Escritores
por Jacinto Muñoz

Veamos, el deseo de ser escritor es una enfermedad que nos aqueja a muchos y en muy diversos grados. Unas veces se cura con los años y al cumplir los treinta (o los cuarenta porque al parecer la duración de esa otra enfermedad llamada adolescencia se va alargando en nuestra occidental y rica sociedad), en uno de esos días de limpieza y orden, destruimos con mezcla de nostalgia y vergüenza inesperados manuscritos hallados en un olvidado cajón. Otras se enquista y porfiamos en nuestro empeño, osando enseñar nuestras creaciones a amigos escogidos e incluso, en un estadio posterior, a presentarlos en certámenes literarios o enviarlos a algún editor, y en los caso mas graves, llegamos hasta la autopublicación y la propaganda activa de nuestra obra.

Cierto es también que algunos triunfan y al fin llegan a ser reconocidos como escritores. Que sean mejores que los que se quedan por el camino es otro cantar, porque no sólo hay que reunir la necesaria combinación de ingenio, tesón y dominio de las herramientas, para llegar a la imprenta y las estanterías hay que atravesar una selva repleta de editores, críticos y otras alimañas salvajes, cuyos criterios de lo bueno y lo malo no siempre coincide con el de los sufridos lectores.

Al menos esto era así hasta hace unos años, porque para bien o para mal, una de las revoluciones que ha traído consigo la Red de redes, es la posibilidad para cualquiera de situar el fruto de sus fantasías al alcance de un gran número de lectores potenciales, a un coste nulo o casi nulo. Si a esta circunstancia le añadimos un procesador de textos y un disco duro, que almacena sin criterio ni queja cualquier cosa que nos de por escribir, obtenemos un cuadro que provoca el inevitable agravamiento o recaída en la reseñada enfermedad (un claro ejemplo de los dicho es este escrito del que no habrían podido disfrutar de no ser por esta web)

La Red ha abierto una ventana de libertad en el mundo editorial, permitiendo a grupos de personas con gustos comunes, contactar, iniciar proyectos, aunar esfuerzos y, en el tema que nos ocupa, compartir una digna producción literaria que en otras circunstancias, nunca habría visto la luz.

El problema, como siempre, es separar la paja del grano. Para el lector es tal la avalancha de información, que inevitablemente debe recurrir a portales especializados, reseñas y críticas de expertos; y para el autor es tanta la competencia que, de no recurrir a los mismos mecanismos, nunca llegará al público y, no nos engañemos, uno disfruta escribiendo. En cualquier caso, nuestras posibilidades de emerger de la masa se han multiplicado, sigue siendo privilegio de unos pocos conseguir que el editor jefe de una gran firma se digne a leer y comentar una obra, pero hoy en día, es fácil conocer y contactar con el promotor de una pequeña faneditorial o portal de Internet dedicado a nuestro género favorito, y soñar con ser publicado en un sitio respetable, y en el colmo de la satisfacción, en papel impreso. Claro que al final un editor, aficionado o no, siempre es un editor y un crítico, un crítico y como reza el dicho, ten cuidado con tus deseos porque pueden hacerse realidad.

Entre otras cosas la enfermedad de la que hablo, produce ceguera selectiva y cual madre o abuela, somos incapaces de apreciar los defectos de nuestros vástagos, nos encanta que todo el mundo nos diga lo guapos e inteligentes que son y saltamos como leonas si alguien osa comentar sus defectos.

Supongo que esto es una de las causas del eterno odio de los autores a los críticos, sin descartar la competencia que se establece entre progenitores comparando niños (a este respecto es muy ilustrativo observar a algunos padres en las competiciones deportivas donde participan sus hijos) ni la envidia, a veces sana, otras malsana, que anida en aquellos que no consiguen tener descendencia. Es el riesgo que tiene adentrarse en la jungla, aunque sea una jungla tan pequeña como la del llamado fandom, las fieras siempre muerden. Pedimos la sinceridad y nos la dan, y eso a veces duele mucho.

Para concluir solo un consejo, no hagáis demasiado caso de estas divagaciones que no dejan de ser una proyección de mis propios complejos y si os gusta, seguid escribiendo, es la única manera de aprender. Que mas da que alguien te lea, lo que importa es lo que se disfruta escribiendo. ¿No?

© Jacinto Muñoz
(744 palabras)