Madurez o inmadurez del género: un falso dilema
Daniel Salvo

Los lectores de ciencia-ficción solemos encontrarnos ante situaciones como la siguiente: un buen día, alguien se entera de que, oh sorpresa, leemos esa cosa de marcianitos y platillos voladores, y entonces nos preguntan cómo es que podemos perder el tiempo leyendo semejantes tonterías. Picados en nuestro ego, empezamos el discurso de justificación: la ciencia-ficción es un género que nació así (o asá), pero que actualmente ha alcanzado un standard literario del mismo nivel que las obras de literatura (sic). Es decir, es un género que ha llegado a la madurez. Nuestro interlocutor, generalmente burlón, pedirá un ejemplo de esas maravillosas obras dignas de parangonarse con EL QUIJOTE, LA NÁUSEA y cualquier obra clásica que tengamos en mente. La respuesta será casi siempre la misma: 1984, UN MUNDO FELIZ y FAHRENHEIT 451. Listo. Resulta entonces que todo un siglo (el XX) de ciencia-ficción produjo solamente tres obras dignas de mención.

¿Y el resto?

¿Quiere decir entonces que el resto de la ciencia-ficción es basura? ¿Literatura de segunda? ¿Subliteratura? Si así lo creemos, ¿entonces por qué seguimos leyendo ciencia- ficción? ¿Por posar de contraculturales? ¿Por masoquistas? ¿Por imbéciles? Por que sólo un imbécil leería algo a sabiendas de su falta de calidad o de interés...

Lo que ocurre es que somos víctimas de un falso dilema: si la ciencia-ficción es o no es literatura, si es o no un género maduro. Esta falsa disyuntiva es tan inútil, a mi juicio, como preguntarse si el ULISES de James Joyce es o no una obra maestra, pues habrá quienes digan que si y quienes opinen lo contrario. Igual se sigue leyendo. Y si alguien opina que Joyce es basura... ¿diríamos que con esta afirmación está calificando a toda la obra de Joyce y sus epígonos? ¿Vale o no vale la literatura en general?

El lector de ciencia-ficción es tan lector como el hipotético lector de Joyce. Tiene sus gustos, sus fobias, sus preferencias, sus criterios. Y cada uno es tan válido como el otro. Sin embargo, quizá es el único tipo de lector que experimenta cierta vergüenza por sus gustos. No es del todo su culpa. Existe una tradición asentada en la escuela y en las universidades que podríamos denominar denostar la ciencia-ficción (y el terror. El género policial ha tenido mejor suerte) en la cual nos criamos. En esta tradición, cultivada por los académicos de buena parte del mundo, se da una paradoja: cuando se es más ignorante respecto al género, se le menosprecia con más virulencia. En la escuela, en las universidades, en las entrevistas a los tótems de la literatura, existe ese pacto oficioso. Hasta parecería que hay cierto interés en que no se lea ciencia-ficción. O fantasía, de ser el caso.

Ahora, existen quienes tienen la suerte de toparse con el género a temprana edad, antes de ser acondicionado por los tópicos. A esa raza (que debería ser feliz) pertenece el lector de ciencia-ficción. Una mente libre de prejuicios abarca un campo mayor de la oferta literaria (y que campo)

Pero, a medida que va creciendo, empieza a socializarse, a ser programado, a internalizar los criterios de bueno, malo, decente, conveniente... y recién entonces toma conciencia de que sus gustos no son los de la mayoría, que es un marginal. Pero no un marginal políticamente correcto (esos que empiezan incendiarios y ya se sabe que acabarán bomberos), sino un marginal idiota, una especie de subnormal, un lector de gustos infantiles. Esa es la versión oficial de la ciencia-ficción, la noción que maneja la sociedad.

De ahí viene ese estar a la defensiva de los lectores de ciencia-ficción. Sabemos que se van a meter con nosotros, y no para cuestionarnos o conocernos, sino para denostarnos por no ser lectores maduros. Entonces, nuestra actitud defensiva sólo puede seguir un camino: demostrar lo indemostrable: la madurez del género.

Y así llegamos a la única conclusión que apoya nuestro esfuerzo: la ciencia-ficción es un género literario que ha alcanzado la madurez porque trata temas como la libertad del individuo, el peligro de las sociedades totalitarias, el uso irresponsable de los adelantos científicos. ¿Ejemplos? Los tres de siempre.

Y en cuanto a la madurez del género, yo diría que, como cualquier otro, ya nació maduro. Así como la novela pastoril nació madura, el relato de aventuras nació maduro, el dramón psicológico a la Dostoievsky nació maduro, el realismo sucio nació maduro, el ciberpunk nació maduro, y ese largo etcétera que constituye la literatura (lo que leemos) nació maduro. Eso de exigir que una obra tenga ciertos elementos intrínsecos para demostrar madurez, complejidad, etc., es simplemente el pasto que permite el sustento de los profesores de las facultades de lengua y literatura de las universidades e institutos. He leído análisis de obras conocidísimas según los cuales, o soy un mal lector, o el autor ha sido tan incomprendido que nadie jamás llegará a saber qué es lo que en realidad quiso escribir.

José B. Adolph, uno de los mejores escritores peruanos, comentó una vez que no existen géneros buenos o malos, sino buenas o malas novelas. En base a este criterio, más objetivo que el de la preeminencia de ciertos géneros sobre otros, sí es posible apreciar en su justa medida lo que se presenta como literatura. Hay, por supuesto, malas novelas de ciencia-ficción, como hay malas novelas de autores mágico-realistas, costumbristas, de la generación del 98, de los seguidores de Faulkner o de Hemingway.

Olvidémonos pues, de la tonta idea de defender nuestro gusto recurriendo a argumentos tan bobos como ese de la madurez del género o el de los elementos humanistas, trascendentales, posmodernos, etc. No los necesitamos.

Y por favor, tampoco caigamos en el extremo opuesto de considerar la ciencia-ficción como el único género decente, capaz de aportar nuevas ideas a la decadente producción literaria mainstream...

Aunque estemos en lo cierto.

© Daniel Salvo
(982 palabras)
Publicado originalmente en Ciencia Ficción Perú el 30 de octubre de 2003