Maravillas
Francisco José Súñer Iglesias

Umberto Eco, en BAUDOLINO, tras una primera parte en la que se recrea con los sucesos de la corte del Emperador Federico Barbarroja, lanza al protagonista, el propio Baudolino, imaginado protegido del emperador, junto a su cuadrilla de camaradas en busca del reino del mítico Preste Juan, para cumplir una promesa hecha al emperador y colmar su propio anhelo personal.

Durante el camino, los viajeros (simbólicamente doce, que además persiguen a un también simbólico y blasfemo remedo de Cristo) se encuentran con parajes fascinante y criaturas maravillosas, sacadas por Eco de bestiarios medievales y quizá algunas otras inventadas por él mismo.

Entre las asombrosas regiones descritas se cuenta Abcasia, una tierra en la que dominan las tinieblas perpetuas o el río de piedra Sambatyón, que es posible cruzar sólo cuando se detiene, en el sabbath, aunque entonces, según la leyenda, se ve rodeado de una impenetrable cortina de fuego. Por el camino también encuentran serpientes de tres cabezas, basiliscos y camelopardos y tribus, a cual más particular; los esciápodos, dotados de una única y potente pierna, los panocios, de orejas tan largas que hasta se envuelven en ellas, los blemias, sin cabeza, pero con la cara en el pecho o los cinocéfalos, de cabeza de perro.

Pero no es tanto la descripción del viaje y sus maravillas lo interesante de la novela de Eco, sino el malévolo y divertido relato que hace en esa otra primera parte de cómo es posible llegar a inventar esas maravillas y como se puede difundir la noticia de su existencia. En esencia, Eco propone que habiendo quien necesite fabular, ya fuera por necesidad o por diversión, siempre encontrará alguien que necesite creer y, de esa fé, los testimonios ajenos acabarán por hacerse realidad, hasta el punto de que Baudolino, el gran mentiroso e inventor, podría viajar por esos parajes y contemplar tales seres.

En ese mismo punto estamos los autores y aficionados a la ciencia-ficción y la fantasía. Los unos tienen la necesidad de describir lugares singulares y contar las penas de seres imposibles, y los otros de leer y escuchar esas historias. Eco parece tenerlo claro; aunque hoy podamos dejar esas novelas de lado con una sonrisa incrédula, basta un punto de nostalgia en el gesto para que, en un futuro, no sea imposible recorrer Tschai o compartir asiento con un titerote.

© Francisco José Súñer Iglesias
(390 palabras)