Fahrenheit 451 (1953)
por Daniel Genís Mas

Fahrenheit 451: la temperatura a la que el papel de los libros se inflama y arde. Así empieza la mejor novela de Ray Bradbury, autor también de las célebres CRÓNICAS MARCIANAS (1950) auténtico dietario, en forma de narraciones breves, de la colonización de nuestro vecino rojo. Pero mientras en las CRÓNICAS vemos al Bradbury más surrealista y poético, aquel que plasma en papel las pesadillas que le obligaron a vivir una infancia de insomnio y vela, en FAHRENHEIT 451 nos encontramos de nuevo en el terreno de la denuncia social, la crítica a la tecnificación sin límites y la antiutopía que ya vimos en Huxley y Orwell, entre otros.

Sobre las utopías decía Hölderlin que cuando el hombre quiere crear el cielo sobre la tierra, crea el verdadero infierno. Y así ocurre en nuestra novela, que parte de la base que si la inteligencia y el saber (tal y como nos han dicho tantos y tantos pensadores) no da la felicidad, sino todo lo contrario, entonces será mejor hacer buenas aquellas tristemente célebres palabras del franquista Millán Astray y acompañarlo en su grito de ¡Viva la Muerte! ¡Abajo la inteligencia! abrazando la estupidez como dogma de vida. Ya decía Pío Baroja que ser inteligente constituía una desgracia, y sólo la felicidad podía venir de la inconsciencia y de la locura. ¡La felicidad por bandera, y como mástil donde sujetarla, la estupidez! Y en esta sociedad felizmente analfabeta de FAHRENHEIT 451 el cuerpo de bomberos se había erigido como Guardián de la felicidad. Eran ellos los encargados de quemar cualquier libro que circulara, eran ellos los SS de esta nueva represión cultural. Un libro es un arma cargada, dice Beatty, el auténtico comisario cultural de esta historia, y era preciso descargarla. Leer se ha convertido, pues, en un acto de subversión y sólo unos pocos se atreven a hacerlo.

Guy Montag, precisamente un bombero, un hombre que durante años ha condenado a las llamas los libros más maravillosos sin ningún remordimiento, despertará de la fatal ingenuidad de la mayoría y se convertirá en todo un símbolo de la resistencia. Y todo por la ingenua pregunta de una niñita a la que no encuentra respuesta: ¿Es usted feliz? le pregunta ella. Y Guy Montag, que creía serlo, se ve encarado a su destino y descubre que no es feliz ni lo es aquella sociedad sin preguntas indiscretas pero donde la gente se suicida por doquier, harta de no encontrar sentido a nada, de no estar acostumbrada a preguntarse nada. Una sociedad que no habla, muda. Beatty creía que los libros eran un arma cargada, y de veras lo son, pero no en el sentido que él creía, sino en el sentido que le da Gabriel Celaya en aquellos versos suyos titulados LA POESÍA ES UNA ARMA CARGADA DE FUTURO (1955), y donde nos dice que estamos tocando fondo, que se ha de tomar partido en la vida, que a veces debemos ir contracorriente, que es necesario luchar también con la palabra. Son muy apropiadas las palabras de Juan Ramón Jiménez que Bradbury coloca al principio de su novela: Si os dan papel pautado, escribid por el otro lado. La rebelión como norma de vida. Contra los fusiles, la poesía. Ante la estupidez, la inteligencia. Frente al discurso criminal de Millán Astray, las palabras valientes de Unamuno: Venceréis, pero no convenceréis.

Guy Montag trata de salvar algunos libros, de redimirse y de redimir a aquella sociedad de pirómanos, de convencer, pero no lo consigue. Y casi si deja la piel en ello. Y al final, las únicas armas que suenan son las de la violencia, desgraciadamente como en la vida real de cada día: a un lado las pistolas, y al otro, la estupidez. ¿Habrá un espacio, en medio, para las personas como Guy Montag, que disparen con el dardo de la palabra, que les importe más convencer que no vencer, o todo será siempre un ir a favor o en contra?

© Daniel Genís Mas
(659 palabras)
Publicado originalmente en catalán en junio de 2004 en la revista Mira'm.