La magia gana, la ciencia-ficción pierde
Francisco José Súñer Iglesias

Hasta ahora no había caído en la cuenta, pero ayer mismo, viendo el capítulo doble de Embrujadas (Charmed) me di cuenta de hasta que punto el género mágico (¿tiene nombre?) está triunfando popularmente.

Entre Phoebe, Piper, Prue/Page, Sabrina, y Harry Potter tenemos un trío de ases que se pueden convertir en full si añadimos a ese par de reyes que son Buffy y el Clark Kent casi adolescente de Smallville, (pero ojo, no al Clark Kent treinteañero de Lois y Clark), y es que estos siete personajes, sin contar compañeros de clase, tías alocadas, maridos celestiales y bebes prodigiosos, dan vida fácil al sueño casi universal de ser algo más que un ciudadano gris que va y viene sin muchas posibilidades de escapar del agujero del anonimato, la monotonía y la total y absoluta uniformidad.

Estos personajes han trascendido a todo ello partiendo precisamente desde ese sustrato homogéneo que es el común de la raza humana, para el que las expectativas de medrar pasan por grandes esfuerzos y trabajos que raramente valen la pena. Todos estos personajes se han encontrado en algún momento de su vida con el regalo inesperado de poderes, mágicos o no, pero que les diferencian de tal forma de sus semejantes que los ponen por encima de ellos, les capacitan para modelar su destino casi a su antojo e incluso para salvar a la raza humana, a toda ella.

Por supuesto, sus enemigos son de más peso que un jefe intransigente, un vecino ruidoso o una cuñada insufrible, pero si a una persona se la mide por el tamaño de sus enemigos toda esta compañía de seres extraordinarios están llenos de grandeza, incluso aunque el enemigo sea una jefa de animadoras, como le sucede a Sabrina, no es por ello menos poderosa dentro de su reino, por no hablar del mismísimo Demonio, al que las Embrujadas han vencido en más de una ocasión (aprovechando una ellas para finiquitar a un cuñado insufrible)

Por si esto fuera poco, su condición de seres excepcionales no les ha llevado a trasladar su residencia habitual ni dejar de tener obligaciones con hacienda, como tampoco pueden olvidarse de trabajar para vivir ni les exime de acudir a clase. Siguen siendo ellos mismo, crecidos y potenciados, pero sus vecinos apenas han notado los cambios (algo más de animación en el barrio, quizá, pero nada molesto) y familia y amistados, si no estaba ya enterados del asunto, apenas tiene noticia de las nuevas habilidades de nuestros amigos.

Contra esta magia urbana y cotidiana es imposible competir. La ciencia-ficción necesita casi sin remisión de escenarios exóticos y grandes despliegues de medios, lo que obliga al lector o espectador a hacer un notable esfuerzo de abstracción para sentirse identificado con las cuitas del protagonista de turno, y ese es un esfuerzo que muy pocos están dispuestos a realizar.

© Francisco José Súñer Iglesias
(475 palabras)