido. Poniéndonos en plan pesimista, tan sólo nos queda concluir que tenemos lo que nos merecemos, por más que duela reconocerlo.

Fue Domingo Santos quien, en los tiempos de Nueva Dimensión, acuñó la teoría de los ciclos malditos a los que parecía estar abocada la ciencia ficción española. Y no le faltaba razón, aunque yo en su día me atreví a manifestar, en un arranque de optimismo de los que no suelen ser demasiado habituales en mí, la esperanza en que este maleficio pudiera haber quedado roto de forma definitiva gracias a dos cambios trascendentales ocurridos en los últimos años: la aparición de internet y el correo electrónico, que habían permitido articularse al fandom hasta unos extremos impensables tan sólo unos años antes, y la libertad que había proporcionado librarse del férreo dogal impuesto por las grandes editoriales, que solían utilizar a la ciencia ficción como una simple mercancía perecedera y de temporada conforme a sus propios intereses económicos, tan legítimos como ajenos a los nuestros propios.

Bien, Internet está aquí y el que más y el que menos ya no es un bicho raro aislado de su entorno, sino que está integrado en sus propios círculos —la disparidad de gustos, criterios y sensibilidades, que algunos utilizan con fines segregacionistas y/o elitistas, es para mí, muy al contrario, una gran riqueza— incluso saltando las barreras geográficas, ya que hoy es perfectamente normal, pongo por caso, estar en contacto con aficionados argentinos, chilenos, mexicanos, peruanos o venezolanos con la mayor facilidad del mundo. Las publicaciones tanto en papel como en formato electrónico son ahora más numerosas que nunca, y ha comenzado a surgir un nuevo tipo de editores semiprofesionales o ya decididamente profesionales, pero ajenos a los prosaicos intereses de las grandes editoriales y tocados de ese punto de romanticismo que es necesario para poder cultivar una flor tan delicada como la ciencia-ficción.

Así pues, si todo era tan boyante y el futuro se pintaba tan de color de rosa, ¿qué es lo que ha fallado? Porque, lo que tengo meridianamente claro, es que Asimov no ha muerto. A Asimov la hemos matado o, si se prefiere la puntualización, la hemos dejado morir, que para el caso viene a ser lo mismo. Ojalá sea la última víctima de la larga lista de cadáveres que ha ido dejando atrás la ciencia ficción hispana a lo largo de su todavía corta existencia. Ojalá.

© José Carlos Canalda
(844 palabras)