De dioses, universos, interrogantes... mayores y menores...
por Javier Iglesias Plaza

¿La vida es sueño? ¿Soy la ficción de un Dios que me sueña? ¿Cuál es mi sentido último en el Universo? ¿Cuál es, en suma, si es que existe, el sentido último del propio Universo...?

Inauguré mi bitácora con un artículo que, amparándose en los replicantes de BLADE RUNNER, abundaba en estos interrogantes sin respuesta, en el amor a esta vida misteriosa por encima de todas las cosas, y en la rebelión necesaria contra un dios-padre que creemos injusto. Más tarde traje a Pascal y su pensamiento de que, todo y nuestra finitud, nuestra pequeñez, ganamos al Todo por el simple hecho de existir y sentir, de ser conscientes de que hemos de morir… Desde luego no cabe duda de que cada cual tiene sus propias obsesiones, manías e ideas recurrentes poblando su mente y sus ensueños, también sus pesadillas, y en mi caso está claro que la sombra de Unamuno y su NIEBLA es alargada (no porque él fuese el primero en tratar el tema, sino, antes bien, por ser él el primero en acercarse a mí y hablarme de la problemática que envuelve a los dioses y sus creaciones, así como sus distintas variantes de universo.

Ayer, mientras revisionaba SOLARIS, la fallida adaptación de Steven Soderbergh (de la que cada vez me gustaría poder salvar más) me dio por hojear la novela de Stanislaw Lem, uno de los textos más complejos, ricos y embriagadoramente bellos que he tenido la suerte de echarme a los ojos en los últimos tiempos. Mientras ojeaba el volumen, repleto de marcas, atropelladas anotaciones marginales e innúmeros pasajes subrayados en fluorescente verde, terminé por caer preso de la relectura del que, ya sabía, es un maravilloso final, antojándoseme esta vez, si cabe, todavía más revelador… ¡No podía creerlo!. Allí estaba de nuevo el estigma unamuniano, golpeándome el corazón y la cabeza, como una descuidada contraventana cautiva del vendaval.

Éste artículo se imponía y tomaba cuerpo…

Así, tras asistir a una historia en la que un planeta y su océano global, Solaris, que es un ser vivo en sí mismo, misterioso e ignoto, acaba por derrotar con su incognoscibilidad a la entera ciencia humana; tras asistir a una historia en la que un hombre enamorado, Kris, que enterró a su amor, Harey, en la lejana Tierra, ha de contemplar de nuevo las muertes de sus réplicas (que el océano de Solaris le envió), una tras otra, tan dolorosas como la primera; tras asistir a la triste historia de la propia Harey, una réplica viva nacida del subconsciente de Kris y creada por Solaris, pero no un ser humano auténtico, que a pesar de su inautenticidad, es plenamente consciente de sí misma, y le azotan las mismas sempiternas preguntas sin respuesta que azotan a los verdaderos seres humanos; en el capítulo final Kris revela a Snaut su hipótesis de un dios imperfecto: ¿Sabes, por casualidad, si existió alguna vez una fe en un dios… imperfecto? (…) …, no pienso en dioses nacidos del candor de los seres humanos, sino en dioses de una imperfección fundamental, inmanente. Un dios limitado, falible, incapaz de prever las consecuencias de un acto, creador de fenómenos que provocan horror. Es un dios… enfermo, de una ambición superior a sus propias fuerzas, y él no lo sabe. Un dios que ha creado relojes, pero no en el tiempo que ellos miden. Ha creado sistemas y mecanismos, con fines específicos, que han sido traicionados. Ha creado la eternidad, que sería la medida de un poder infinito, y que sólo mide una infinita derrota. (…) Este dios no existe fuera de la materia, quisiera librarse de la materia, pero no puede… (…) …mi dios hipotético no se repetiría jamás. Tal vez esté ya en alguna parte, en algún recoveco de la Galaxia, y muy pronto, en un arrebato juvenil, apagará algunas estrellas y encenderá otras… (…) Es el único dios en el que yo podría creer, un dios cuya pasión no es una redención, un dios que no salva nada, que no sirve para nada: un dios que simplemente es

Ante Kris, sólo la idea de un dios así, imperfecto, inútil y pusilánime, terriblemente voluble y tan maldito como sus propias creaciones, es concebible. Sólo así es comprensible el universo, sólo en ese supuesto es asimilable su propia experiencia en la vida, en Solaris… Sólo así es concebible algo como Solaris.

Sólo a través de una deidad como esta Kris podría, tal vez, contemplar la improbable e hipotética posibilidad de escapar de la horrible absurdidad del cosmos: Todos sabemos que somos seres materiales, sujetos a las leyes de la fisiología y de la física, y toda la fuerza de nuestros sentimientos no puede contra esas leyes; no podemos menos que detestarlas. La fe inmemorial de los amantes y los poetas en el poder del amor, más fuerte que la muerte, el secular finis vitae sed non amoris es una mentira. Una mentira inútil y hasta tonta. ¿Resignarse entonces a la idea de ser un reloj que mide el transcurso del tiempo, ya descompuesto, ya reparado, y cuyo mecanismo tan pronto como el constructor lo pone en marcha, engendra desesperación y amor? (…) Que la existencia humana se repita, bien, ¿pero que se repita como una canción trillada, como el disco que un borracho toca una y otra vez echando una moneda en una ranura? (…) Yo no tenía ninguna esperanza, y sin embargo vivía de esperanzas; desde que ella había desaparecido, no me quedaba otra cosa. No sabía qué descubrimientos, qué burlas, qué torturas me aguardaban aún. No sabía nada, y me empecinaba en creer que el tiempo de los milagros crueles aún no había terminado

Hijos de la razón, de la ciencia, del puro cinismo y de la muerte de Dios, como Kris, tampoco albergamos esperanza, pero aún así vivimos en la esperanza. El hombre jamás llegará a COMPRENDER porque no puede salirse de sí mismo y su propia forma de pensar y entender; sus límites son ciertos. Pero, asimismo, como apuntó Pascal, el mero hecho de sabernos presos de dichos límites, de esa maldición, ya nos hace más grandes y libres que el universo que nos contiene, que nos aniquilará.

Criaturas de un dios imperfecto, torpe, autista, jamás colmaremos los interrogantes que tanto nos subyugan pero que, a la vez, tan grandes, tan únicos nos hacen, pues significan duda, agitación, vida en constante lucha y movimiento… y el universo nada sabe de eso. Somos, tal vez, algo más que pura química regida por leyes físicas inquebrantables. Existe, quizá, en nosotros una mínima porción, un menudo y brillante reflejo de esa divinidad imperfecta de la que vinimos que no es reducible a fórmulas, a energía. Podríamos ser pequeños dioses imperfectos nosotros mismos, todos y cada uno de nosotros, todos distintos, singulares, irrepetibles. Dioses sin respuestas, de orígenes y destinos inasequibles, de fuerzas y poderes parcos, nulos… pero dueños de una magia y belleza terribles, innominadas, magnificentes, que no pueden explicarse, pero que ahí están… Criaturas que son mucho más que la fría suma de sus partes.

Dioses mortales… dioses malditos… dioses sin respuesta… sí… pero quién sabe si no, también, dioses que con el solo latir de su corazón hechizado, con el simple pulso de su vivir angustiado, podrían llegar a incendiar constelaciones, estallar planetas, apagar estrellas… crear y destruir múltiples universos…

© Javier Iglesias Plaza
(1.220 palabras)
Publicado originalmente en TannHäuser el 26 de enero de 2004