El gran hermano del futuro
por Sarah Romero

Los minichips de identificación (hechos de silicona) están introduciéndose poco a poco en los objetos cotidianos de nuestra vida y también siendo implantados bajo la piel. Todo esto está cambiando la forma en la que se produce nuestro consumo de productos y en nuestra visión sobre la vida, en general. Pero la duda que se plantea ante esta oleada de implantes bajo la piel y utilización de chips en el mercado de consumo, es si estos invaden nuestra privacidad. ¿Deberíamos preocuparnos?

Actualmente podemos encontrarnos las más diversas variantes: personas que disponen de un implante bajo la piel que emite señales inalámbricas que son percibidas por los escáneres de alrededor del individuo; implantes que funcionan como método anticonceptivo, como el conocido Jadelle, que consta de unas varillas implantadas bajo la piel del codo que liberan una progestágeno, que proporciona una eficacia anticonceptiva durante 5 años y sin estrógenos; o aquellos que sustituyen nuestro monedero o tarjeta de crédito por nuestro propio cuerpo... este último parece de ciencia-ficción. ¿verdad? Es verídico, y lo cierto es que causa respeto.

Ya sabemos que todo este tipo de cosas, tal y como comentaba nuestro compañero José Manuel Gimeno en uno de sus artículos en un ejemplo sobre una compra ordinaria en el futuro, son posibles gracias a lo que conocemos como la tecnología de identificación por radiofrecuencia o RFID. Del mismo modo, también nos ponía sobre aviso en cuanto al peligro de vulneración de la privacidad, al que hacía alusión antes y que es un tema sobre el que se debería debatir largo y tendido.

Esta tecnología se caracteriza por el minimalismo. Los chips son cada vez son más baratos y más pequeños; lo suficiente para estar cada vez más al alcance de la mano. Las tiendas al por menor están comenzando a usarlos como nuevos códigos de barras, poniéndolos sobre todo en almacenes para poder realizar con rapidez los tediosos inventarios.

Está claro que esta tecnología tiene el potencial para transformar nuestra relación con el entorno, nuestra relación con los objetos que nos rodean. Por ejemplo, la ropa puede decirle a la lavadora qué configuración usar o qué modo de lavado emplear para ese tejido concreto. RFID puede darle a los objetos inanimados el poder para sentir, razonar, comunicar y actuar, según comenta uno de los científicos de la firma Accenture. Puede parecernos que estamos inmersos en una película de ciencia-ficción donde se le da vida a los objetos inanimados, pero no es así, todo funciona a base de lectura de información a base de infrarrojos.

Otra de las ventajas que podemos encontrarle al RFID tiene que ver con los hurtos. Gracias a esta tecnología los robos en los establecimientos podrían ser cosa del pasado (en teoría, claro). La firma británica Marks & Spencer, por ejemplo, está incluyendo este dispositivo a modo de prueba en su ropa de hombre en determinadas tiendas londinenses. En una tienda de Nueva York (Prada), por otra parte, podemos ver que si cogemos un vestido, automáticamente la pantalla que tengamos más cercana nos proyectará a varias modelos luciendo ese vestido en un desfile. Curioso.

Las previsiones de futuro son escalofriantemente excitantes y llamativas... sin embargo, el telón de fondo sigue siendo el problema no resuelto respecto a la invasión de privacidad. Está claro que es uno de los obstáculos que hay que valorar. El temor es que las empresas o gobiernos puedan usar las informaciones que se desprenden de esta tecnología para vigilar a los ciudadanos. Sería un gran hermano invisible que se mueve a través de los infrarrojos, aunque no muy diferente al viejo gran hermano que George Orwell pintaba en su excelente novela 1984.

En su defensa, los precursores del uso del RFID comentan que las señales sólo se transmiten hasta unos pocos metros, y que los datos además pueden ser encriptados o desactivados, una vez que el producto deja el establecimiento y se va con su comprador. También hemos de tener en cuenta que las señales no traspasan el líquido o el metal, con lo cual las latas de refrescos o las baterías/pilas/etc no dejarían que llegara la señal infrarroja. Son algunos de sus inconvenientes.

Tampoco nos puede gustar la idea de vernos rodeados por pequeñísimos transmisores enviando radiaciones electromagnéticas en todo momento. De todos modos, sin desalentarse, la empresa creadora de chips RFID, VeriChip, está a la caza y captura de entidades bancarias que estén interesadas en ofrecer los dispositivos de e-carteras basadas en RFID. Si esta iniciativa tiene éxito, estaremos cada vez más cercanos de este modo de vida tan futurista. Como en todo cambio tecnológico, algunos lo esperan llenos de entusiasmo, y otros temerosos y desconfiados. Siempre he creído que no hay que tenerle miedo a la tecnología, ya que lo único que hace esta es facilitarnos nuestra vida, sin embargo, la utilidad de muchos inventos se ha visto desmejorada o prostituida por determinados individuos o empresas para sacar tajada del asunto. Pronto sabremos qué ocurre con el RFID.

© Sarah Romero
(830 palabras)
Publicado originalmente en LaFlecha.Net el 14 de junio de 2004