2001, una odisea del espacio (1968)
por Daniel Genis Mas

Desde el nacimiento del primer hombre, hace ya tantos años, cien mil millones de seres humanos han caminado sobre la capa de la Tierra. Cien mil millones son también, aproximadamente, el número de estrellas que brillan en nuestro sistema solar. Así, de esta manera, podríamos imaginar que por cada uno de nosotros (los que todavía estamos y los que ya no), brilla una estrella en el firmamento del cielo. Con esta bella analogía empieza el prólogo que Arthur C. Clarke, el autor de la novela, y Stanley Kubrick, el director de la adaptación cinematográfica, prepararon para la primera edición de 2001: UNA ODISEA DEL ESPACIO, adaptación de un relato corto del propio Clarke titulado THE SENTINEL (1948)

No es baladí esta comparación, pues han sido muchas las voces que han señalado las íntimas conexiones entre la materia que conforma nuestro cuerpo y la que antaño conformó el cosmos. Escribe al respecto Dominique Simonnet: Los elementos que componen nuestro cuerpo son los mismos que no hace tanto fundaron el universo. Somos, verdaderamente, los hijos de las estrellas. El recientemente desaparecido Joan Oró, una de esas voces de qué hablábamos, jugaba con las palabras y las ideas cuando dijo aquello de somos polvo de estrellas, y en polvo de estrellas nos convertiremos...

La misma visión del género humano tenía Clarke, y la misma visión quedó del todo patente en la película de Kubrick donde, desde el propio cartel promocional del film, en el qué aparecía el nacimiento de una nueva estrella simbolizada por un recién nacido que flotaba en medio del espacio sideral, se entiende la íntima conexión que existe entre el hombre y el universo, y se prefigura una de las máximas filosóficas de Clarke: aquella que entiende el género humano en su totalidad como a un niño de pañales que crece y aprende bajo la mirada atenta y expectante de unos antiguos habitantes del universo que se comportan, en la distancia, como unos padres vigilantes.

Desde el nacimiento del hombre, en el albor de los tiempos, aquellos arcanos maravillosos pertenecientes a una supercivilización nos habrían observado como centinelas, atentos a nuestra evolución. Las palabras del astrofísico Hubert Reeves son muy adecuadas para entender este ejercicio: Si los habitantes de Andrómeda miraran en este momento a nuestro planeta, descubrirían la Tierra de los primeros hombres, la Tierra en su noche primitiva, que diría Clarke. Pero en un momento dado, el proceso evolutivo quiso que aquella noche primitiva que había durado tantos milenios, llegara a su fin y el animal, el simio, dejara de banda su animalidad y se convirtiera, por obra y gracia de su inteligencia superior, en el amo del mundo.

Cuando el simio descubre que puede usar los elementos de la naturaleza en su propio beneficio (cuando descubre, en definitiva, que puede someter a las demás especies y a la suya propia, y servirse de ellos) deja de ser un animal como los otros y se convierte en un ser superior, en un hombre. Y cuando esto ocurre, cuando el hombre da su primer paso evolutivo, allá, en las estrellas, en la lejanía, alguien le está observando y no puede evitar una sonrisa de orgullo paterno.

Cuando el hombre haya llegado a un nivel evolutivo suficiente (Clarke se caracteriza por tener una visión optimista de las bondades de la ciencia y el progreso), entonces y sólo entonces habrá llegado a su mayoría de edad y estará en disposición de conocer la verdad absoluta, la respuesta a aquellas preguntas que desde que el hombre es hombre y el mundo, mundo, se han ido repitiendo generación tras generación: ¿Qué somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? La filosofía de Clarke oculta tras su máscara de simplicidad ideas profundas e impresionantes, pero su vena pedagógica (en la línea de Isaac Asimov), lo hacen accesible a todos los públicos.

El hombre, vendría a decirnos, es como Ulises: está perdido y debe deambular durante mucho tiempo antes de volver a casa, superando toda clase de adversidades. El hombre está condenado a estar siempre en camino (es un homo vi ator). ¿Para ir a dónde? Tal vez sea lo de menos. Cavafis, el poeta griego, ya decía que lo importante no era allí a donde te llevaban las piernas, sino que aquello que de veras importaba era el propio viaje y lo que podías aprender en él. La odisea de vivir.

© Daniel Genis Mas
(726 palabras)
Publicado originalmente en catalán en noviembre de 2004 en la revista Mira'm.