La conquista del espacio - 1
por Manuel Nicolás Cuadrado

Si observamos el desarrollo tecnológico y científico de la última fase del siglo XX y el comienzo del siglo XXI, hasta un lego en la materia como yo puede apreciar una evolución espectacular en los campos de la informática, las comunicaciones, la genética y el armamento. La mayoría de estos avances han tenido un resultado práctico visible en las empresas, organismos públicos y hogares de la población del denominado primer mundo y desgraciadamente también en las guerras del tercero. Y creo que ese desarrollo viene en parte producido por la apreciación del valor que produce la inversión en investigación y desarrollo (las famosas siglas I+D).

Tampoco hay que ser un analista geopolítico para reconocer a los Estados Unidos como punta de lanza de este desarrollo, pese a los esfuerzos de Europa, Japón y otros países por competir en iniciativas. Sin embargo y a nivel mundial (por eso de la globalización y esas cosas tan raras), mi opinión es que existen cuatro campos en los cuales, si bien hay que reconocer que se sigue investigando y desarrollando, veo un cierto estancamiento sino un cierto grado de retroceso explícito (en términos comparativos con los otros cuatro campos estrellas) Me refiero a la educación, la medicina, el medio ambiente y la exploración espacial.

De los tres primeros temas permítanme que les hable en otra ocasión. Sobre la exploración espacial estimo que se merece al menos ciertas consideraciones monográficas.

Si nos acercamos a la denominada época dorada de la exploración espacial (mediados del siglo XX) nos encontramos ante unos avances inimaginables para la época. La creación de los satélites artificiales, la mejora de los motores a reacción, la conversión de pilotos de fuerzas aéreas en astronautas y otros muchos más adelantos tecnológicos hicieron posible que el hombre pisara por primera vez la luna (y según el ínclito escritor J. J. Benítez, los EEUU dieron orden, como no, de bombardear unas presuntas ruinas de una civilización extraterrestre) Pero lo cierto es que estos avances no se produjeron ni financiaron por la curiosidad científica ni por el altruismo humanitario. Se hicieron por la carrera desenfrenada de dos potencias en afirmar su supremacía. Hoy en día se tiende a olvidar que fue la extinta CCCP-URSS quien, con relativamente pocos medios, fue la precursora de todo un programa espacial, siendo la primera en poner un satélite (Sputnik), un perro (Laika) y un hombre (Gagarin) en el espacio.

También tiende a olvidarse que fue en esta época cuando se enviaron decenas de sondas de exploración a la mayoría de los planetas del sistema solar. Las fotografías que sacaron de Venus, Mercurio, Júpiter, Saturno e incluso Marte han hecho posible que el reducido o amplio conocimiento que tenemos sobre esos planetas, sea en parte gracias a unos pequeños artilugios que, en algunos casos funcionaban (y funcionan) mejor que los que fabricamos ahora.

El ya manido desplome del sistema comunista de finales de los años 80 ruso dejó huérfano a los EEUU no solo de enemigo natural, sino de competidor real y potencial en la carrera por la exploración espacial.

Desde finales del siglo pasado y principios de este asistimos a una serie de proyectos espaciales con cierto grado de asombro, expectación y curiosidad, mezclados con el mismo (sino más) grado de escepticismo, confusión y desinterés.

Las preguntas del millón siguen siendo las de siempre:

¿Cómo es posible que se financien cosas tan caras en el espacio con lo mal que está la cosa en la tierra?

¿Cuáles son las materias primas de interés que se han encontrado después de varias décadas de exploración?

¿Se puede saber porqué hay tantos errores y tantos accidentes con la tecnología presuntamente puntera que se utiliza?

Si tienen ustedes algo de tiempo, seguro que sería bueno reflexionar sobre las respuestas.

© Manuel Nicolás Cuadrado
(627 palabras)