El vampiro de las emociones
por Javier Iglesias Plaza

En SOY LEYENDA, la mítica novela de Richard Matheson, la humanidad acababa convertida al vampirismo, y su protagonista, Robert Neville, el último hombre vivo, precisamente por dedicarse a cazar vampiros terminaba convirtiéndose en un monstruo para los propios monstruos; una figura terrorífica a la que temer... igual que los hombres de ayer (¿hoy?) temían (¿temen?) a los vampiros clásicos... Los papeles se habían cambiado, pero el esquema permanecía imperturbable.

El monstruo está en todos nosotros, enterrado a una profundidad mayor o menor según la persona, pero ahí está, indefectiblemente, como un Hyde durmiente en espera de la mágica poción que lo despierte. En algunas ocasiones el monstruo aflora, termina por emerger de las aguas de la inconsciencia y toma las riendas del individuo, y entonces el agrio aroma del horror se filtra por nuestras ventanas. Experimentamos el miedo, el pavor; externamente, temiendo por nuestra propia integridad, temiendo la carga de muerte que ese horror nos puede traer; internamente, constatamos inquietos en ese otro, ese extraño, ese monstruo, aquello en lo que todos podríamos llegar a convertirnos.

En LA SABIDURÍA DE LOS COCODRILOS, una película poco conocida y bastante recomendable (cuyo final, es además un nada velado guiño a la escena final de BLADE RUNNER, con Jude Law en un tejado inundado en brumas, salvando a su víctima en el último instante de la caída al vacío, y con una de sus manos atravesada, igual que el replicante Roy Batty, tocado de muerte), encontramos la revisión de algunos de los lugares comunes en la mitología vampírica, modernizados y puestos al día, y enfocados desde una óptica bastante atractiva. El personaje encarnado por Jude Law es, al igual que el Conde Drácula, un vampiro que, desde antiguo, lleva alimentándose de la sangre de las mujeres que caen en sus redes de irresistible conquistador. También como Drácula, parece tener poderes y facultades sobrehumanas. Y, por supuesto, también como el noble rumano, necesita alimentarse de esas mujeres, necesita de su sangre para subsistir, porque sin ella su cuerpo se desmorona; termina por sucumbir. Quizá las mayores divergencias entre ambas figuras estriben en que el vampiro que nos ocupa, ni parece ser un no-muerto ni tampoco la luz diurna parece producirle ningún tipo de alergia...

Bien, a grandes rasgos, pues, el Jude Law de LA SABIDURÍA DE LOS COCODRILOS podría antojársenos como una mera transposición de la temática vampírica de siempre con nuevas ropas (el diseño de producción es magnífico), relativamente innovadora... Pero podríamos, si quisiéramos, ir un poco más allá. Tenemos al único, al singular Law-Grlscz, un ser que de sí mismo dice: Soy una especie única, una criatura, un cocodrilo que necesita un trabajo, que necesita una cuenta bancaria; un lugar donde vivir. Soy un error y que, según su propia creencia, los seres humanos, no tenemos sólo un cerebro, tenemos tres. Uno que es humano, montado sobre uno que es de mamífero, montado a su vez sobre otro que es de reptil. Si ignoramos las sucesivas corrientes culturales que han sólido concebir el vampirismo como una enfermedad, de la sangre, del alma, o de la fe religiosa, podemos entender esta nueva forma de vampirismo antes como una anomalía que como una enfermedad; una reliquia biológica. Law-Grlscz es un estadio no evolucionado o involucionado de la especie en el que, en lugar de dominar el cerebro humano, domina el reptiloide; el cerebro de cocodrilo. Y, lejos de alimentarse de la sangre de sus víctimas, su comida son las sensaciones, las emociones que saborea en su sangre; la desesperación, la rabia, la decepción, la amargura, incluso el amor. Quizá por esa razón, él, que se sabe consciente de su naturaleza pero que, como todos nosotros, no acaba de entenderla, de aprehenderla en su totalidad, cree que saboreando, tomando la sangre de quien le ama profundamente por encima de todas las cosas, encontrará cura a su mal, que, empero, no es tal, porque forma parte de sí mismo, porque el cocodrilo es parte intrínseca de su esencia, y no hay medio de negarlo. Pero aun así él se engaña y busca la relación perfecta que lo redima, que lo salve de la insoslayable maldición que es su vida. En este sentido, supongo, todos somos también, como él, vampiros sentimentales, psíquicos; buscando siempre en el otro el alivio a nuestro absurdo existencial... anhelando en él todo aquello que nosotros no podemos alcanzar ni ser, todo aquello que tal vez jamás podremos ser ni poseer. Nuestro corazón, pues, puede llegar a ser, cómo no, vampírico... monstruoso.

Por un instante podemos llegar a pensar que el amor será suficientemente fuerte, verdadero y sincero, como para que el ser humano gane el pulso al reptil, pero al final el instinto de conservación de la bestia lo echa todo a perder, ganando el desafío. El Law-Grlscz, vampiro de sensaciones, asimilador de facultades, coleccionista de amantes, muere en un último intento por cazar a la rebelde presa que le ha de permitir sobrevivir... Al fin y al cabo ese y no otro era su destino... Como eslabón final de una cadena evolutiva renegada, su extinción era tan sólo cuestión de tiempo, y la muerte, a sus ojos, no podía ser tomada más que como una maravillosa liberación.

Pero recordemos, no obstante, a Richard Matheson y su SOY LEYENDA. Lo que una vez fue lo normal, lo ordinario, puede llegar a convertirse en el monstruo singular y terrible; la semilla está en nosotros. El Law-Grlscz de LA SABIDURÍA DE LOS COCODRILOS fue el canto de cisne de lo que pudimos ser si no hubiésemos tendido hacia la humanidad, pero nada nos asegura que el próximo Law-Grlscz que se nos aparezca no acabe erigiéndose en el modelo a seguir por las generaciones venideras... y así, las máscaras volverían a cambiar de caras, mas la ambivalente esencia, mezcla de hombre y reptil, seguiría formando parte intrínseca de todos.

© Javier Iglesias Plaza
(980 palabras)