Sobre las etiquetas
por Francisco José Súñer Iglesias

No sé si por pose o por auténtico convencimiento se suele declarar poca simpatía por las etiquetas y por la clasificación de las cosas y las obras, reduciendo el arte de la sistematización a una actividad sin lustre, gris y mediocre.

Pero el caso es que las etiquetas son útiles, y hasta necesarias. Las etiquetas orientan sobre la naturaleza de las cosas, preparan para su disfrute, ayudan a separar el polvo de la paja, y más en estos tiempos confusos en los que la diferenciación entre géneros se está diluyendo, y una buena clasificación ayuda a que se eviten compras frustrantes y visionados poco gratificantes.

Personalmente, cuando me hablan de una película, novela o serie de ciencia-ficción espero encontrarme, como mínimo, cierta ambientación futura o viajes por el espacio o extraterrestres o tecnologías asombrosas, cualquier cosa que me proyecte, por decirlo de alguna forma, hacia arriba y hacia delante. Al menos esa es la patina que decenas de años y miles de relatos han conseguido darle a eso llamado ciencia-ficción.

Si me dicen que va a ser fantasía, sé que probablemente encontraré magia, seres celestiales, infernales o multitud de ambos, entes incorpóreos, casas malditas, espadazos, animales fabulosos y sobre todo, hechos prodigiosos sin explicación, o con una explicación traída por los pelos y basada directamente en la fe, algo que en general me retrotraerá a tiempos pasados o menos racionales. Si el relato está bien contado y resulta internamente coherente no tengo nada que objetar. Es fantasía y no hay que pedirle más que eso.

El problema surge cuando se etiquetan como ciencia-ficción narraciones entreveradas con elementos de fantasía pura y dura, y lo que me molesta no son estas mezclas, no me resultan atractivas y con ignorarlas resolví la cuestión hace años, el problema es que me lo han vendido como lo que no es. Tengo muy claro que si creo estar leyendo ciencia-ficción no quiero encontrarme con espadachines hiper musculados, castillos de piedra húmeda, magos histéricos ni dragones chisposos, me bastan las viejas naves espaciales, las pistolas de rayos y los alienígenas inescrutables.

De ahí la importancia de las etiquetas, se inventaron para eso, para clasificar, para guiar, para delimitar. Si indignante resulta encontrar que el Chivas que se ha pedido es garrafón inmundo, cuando la botella que lo contenía indicaba claramente que estaba embotellado por el proveedor de la Casa Real Británica, no menos indignante debería resultar comprobar que el protagonista principal de un relato de, supuesta, ciencia-ficción, es el mago feroz, y todo esto sin obviar una cuestión muy clara; estas mezclas de géneros son perfectamente legítimas, nada le impide a nadie hacer el mejunje que le venga en gana. Mi única queja al respecto es que raramente se catalogan como es debido.

En estos casos es preferible no clasificar, admitir la inutilidad del etiquetado antes que crear falsas expectativas. Curiosamente, cualquier cosa que tenga que ver con las ya mentadas ambientaciones futuras, viajes en el espacio, extraterrestres o tecnologías asombrosas, se etiqueta automáticamente como ciencia-ficción, poco importa que sobreabunden de magia, entes incorpóreos o espadazos, van al saco de la ciencia-ficción, con lo que se consiguen dos efectos no precisamente interesantes, por un lado se confunde e irrita al lector, que se siente engañado, y por otro, no ayuda mucho a eso de la dignificación del género porque, salvo honrosas excepciones (véase, por ejemplo, DARIO, de Guillem Sánchez y Eduargo Gallego) suelen ser puro garrafón.

© Francisco José Súñer Iglesias
(577 palabras)