La hoguera del cura y el barbero
por Mario Moreno Cortina y
Francisco José Súñer Iglesias

Este año se celebra Cuarto Centenario de la publicación de la primera parte de EL. La obra de Cervantes es considerada en justicia el inicio de la novela moderna y la obra más importante de las letras españolas. Novelistas, músicos y directores de cine la han tomado como referente durante estos cinco siglos, reconociendo en ella a uno de esos clásicos imperecederos.

Sin embargo, no debemos olvidar su trascendencia en la historia de la literatura fantástica en España: la publicación de las andanzas del hidalgo manchego, en plena Contrarreforma, significa el cerrojazo casi definitivo al género fantástico en español, representado en aquella época por las novelas de caballerías. Aquellas historias de caballeros, gigantes, castillos encantados, bellas princesas que rescatar y misteriosas tierras ignotas forman parte de nuestra tradición cultural. Aunque unos planes de estudios obsoletos nos enseñaron a despreciarlas e ignorarlas, basta echar un vistazo los éxitos editoriales de nuestros días para darnos cuenta de que los Garci Rodríguez de Montalbo, los Jerónimo de Urrea son sin duda nombres a rescatar por su propio valor y no para servir de referencia en los prólogos a la obra cervantina.

EL fue la última gran novela de caballerías, la que marcó el fin de un género que arrasó en el gusto del lector español y europeo del siglo XVI. EL parodiaba y homenajeaba a partes iguales el AMADÍS DE GAULA y toda su interminable parentela, y la violencia de la censura de Cervantes es a la vez muestra de su carácter personal y de la difusión e influencia que tenían en la época. Con Cervantes acabó con la novela de caballerías cuando se acercaban los claroscuros del Barroco y llegaban los tiempos más duros para un imperio que, siendo aún el más poderoso y extenso del occidente cristiano, empezaba a dar muestras de agotamiento y decadencia.

A partir de entonces la fantasía no tuvo cabida en la literatura española: la profunda crisis económica hizo que el pícaro sustituyera al caballero, y cuando la pérdida del Imperio fue innegable, la amargura a la alegría. Hasta el siglo XX no se ha vuelto a revitalizar el género fantástico en español y, paradójicamente, no ha sido gracias a los autores españoles, aún influenciados por siglos de lamentaciones literarias, sino por los escritores americanos, encabezados por Gabriel García Márquez, que fueron capaces de hacer comprender a lectores, autores y críticos que la realidad pedestre es aburrida, y que la magia o las aventuras de un loco ingenuo y bienintencionado son, sin duda, el mejor remedio contra el hastío y el aburrimiento.

El género fantástico, en todas sus encarnaciones, se abre ahora paso de nuevo y ocupa el lugar que nunca debió perder en la literatura en español. Gran cantidad de autores lo cultivan de una u otra forma y ya no es mirado con desdén.

EL fue en cierto modo su epitafio, pero su éxito posterior es también la demostración de que al lector conservaba su gusto por la novela de aventuras. Por eso ahora quiero haceros partícipes del proyecto La hoguera del cura y el barbero, en referencia a aquella hoguera donde se quemaron los libros fantásticos de la época, los que volvieron loco a don...

La idea es que los escritores hispanos dedicados al género (ciencia-ficciíon, terror, fantasía) comenten el capítulo que más les gusta de EL y por qué. El comentario, junto con el texto del capítulo referenciado, se colgarán en el Sitio de ciencia-ficción. Desde luego, y aunque la idea es que sean los autores quienes lleven el peso, serán igualmente bien recibidas las aportaciones de críticos, editores y, en general, de todos aquellos relacionados de un modo u otro con el género.

Simplemente se trata de reivindicar EL como lo que es, la mejor novela de caballerías jamás escrita, a través de una ironía puramente cervantina: que los locos de atar salten de entre las ascuas de la hoguera y, sin hacer mucho caso del barbero ni del cura, le den un apretón de manos a don Miguel.

© Mario Moreno Cortina y Francisco José Súñer Iglesias
(669 palabras)