De primera fila
por Francisco José Súñer Iglesias

¿Qué es una obra de primera fila? ¿Qué la hace estar por delante de las demás? ¿Por qué destaca entre toda esa masa de creatividad a la que supera? ¿Por su arrolladora originalidad (ya poco nuevo hay bajo el sol)? ¿Por su particular uso del lenguaje (peligroso fangal)? ¿Por sus personajes singulares (la vida misma está mejor poblada)?

A veces, discutiendo sobre esto, se me ponen ejemplos de obras crípticas y nada transparentes, comprensibles, y sólo en parte, por el propio autor y algún erudito polvoriento. Pero no me convencen, lo primero que tiene que hacer una obra de primera fila es comunicar, transmitir lo que el autor quiere expresar sin que el sufrido consumidor tenga que ponerse la visera y los manguitos y, desesperado, desmenuzar el significado de cada una de las partes que componen el todo para llegar a un fondo que, además, puede que ni siquiera exista.

Si hay que pararse a pensar que quiere comunicar el autor tenemos un problema serio; o autor y lector no hablan el mismo idioma, o el autor es un autista creativo, incapaz de expresarse adecudadamente. Si se trata de lo segundo, la obra es basura, sin remisión, si es lo primero habrá que empezara por plantearse si el autor utiliza un sistema de codificación propio y poco o nada divulgado, con lo que volvemos a tener una basura delante (insisto; el autor intenta comunicarme algo, si no lo consigue es un torpe) o utiliza un sistema de codificación reducido a un ámbito definido (llámese idioma, símbolos o chistes privados)

Lo que no quiero es que los poseedores de ese código me quieran convencer a toda costa de que esa obra es de primera fila Traduzca el autor a una simbología común y entonces ya podremos empezar a hablar al mismo nivel. En tanto en cuanto no se haga así, la obra no es nada, puesto que no significa nada.

¿Qué es una obra de primera fila? Una obra que transmite y provoca emociones, imágenes, que evoca y conmueve, nunca un ejercicio de autocomplaciencia taciturna disfrazada de excelencia.

© Francisco José Súñer Iglesias
(347 palabras)