Solaris: El arduo camino hacia la calidad
por Nacho Illarregui

Hace dos años y unos meses abrí un hilo en los fenecidos foros de cYbErDaRk.NeT sobre la revista Solaris. Mis palabras y lo que se originó dieron pie a una reflexión de Francisco José Súñer Iglesias en El sitio de ciencia ficción, bajo el título de ¿Revistas o catálogos? Todo surgió, básicamente, del estupor que número tras número me producía el sistema de puntuaciones que se utilizaba en las reseñas que publicaba (y publica) la revista.

Servidor no es que sea precisamente un crítico muy duro. Sin embargo en una publicación que presume de reseñarlo TODO, era raro encontrar una nota por debajo de un 6. Vamos, que en España no se publicaban libros mediocres o malos. Esto sin considerar las elevadas puntuaciones que recibían muchos libros de la casa (La Factoría de Ideas, a la sazón editora de la revista) mientras otros, manifiestamente mejores, se observaban bajo una lupa menos benigna; o ciertos aspectos referidos a la línea editorial que condicionaban lo que los colaboradores escribían o publicaban.

A la par había algo adicional que no saqué entonces sobre lo que me gustaría reflexionar ahora que tengo tiempo. Solaris, como revista, estaba mal planteada. Su papel como guía de lectura quedaba en cuestión por el comentado asunto de las reseñas. ¿Puede uno fiarse de unos criterios tan laxos como los utilizados? A su vez, la parte teórica, el otro caballo de batalla que debe cuidar una publicación eminentemente teórica, estaba condicionada de serie. Los artículos tenían a lo sumo tres escuetas páginas y ahí prácticamente no hay más terreno que para la divulgación más simplificadora y volátil. Difícilmente en una distancia tan corta se puede aportar información relevante sobre un autor, temática, corriente, premio..., más allá de cuatro datos muy generales y siete ideas resumidas.

La excusa detrás de este capado a la hora de plantear los textos surgía de las siguientes concepciones. Por un lado el limitado número de páginas para este apartado con el que contaba la revista; en algún número apenas seis. Pero el otro, no menos importante, partía de una idea que se me antojaba (y se me antoja) errada: el lector blanco de la publicación es el lector de a pie, ese que no está interesado en indagar en su afición, sólo en descubrir, sin sudar, otros autores/obras/temáticas/perspectivas.

¿Por qué errada? Ese lector jamás se gasta tres o cuatro euros en una revista sobre libros; invertir ese dinero implica que se está dispuesto a realizar ese esfuerzo por ir más allá de lo evidente para profundizar. Asimismo, en estos tiempos de internet, proliferan las webs que ofrecen ese mismo contenido superficial completamente gratis (o, incluso, en algunos sitios yendo mucho más lejos y aportando exhaustividad, completitud...) Dado el alcance que estaba teniendo este medio quedarse anclado en este esquema abocaba al más absoluto fracaso. Sin olvidar que entre el material Gigamesh, el sesudo que se tiene como referencia y que espanta a muchos lectores, y lo que ofrecía Solaris había un término medio.

El tiempo pasó y en la revista hubo cambios importantes que le proporcionaron un lavado de cara. Los esenciales: se aumentó el número de páginas, desde las usuales cincuenta hasta las actuales sesenta y seis, ganando de paso un formato más vistoso al cambiar grapa por lomo. Y pusieron detrás a un chico inteligente, con una incuestionable capacidad de trabajo, buenas ideas y ganas de hacerlo bien. Alberto García-Teresa. Bajo su batuta la revista no ha hecho más que mejorar, pasando de ser el patito feo de la divulgación de la literatura fantástica en nuestro idioma a ser un primer espada. Expresión, dicho sea de paso, un tanto absurda. Sin entrar a valorar cómo está el panorama cualitativamente, espadas, lo que se dice espadas, hay contadas con los dedos de una mano y sobran dedos. Pero la metamorfosis es manifiesta. De hecho ya no es sólo un boletín informativo con abundantes reseñas y publicidad de La Factoría, sino que ofrece un material que merece la pena leer y que es algo más que un texto de solapa. La divulgación ha abandonado el terreno de lo venial para penetrar en lo capital.

¿Sigue siendo una revista sesgada? Desde luego. Aunque lo ha limitado, no ha perdido su condición de revista de cámara que publicita los autores y libros de la casa. Pero entre que La Factoría es la editorial más importante en volumen del panorama fantástico actual, los contenidos son más satisfactorios y extensos (con buenas entrevistas y sólidos artículos), la nómina de colaboradores es de postín, se presta una atención importante a lo que podríamos llamar la competencia en igualdad de condiciones que a los productos de la casa (en lo que a calidad de contenidos se refiere), se potencia la visión del género fantástico con contenidos como el celebrado número 25 con un notable canon de relatos de ciencia ficción (incluyendo el glorioso PÁJAROS LENTOS de Ian Watson), el repaso a las utopías y distopías escrito por Juanma Santiago en el nº 26, la sección de Mariano Villarreal sobre los premios de ciencia ficción... se olvida.

De ahí que el artículo de repaso a la historia de la revista del pasado número 25, escrito por José Miguel Pallarés, me parezca fallido. No dedicar ni un mísero párrafo al actual curso de la revista es de una cortedad de miras pasmosa. Claro, se podría aducir que está mal hablar de uno mismo (considerando como este uno a la propia publicación) Pero eso no parece molestar a alguien que no duda en calificar los primeros números de Solaris como los mejores todavía no superados. Un alarde de puro ombliguismo reprobable (no por nada estaba por aquel entonces en la cúpula de la revista) A pesar de que el reciente número 27 diste de ser brillante, los últimos cuatro o cinco números los superan ampliamente.

Si buscan información de primera mano denle a Solaris una oportunidad. La merece.

© Nacho Illarregui
(990 palabras)
Publicado originalmente en Reflexiones de un aburreovejas el 14 de marzo de 2005