Mis extraterrestres
por Francisco José Súñer Iglesias

No es que tenga un par de alienígenas viviendo conmigo, son sólo dos gatos, pero en ocasiones más parecen seres venidos de otros mundos que primos mamíferos que se separaron del tronco familiar hace ya millones de años.

En esencia un gato es un saco de pelo que pincha, son mullidos, suaves, blanditos, peluches vivos, en definitiva, pero como digo, pinchan, tienes uñas y dientes afilados que dejan unas buenas marcas a quien se deja alcanzar por ellos. Pese a lo comúnmente aceptado los gatos no arañan, los gatos sólo clavan las uñas, en un reflejo lógico retiramos el miembro atacado y es durante esa retirada vergonzante (somos del orden de veinte veces más grandes, pesados y fuertes que un gato, no deberíamos temerles en absoluto) cuando nosotros mismos nos dibujamos esos hermosos surcos contra la garra inmóvil del animal.

Muy listos no son, tontos tampoco, saben a la perfección quien les da de comer y que, cuales son los lugares más calientes y frescos de la casa, tienen sus preferencias afectivas y se aburren soberanamente. ¿Qué haría usted encerrado en una casa sin nada que cazar y con los juguetes más vistos que la estola de la reina de Inglaterra? Pues eso, aburrirse pese a dormir más de dieciocho horas al día.

En definitiva los gatos no son tan diferentes a nosotros (excepto en que la palabra prisa no está en su vocabulario, urgencia puede que si, prisa nunca) sin embargo, han conseguido fascinar a generaciones y generaciones de seres humanos. Rodeados por ese halo de misterio y distancia, contemplar a uno de ellos mientras observa lo que ocurre allá abajo, en la calle, me deja una cierta inquietud, ¿qué mira? ¿por qué le interesa el trasiego de los viandantes cuando no puede sacar nada de ahí? ¿los estudia? ¿NOS estudia?

Cuando algo les produce una cierta inquietud o les incomoda se dedican a dar fuertes golpes con el rabo. Debe ser un movimiento análogo a ese incontenible movimiento de rodillas que todos sufrimos de cuando en cuando. Entonces sé que el gato está en éste mundo y que lo que le inquieta es algo terreno, pero cuando el gato está quieto, mirándome con calma, los ojos medio cerrados... da un cierto escalofrío imaginar en que estará pensando. ¿Qué hay detrás de esas mirada? Luego el gato bosteza, apoya la cabeza entre las patas y se enfrasca en la siesta de las ocho menos cuarto.

Y eso es lo menos grave ¿por qué se queda la gata mirando fijamente en los rincones? ¿Qué hay ahí? Algunas veces se trata de alguna hormiga exploradora o algún insecto despistado, pero la gata despliega alguna actividad cazadora, mueve el rabo, olisquea, pero cuando está completamente inmóvil mirando el rincón... ¿qué mira?

Y lo peor de todo; está todo en calma, no hay ni un ruido, el gato ronca... pero despierta del sueño, yergue una oreja, a continuación la cabeza para terminar corriendo como un loco camino del salón. Si le sigo lo encuentro sobre la mesa, alerta, observando la librería... y en la librería no hay nada. Sólo libros.

Dicen que los gatos son los guardianes de no sé que puertas, quizá las puertas por las que entran y salen los terrores cósmicos de Lovecraft, pero lo que está claro es que son lo suficientemente enigmáticos como para hacernos imaginar lo que podría ser una relación con un extraterrestre de verdad, incluso, si en el primer contacto deberíamos enviar a un gato como embajador.


In memoriam

Mopa Sucus: 20 de julio de 1995; 23 de septiembre de 2016

El probe Miguel: 20 de diciembre de 1995; 9 de septiembre de 2010

© Francisco José Súñer Iglesias
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