Yo, Robot (1950)
por Daniel Genís Mas

El poeta latino Ovidio dejó dicho en sus Metamorfosis que el hombre fue dotado con unos ojos que miran hacia arriba para levantarlos al cielo y ver mejor las estrellas. Isaac Asimov, ruso de nacimiento pero norteamericano de adopción, miró a lo largo de su vida muchas veces hacia el cielo para explicar, con auténtica vocación de científico (fue doctor en bioquímica en la Universidad de Boston) lo que veía.

Centenares de relatos de los géneros más variados (no en vano una de sus máximas era que uno de los mayores bienes del hombre era su mente inquieta), pero sobretodo de ciencia-ficción y robótica, han convertido Asimov en el escritor más prolífico del siglo XX, y también en uno de los más leídos y populares. Sin lugar a dudas, ha contribuido a ello la creación de un universo homogéneo de personajes (George Powell, Mike Donovan, la robotpsicóloga Susan Calvin) que han ido apareciendo a lo largo de muchos de sus relatos hasta hacerse familiares para los lectores, desde ROBBIE (1940), RAZÓN (1940) o EMBUESTERO (1940) hasta EL CÍRCULO VICIOSO (1942), todos ellos incluidos en YO, ROBOT (1950), una de sus novelas fundamentales para entender la interacción entre humanos y robots (anterior al famoso ciclo de la Fundación), y donde se formulan las célebres Leyes de la robótica.

La creación de vida artificial resulta inquietante para la mayoría de los humanos y los gobiernos se ven obligados por la presión popular a imponer limitaciones a la autonomía de los robots, ante la posibilidad que se vuelvan contra aquellos que los han creado (es el denominado complejo de Frankenstein). Estas limitaciones, auténticas directrices éticas para los autómatas, son tres, y están impresas en sus mentes positrónicas, y son del todo inviolables: 1ª ley: un robot no puede causar jamás daño a un ser humano, o por inacción suya, dejar que les pase nada malo; 2ª ley: un robot debe obedecer las órdenes que le den los seres humanos, a excepción de aquellos casos en qué dichas órdenes entren en conflicto con la Primera Ley; 3ª ley: un robot ha de proteger su propia existencia, siempre y cuando ésto no signifique entrar en conflicto con la Primera y la Segunda Ley.

Tal vez sea por ésto que Asimov (que vivió de primera mano las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial) dice que ellos, los robots, son una especie mejor y más pura que nosotros. O, como escuchamos por boca de la robotpsicóloga Susan Calvin, auténtica alter ego del propio Asimov y famosa por apreciar más a los robots que a los humanos: Esencialmente los robots no tienen maldad. Las contradicciones entre las tres Leyes, el debate filosófico que originan, en definitiva, las propias limitaciones en los robots heredadas de aquellos que los fabricaron (recordemos que ningún ser puede crear a otro que le sea superior), es lo que da lugar a la mayoría de sus relatos sobre robots. El dilema que persigue la existencia de estos seres sin ánima metafísica (el autor se encarga de dejarlo bien claro en ROBBIE) pero con capacidad cognitiva (en RAZÓN el cartasianismo del androide lo lleva a afirmar: Pienso, luego existo) es el motor de las obras de Asimov centradas en el tema de los robots.

El conocimiento y su reverso (tenebroso), la superstición (la religión) es uno de los grandes temas de Asimov en sus obras. No en vano dijo que el aspecto más triste de la vida actual es que la ciencia gana en conocimiento mucho más rápido que la sociedad en sabiduría, hecho que origina una distorsión, una triste disociación entre ambas (ciencia y sociedad) Distorsión aún mayor si hacemos referencia a la ciencia-ficción de la manera que lo hace el protagonista metálico de ATRAPA EL CONEJO, que dice: Vuestra ciencia es un montón de datos acumulados amasados con teorías absurdas, y todo es tan increíblemente sencillo que casi no vale la pena de molestarse en aprenderlo. Es vuestra literatura de ficción lo que me interesa.

El conocimiento crea problemas, pero la ignorancia no es la solución; ante el pesimismo de la inteligencia hace falta aportar el optimismo de la acción. Y si tenemos que hacer uso de la literatura de ficción para entender más y mejor la realidad, quién nos será un mejor maestro que Asimov?

© Daniel Genís Mas
(715 palabras)
Publicado originalmente en catalán en agosto de 2004 en la revista Mira'm.