Mil novecientos ochenta y cuatro (1948)
por Daniel Genis Mas

Del mismo modo que en UN MUNDO FELIZ (A BRAVE NEW WORLD, 1932) de Aldous Huxley, la novela de George Orwell 1984 (NINENTEEN EIGHTY FOUR, 1948), comparte también una visión fatalista del futuro del hombre. No obstante, algo establece un profundo abismo entre ambas: la primera fue escrita antes de Auschwitz y la segunda lo fue en el 48 cuando, en palabras del poeta León Felipe, las cuerdas de todos los violines del mundo ya se habían roto para siempre. De aquí el tono más sombrío y desesperado de la obra de Orwell, que da por sentada la condena, la irremediable fatalidad que aguarda a los hombres en su destino.

En Orwell, autor comprometido con las ideas del socialismo utópico, confluyen, por un lado su exacerbado anticomunismo y, por otro, su absoluto rechazo del capitalismo salvaje, los cuales entendía como las dos caras de una misma moneda. Escribirá Orwell: Cada línea seria que he escrito desde 1936 lo ha sido, directa o indirectamente, contra el totalitarismo y a favor del socialismo democrático, tal y como yo lo entiendo. Es el caso de su novela 1984, donde el Estado lo controla absolutamente todo de la vida de los ciudadanos: sólo existe un partido político, los medios de información están controlados y manipulados para servir únicamente como propaganda del régimen, el amor y los sentimientos resultan prácticamente un acto de rebelión, la única lengua conocida es la neolengua y sólo aquellos libros útiles al Estado y al Partido son traducidos a esta lengua, condenando al olvido a todos aquellos otros que contienen ideas peligrosas (entendiendo que todas las ideas lo son si lo que se pretende es aniquilar la conciencia de los hombres, obligarlos a ser estúpidamente felices) Fatal camino, éste que nos lleva a controlar los contenidos de los libros, camino que se estrenó con los nazis de Hitler y que nos conducirá hasta el futuro de Ray Bradbury y su novela FAHRENHEIT 451 (FAHRENHEIT 451, 1953), donde el absurdo se ha convertido en un departamento de bomberos que no se ocupa de apagar los incendios, sino que trabaja para quemar todos aquellos libros que nos obligan a pensar, a ser personas con voluntad propia, a no ser fácilmente manipulables.

Leemos en 1984: Si el Partido podía alargar la mano hacia el pasado y decir que este o aquel hecho nunca habían sucedido, ésto resultaba más horrible que la tortura y la muerte... El que controla el pasado (decía el eslogan del Partido), controla también el futuro. El que controla el presente, controla el pasado. Y el Gran Hermano, ese inquietante ojo sin párpado que obligatoriamente invadía la intimidad de todos en su propia casa, lo controlaba absolutamente todo. De hecho, lo que expone Orwell en su novela es el terrible dilema que ya vimos en Huxley y que nos da a escoger entre la felicidad y la libertad y, como dirá un personaje, para la gran masa de la Humanidad era preferible la felicidad. El pensador ruso Nicolai Berdiaeff escribe al respecto: Tal vez comenzará una nueva era donde los intelectuales y las clases cultas sueñen con la manera de evitar la utopía y volver a una sociedad no utópica, que sea menos perfecta pero más libre.

Éste es el sueño de Winston Smith, el héroe de 1984, que se rebela contra el sistema sólo para acabar comprobando lo que todos menos él ya sabían: que al final el Gran Hermano es el coloso que domina el mundo. Ya lo había dejado escrito Hitler en su MEIN KAMPF, libro de cabecera de tantos y tantos programadores de televisión de hoy en día: Las masas quieren ser engañadas de la forma más desvergonzada. Que así sea, entonces.

© Daniel Genis Mas
(616 palabras)
Publicado originalmente en catalán en marzo de 2004 en la revista Mira'm.