Textos póstumos
por Francisco José Súñer Iglesias

Resulta cansina la facilidad con la que textos póstumos salen a la luz con gran lujo de fiestas y anuncios grandilocuentes. Viudas, hijos, hermanos, sobrinos, el sumsum corda, todos ellos tienen acceso a los papeles de sus maridos, padres, hermanos, tíos... y de toda esa montonera de apuntes, notas y esquemas, hábilmente reescrita, sacan buena tajada ofreciendo regularmente a los frikis carnaza fresca, aunque realmente huela a muerte y rapiña, con la que unos cubren su ración de nuevos datos y elementos del universo de turno y los otros se aseguran unos buenos dineritos.

¿Son auténticos esos papeles? ¿Los escritos póstumos tienen algo que ver con lo que el autor proyectaba? Es más ¿hubiera quemado el autor esos papeles y desheredado a sus ávidos familiares de saber el destino que éstos les preparaban? Habría que preguntárselo a Tolkien, Herbert y otros tantos esquilmados, pero ahora ya resulta un poco tarde.

Y lo peor de todo es que nunca se sabe cuando aparecerán documentos inéditos, apariciones que tienen que ver más con la magia que con reposados trabajos de investigación. Al respecto, mi abuela me contaba que cuando estuvo sirviendo en Londres en casa del embajador español, allá por 1926, eran frecuentes las visitas de un profesor de la universidad de Oxford que daba clases particulares de inglés a los hijos del embajador.

El tal profesor se traía siempre de casa el almuerzo (según mi abuela, mayormente «finschís»; fish and chips) envuelto en hojas de papel llenas de letras raras, como las del misal grande la iglesia de Fuentidueña y garrapateadas en los márgenes con notas en letra normal que mi abuela era incapaz de entender, ya bastante tenía la mujer con ser capaz de escribir su propio nombre. Como las letras raras le hacían gracia, y el cura de Fuentidueña era aficionado a coleccionar libros viejos, pensó que aquellos papeles le harían ilusión, y se fue guardando todos los envoltorios de chips and fish.

Con el tiempo llegó a acumular cerca de doscientas cincuenta hojas (escritas por ambas caras) que al volver a España le entregó al cura de Fuentidueña de Tajo. El buen hombre, aunque instruido, no fue capaz de identificar las letras raras; no era latín, desde luego, ni quiera griego, y aunque tampoco sabía inglés, no tuvo dificultad alguna en identificarlo como el idioma en el que estaban escritas las notas de los márgenes.

Como no era cuestión de tener en la sacristía un montón de papelotes grasientos oliendo a pescado, y al ser el médico el único en el pueblo que algo sabía del idioma de la pérfida Albión, le llevó los papeles por ver de ordenarlos y sacar algo en claro.

Para entonces, mi abuela servía, junto a sus hermanas, en casa de don José Martínez Ruiz, en Madrid, y ya se había olvidado de los papeles, pero un día, en una Novena a la Virgen de los Desamparados en la parroquia del Santo Angel (en Vallecas) coincidió con el cura de Fuentidueña, que le preguntó si recordaba algún detalle más de aquellos papeles o de su autor, al parecer el médico estaba sumamente intrigado por la ambigua información que le habían proporcionado las notas, y aunque estaba seguro de que las letras raras relacionaban algún tipo de relato mitológico, no había forma de descifrarlo. Mi abuela no fue capaz de darle razones al cura, pero le sorprendió el inusitado interés que los papelotes habían despertado en dos personas, para ella, tan sabia e instruidas.

Luego vino la guerra, al cura le mataron los rojos y al médico los nacionales, el pueblo acabó medio arrasado y con todos ellos se perdió la pista de los papeles del chips and fish pero quien sabe, quizá un año de estos, durante la construcción de un chalé adosado aflore la biblioteca del médico y, con ella, ¡¡¡los papeles donde Tolkien se envolvía el almuerzo!!!

© Francisco José Súñer Iglesias
(646 palabras)