Ciencia-ficción: un gueto voluntario
por Javier Iglesias Plaza

El pasado lunes, el Negro Sobre Blanco de Sánchez Dragó le dedicó una madrugada a la literatura fantástica y la ciencia ficción, y hasta aquí la novedad, porque lo que pudo verse una vez iniciada la velada no fue mucho más allá, quedándose en donde siempre, es decir, en el eterno, ubicuo y cansino debate sobre qué demonios es (o no es) ciencia ficción.

Lo cierto es que para todos aquellos que, como un servidor, ya llevan un tiempo manteniéndose al tanto de lo que se cuece (y se quema) en los cenáculos del fantástico patrio, el espectáculo de ayer les debió decir poco o nada nuevo, tan baqueteado y sobado está ya el tema, sirviéndoles, además, para confirmar que por mucho tiempo de vacas gordas que atravesemos y mucho premio de altos vuelos que inauguremos, seguimos estando más o menos en las mismas de siempre, es decir, tú con los tuyos y yo con los míos... y mientras tanto la casa por barrer... En el polo opuesto se encontrarían todos aquellos (sin duda escasos) a los que les dio por mirar el programa sin ser aficionados al fantástico, y que tras lo visto, difícilmente (se me antoja) tendrán un mejor concepto de esta literatura, y mucho menos (creo) estarán por perder horas de su ocio, sueño u otras lecturas para darle una oportunidad (a todas luces necesaria), y esto quizá es lo peor de todo.

Porque puede que para los iniciados fuese entretenido, incluso puede que hasta divertido, asistir al enésimo asalto entre empiristas y racionalistas, entre literatura de ideas y literatura de formas, entre ciencia ficción hard y ciencia ficción soft y aspirante al mainstream, personificado en el más que tibio enfrentamiento dialéctico entre Miquel Barceló y Julián Díez, mientras el bueno de León Arsenal, muy lejos del egotismo made in Umbral, dejaba de hablar de su libro para intentar conciliar y mediar entre ambos contendientes... entretanto Miquel de Palol, el único ajeno al mundillo, se encontraba en todo momento fuera de juego. Casi tan interesante (o gracioso) como comprobar el desinterés que el Dragó le pone al asunto cuando el tema le trae más bien sin cuidado, o el que muchos no hicieran más que reivindicar al cultivador del fantástico y de la ciencia ficción como Escritor, sin más y con mayúsculas, para luego recrearse y regodearse una y otra vez en las excelencias y las miserias del género. Mas para el profano en la materia, al que tal vez le interesaría más saber qué puede encontrar en esos libros, en esos géneros y en esos temas, antes que por qué se los margina tanto y se los lee tan poco, la visión de conjunto que de todo aquello pudiese extraer al final debió aburrirle no poco, y atraerle todavía menos.

Casi hubiese sido mejor que el enfrentamiento hubiese llegado a mayores por aquello de que es mejor que hablen de uno, aunque hablen mal... pero todo fue muy templado y átono; la sangre no llegó al río y todos estuvieron muy comedidos, seguramente porque el afán de corporativismo, el sentimiento de minoría tan firmemente arraigado en todos los aficionados al género, puede aún más que el odio a la diferencia del criterio ajeno, lo cual acabó por redundar en un mayor aburrimiento del personal. Se habló mucho de géneros y de límites, de lo que es y no es, así como de lo que debería y no debería ser ciencia ficción, y muy poco, en cambio, de buenos libros y buenos autores, españoles y de los otros. No sé si a propósito, supongo que sí, Dragó sacó a relucir la vena más pulp, fosilizada y discutible del género patrio con la Saga de los Aznar, quizá para acabar de rematar la faena, y también nombró mal un par de veces a la decana de las revistas del género aún con vida, Gilgamesh por Gigamesh, lo que debió repatearle un mucho las narices (y lo otro) a Julián Díez, antiguo director de la misma.

En suma, las cosas quedaron donde estaban, aunque con una buena oportunidad desperdiciada. Ahora sólo hay que esperar un par de años, tal vez un lustro, para que el fenómeno vuelva a repetirse, y entonces podremos de nuevo volver a la tele a llorar y patalear, a pelearnos los unos con los otros por etiquetas y demás naderías, y justificarnos una y otra vez por todo y ante todos, en lugar de intentar mostrar al gran público toda la magia, capacidad de fascinación y buenas historias que pueden llegar a esconderse tras eso que nosotros mismos, desde dentro, nos empeñamos, contumaces e inconscientes, en mantener bajo la categoría de Subcultura.

© Javier Iglesias Plaza
(777 palabras)
Publicado originalmente en TannHäuser