Rumorologías
Francisco José Súñer Iglesias

Esto de Internet tiene grandes posibilidades, en todos los sentidos; de puro ágil se convierte en ocasiones en vertiginoso, por su tamaño resulta las más de las veces inabarcable y, como hay total libertad y el amparo del anonimato para decir lo que se quiera y como se quiera, el contenido tendencioso, poco documentado o sencillamente falso que se puede encontrar es tanto que resulta difícil separar el grano de la paja.

Y quizá sea el anonimato activo o pasivo, ese del amiguete que ha contado que el primo de su cuñado sabe quien es el padre de Luke Skywalker, el que más daño haga, porque una declaración hecha por alguien identificable y reconocible, dispuesto a confirmar y sostener sus afirmaciones, tiene una credibilidad de la que el anónimo no goza.

Por definición, una afirmación emitida tras el amparo del anónimo no es precisamente fiable, lo que no impide que el receptor quede con un poso de inquietud que le debería llevar a investigar y comprobar por si mismo si el contenido es cierto o, tal y como se ha debido suponer desde un principio, falso y sin fundamento.

El problema de este tipo de cuestiones es que entre gentes poco informadas, o sin ganas o medios de informarse correctamente, se genera duda, confusión y temor, lo que en un principio no era más que un rumor trivial se convierte en artículo de fe que va saltando de acá para allá, inflándose, alimentándose con las aportaciones más o menos documentadas de tercera o cuarta mano y convirtiéndose finalmente en una gran bola que puede afectar, y mucho, la buena fama del objeto del rumor.

La mecánica debe ser tan antigua como el arte de la conversación, y los resultados tan efectivos como entonces, se prefiere creer lo que se susurra a sotto voce antes que preguntar directamente al interesado si es cierto o no lo que se comenta. Y francamente, este último método resulta ser de lo más efectivo y tranquilizador, y un sucedido que me ocurrió hace poco lo demuestra; estaba con una amiga tomándome una cerveza en el bar de la esquina cuando el camarero, nuevo en la plaza, nos preguntó si estábamos casados, o si éramos novios, o qué. Tras el desconcierto inicial y negar cada una de las sucesivas preguntas no tuve más remedio que admitir que había seguido el método más eficaz para evitarse dudas y equívocos, en vez de dar pábulo a lo que unos y otros le podrían decir, nos preguntó directamente a nosotros, y le resolvimos las dudas con información veraz y de primera mano, que al poco confirmo mi novia enseñando las uñas ante según que posibilidades.

Pues bien, si en vez de creer a pies juntillas todo lo que dijeran esas fuentes tan bien informadas que todos conocemos, y se acudiera a los interesados a comprobarlo, como hizo el camarero, no habría tantos equívocos ni tantos rencores y recelos enquistados.

Pero tampoco habría corrillos, chafardeos y murmuraciones, y si a esta España mía, esta España nuestra, hubiera que conocerla por su televisión, seguro que a más de uno la vida se le haría muy aburrida.

Nota: Este artículo no se publicó originalmente así. Se hacía referencia a un anónimo recibido por un distribuidor de la editorial PulpEdiciones. Sólo unas horas después de publicarse el artículo (el 14 de diciembre de 2003) Alberto Cairo hizo pública una nota donde se enumeraban una serie de prácticas fraudulentas protagonizadas por la editorial, y a los pocos días otros autores como Rafael Marín ó Angel Torres Quesada denunciaban los impagos de sus colaboraciones. Esto hacía que frases como PulpEdiciones goza de muy buena salud o no parece que de lugar a pensar a nadie que PulpEdiciones vaya a desaparecer no tuvieran mucho sentido. Por eso he reformado la primera parte del artículo, que por lo demás sigue siendo prácticamente el mismo (para los curiosos; el artículo en su forma original queda comentado en el código de la página correspondiente del Sitio de Ciencia-Ficción)

© Francisco José Súñer Iglesias
(670 palabras)