Autor, autor...
Iván Olmedo

¡Qué suerte tenemos los frikis, los fandomitas, los raritos...! (Inciso: yo no me considero personalmente nada de lo anterior, pero bueno... por simplificar la idea...)

Qué suerte, digo. Nuestro submundillo literario es todavía tan reducido y se encuentra tan poco encumbrado que por obra y gracia de nuestras Convenciones y sus organizadores tenemos la posibilidad de encontrarnos cara a cara y mano a mano (Inciso: y vaso a vaso, en ocasiones... ¡burps!) con alguno de nuestros escritores favoritos, ya sean foráneos o de la tierra.

Imagino que a uno de esos personajillos snobs ávido de codearse con literatos de lustre en cenas de gala, recepciones o similares, le costará un huevo de la cara llegar a tomarse unas copitas con el poeta del bastón, o compartir tenedores con el autor irascible de la bufanda (Inciso: todo parecido con personajes reales es pura coincidencia). Nosotros (los que he mentado) tenemos más al alcance a sapkowskis, negretes, marines o priestes, tan al alcance que casi choca en un principio la familiaridad con que accedemos a sus compañías. Y esto es, sin duda, bueno y deseable, justo y necesario, aunque corremos el riesgo de que se nos caigan los ídolos. Sí, el fenómeno existe. Durante años adoramos a un autor por su nombre y obra, babeando sus excelencias, imaginando su conversación. Si llegamos a codearlo y entablar tal conversación y resulta que el citado autor es un personaje distante, frío, y que parece que (directamente) pasa de nosotros (Inciso: o, en el peor de los casos, es realmente un borde de tres pares de...), se rompe la ilusión, se despedaza el sueño y se cae el ídolo. Un ejemplo extremo, fácilmente recordable y externo a nuestro fandom es el de aquel famoso anciano juntaletras que mandó ¡a la mierda! a uno de sus admiradores (Inciso: lector curado repentinamente de su idolatría.); pero tampoco se suele dar con frecuencia el caso de llegar a estos disparates.

Por el contrario (y afortunadamente) en bastantes ocasiones observaremos el caso opuesto. Un autor que es sorprendentemente amable, atento y cercano, tanto como no lo imaginábamos. Y en este punto la sensación de maravilla y de aprecio por la persona se acrecienta, a nuestros ojos cobra una dimensión humana que desconocíamos. Pero es muy lógico todo esto. ¿Por qué? Porque, ni más ni menos, se trata de personas normales, como tú o como yo, dotados de una habilidad especial (que es la de urdir historias) pero tan humanos como cualquiera. Igual ni son capaces de clavar un clavito que sujete esa naturaleza muerta con jarrón que tenían pensado colgar en el recibidor. Hablando de habilidades...

Autores, autores... los enrollados y los bordes, los tímidos y los juerguistas... personas al fin y al cabo.

No ídolos, ni tótems, ni (¡Dios nos coja confesados!) bruñidos bustos de bronce. Personas.

© Iván Olmedo
(469 palabras)