El amor de la máquina
por Miguel Esquirol

Ya habló algún día La Petite Caludine de la máquina y la mujer. Las máquinas que dan placer a las mujeres ya sean sistemas sofisticados como Jude Law; el gigoló robótico de INTELIGENCIA ARTIFICIAL; u otras más prácticas y pornográficas como las expuestas en fuckinmachine (cuidado menores de edad). También existe otro concepto de sexualidad como en las máquinas resumantes de sexualidad que aparecen en las fotografías de Man Ray al lado de Meret Oppenheim.

Pero se ha hablado muy poco del placer de la máquina por la máquina, placer como de los dos robots en pleno acto sexual en el video de Bjork de All is full of love. Pero incluso en el video de Bjork los autómatas poseen forma humana y nadie se da cuenta que el erotismo en el video está dado en los émbolos y pistones que rodean a la pareja central.

Nadie habla del placer de las frías superficies en rozamiento, del bombeo automático y acompasado de pistones, cigüeñales, levas, émbolos; del movimiento sin fin de rotores, hélices, tambores, rodamientos, de los líquidos oscuros y viscosos que recorren infinitas tuberías en sistemas hidráulicos.

Hemos construido máquinas a nuestra imagen y semejanza, con la misma ansia de sensualidad; incluso hemos dado la denominación a las formas de enchufes como macho y hembra y su íntima unión que da el paso a la corriente eléctrica: El orgasmo eléctrico de la máquina.

Imagínense la fuerza impulsora de un automóvil: la perfecta sincronización de un motor a inyección. Explosiones de gasolina que empujan pistones, que mueven sistemas mecánicos de absoluta perfección para finalmente potenciar los neumáticos que chirriarán sobre el asfalto. ¿No hay algo vital en esta fuerza que comienza de una explosión: del fuego, para convertirse en movimiento?

Imaginen la mecánica que vamos dejando atrás: La mecánica hecha de engranajes que encajan perfectamente como de un beso tras otro en cada una de las molduras hechas con precisión en el metal. La potencia acumulada en el muelle que se transporta de un punto a otro a través de esta transmisión mecánica hecha de piñones, rotores, tornillos sin fin que giran conscientes de su única razón de ser pero parte de sistemas que si están bien construidos durarán para siempre. En esa perfección nunca conseguida en el coito humano está lo que nosotros deseamos: el constante y eterno deleite erótico.

Cuando nos acercamos al mundo digital del microchip y el transistor, esta sexualidad hecha de roces, desgastes y perfectos engranajes muere para dar paso a caminos eléctricos preestablecidos en circuitos impresos. El amor físico del mecanismo se convierte en una especie de amor platónico donde los mínimos circuitos y sistemas digitales del procesador central activarán una serie de procesos infinitesimal y que no logramos advertir. La apertura de un circuito generará fuerzas y resistencias más grandes a las imaginadas por cualquier sistema mecánico. Como con el ser humano, la sexualidad se oculta debajo de la fría piel de sistemas cerrados a los que no podemos acceder, que no terminamos de entender y que producirán efectos sorprendentes.

La sexualidad de la máquina desaparecerá con el mundo digital para dar campo a un amor abstracto, a una unión fría donde sólo rescataremos de la antigua fijación fálica los sistemas plug and play, la fría y aséptica unión del USB, las llanas superficies de contacto de las baterías, la aun primigenia pero ya mínima penetración de la clavija de los audífonos.

© Miguel Esquirol
(569 palabras)
Publicado originalmente en El Forastero el 11 de julio de 2005
CC 2.0