Cuando los autores de bolsilibros no eran dueños ni de sus propios seudónimos
por José Carlos Canalda

No creo desvelar ningún secreto si afirmo que, dentro del mundillo editorial español, los autores son con diferencia el colectivo peor tratado de todos, a pesar de ser ellos los únicos responsables de la creación literaria y el resto meros intermediarios (importantes, eso sí) en la cadena responsable de trasladar sus obras hasta los lectores. Es una lástima, pero es así, y ya se sabe que en España el trabajo intelectual siempre ha sido muy poco considerado, incluso por aquéllos que se aprovechan y viven de él.

Y si la situación actual es triste (a mí un librero, al que además consideraba amigo, llegó a tener el descaro de reprocharme mi pretensión de cobrar el 8 % que me correspondía legalmente en concepto de derechos de autor de un libro, cuando él se estaba embolsando un 25 ó un 30% del precio de ese mismo libro, simplemente por tenerlo puesto en una estantería de su tienda), en la época de auge de los bolsilibros (años 50 a 80) la situación era todavía peor, con una España apenas salida de la posguerra, unos escritores muchas veces represaliados políticos que se las veían y se las deseaban para poder sobrevivir con el fruto de su trabajo y una editoriales rapaces amparadas además por una legislación abusiva que privaba prácticamente de todos sus derechos a los autores. Mucho es lo que se ha hablado y escrito, incluso por los propios interesados, de este tema, por lo cual me voy a limitar a comentar aquí una única faceta de esta problemática, la de los seudónimos.

Como es sabido, y salvo contadas excepciones, a todos los autores de bolsilibros se les obligaba a firmar no con su nombre, sino con seudónimos, con la excusa (sólo parcialmente cierta, puesto que la mayor parte de las veces bastaba con una lectura somera de los textos para descubrir tan burda mixtificación) de que los autores extranjeros vendían mejor que los españoles, algo por cierto que siguen afirmando algunos de los editores actuales. Independientemente de ello, lo cierto es que la imposición de un seudónimo constituía una humillación más para estos sufridos obreros de la literatura, a los cuales se les negaba incluso el derecho básico de todo artista o creador a firmar sus obras con su nombre.

Y no quedaban ahí las cosas. Cuando un escritor pretendía colaborar en colecciones de diferentes editoriales, le exigían utilizar seudónimos diferentes para cada una de ellas, en un evidente intento por parte de las mismas de mantener una presunta (y por supuesto falsa) exclusividad de sus escritores. Esto es lo que le ocurrió a Pascual Enguídanos cuando, a finales de los años cincuenta, comenzó a publicar en las colecciones de Bruguera con el seudónimo de George H. White, que hasta entonces había utilizado en Valenciana, lo que le obligó a firmar sus nuevas colaboraciones en esta última editorial con el nuevo seudónimo de Van S. Smith... y no fue, en modo alguno, un caso único.

Otra de las razones por los que un autor se veía obligado a utilizar varios seudónimos, era la pretensión de hinchar artificialmente la nómina de colaboradores de una colección dada, tal como ocurrió con Luis García Lecha, que alternaba sus firmas de Clark Carrados y Louis G. Milk en las colecciones de Toray, por no hablar ya de auténticos coleccionistas de seudónimos tales como Enrique Sánchez Pascual o María Victoria Rodoreda. Así, un escritor prolífico (muchos de ellos lo eran) se metamorfoseaba en varios distintos, dando una impresión de variedad totalmente inexistente en la práctica.

Pero el colmo de la negación del derecho a la propia identidad se daba con lo que se ha venido a denominar seudónimos editoriales. Aunque lo más habitual era que un escritor determinado preservara la exclusividad de sus seudónimos, en algunos casos, generalmente vinculados a Bruguera, llegaron a existir seudónimos colectivos bajo los cuales se cobijaban varias personas distintas... práctica que no es de extrañar en una editorial que llegó a obligar, a los dibujantes que trabajaban de negros en El Capitán Trueno, a recortar las cabezas de las viñetas dibujadas por los dibujantes oficiales, como Ambrós, y pegarlas en las suyas propias, por supuesto anónimas.

Dentro del ámbito de la ciencia-ficción he encontrado al menos un caso de seudónimo editorial, aunque es posible que exista alguno más. Se trata de Lucky Marty, detrás del cual estaban, que yo sepa, Enrique Martínez Fariñas y Jesús Rodríguez Lázaro, sin que haya podido desentrañar que novelas escribió cada uno... Con la circunstancia añadida de que Enrique Martínez Fariñas fue el director de la colección Héroes del Espacio, editada por Bruguera, lo cual induce a sospechar —aunque no tengo pruebas concluyentes— de que el citado Lucky Marty pudiera ser en realidad un cajón de sastre. Aunque durante cierto tiempo también consideré a Marcus Sidéreo como un seudónimo editorial, una reciente información proporcionada por la hija de María Victoria Rodoreda me ha permitido asignárselo a esta autora.

Dentro del ámbito de la literatura popular existían también los denominados seudónimos editoriales, los cuales eran propiedad de la editorial siendo utilizados por diferentes autores. Uno de los seudónimos editoriales documentados es el de Lucky Marty, detrás del cual estaban, que yo sepa, Enrique Martínez Fariñas y Jesús Rodríguez Lázaro, sin que se pueda desentrañar qué novelas escribió cada uno... con la circunstancia añadida de que Enrique Martínez Fariñas fue el director de la colección Héroes del Espacio, editada por Bruguera, lo cual contribuye todavía más a embrollar las cosas. No obstante, y siempre dentro del margen de incertidumbre con el que nos movemos en este campo, tras consultar las fichas de la Biblioteca Nacional correspondientes a las novelas firmadas bajo este seudónimo, todo parece indicar que, dentro del género de la ciencia-ficción —no así en otros—, las novelas de Lucky Marty debieron de ser escritas en su totalidad por Jesús Rodríguez Lázaro.

Aunque durante cierto tiempo también consideré a Marcus Sidéreo como un seudónimo editorial, una reciente información proporcionada por la hija de María Victoria Rodoreda me ha permitido asignárselo a esta autora.

Resumiendo: si ya de por sí resultaba una imposición abusiva impedir a los escritores firmar con su propio nombre, lo que ya rozaba la humillación absoluta era no permitirles mantener la exclusividad de sus propios seudónimos. Independientemente de ello, la consecuencia práctica de cara al lector de la existencia de estos seudónimos colectivos eran unas novelas de muy escasa, por no decir nula, calidad, algo perfectamente comprensible si tenemos en cuenta que se trataba de obras de compromiso en las que el prurito personal quedaba totalmente difuminado. Pero así eran las cosas en el sórdido, y pese a ello fascinante, trasfondo de las novelas de a duro.

© José Carlos Canalda
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