Nuestros libros y su memoria
Javier Iglesias Plaza

Pasear la mirada por mi biblioteca personal significa comprobar la intransferible e imposible arquitectura de lo viejo y lo nuevo, el pasado y el futuro, lo leído y lo por leer, y, ante todo, significa rememorar la infinitud de recuerdos que encierran esos montones de volúmenes multicolor que amenazan con hacer estallar los estantes.

Recuerdos, por ejemplo, de las propias lecturas, claro está… de sus tramas, sus argumentos, sus inolvidables personajes y los imborrables pasajes que se nos quedaron grabados a fuego en la memoria y quisiéramos, tal vez, volver a releer algún día.

Recuerdos también, remembranzas de hecho, de nuestra propia experiencia mientras leímos éste o aquél libro y que sólo nos asaltan cuando volvemos a caer en el olvidado volumen… aquella chica que conocí en el tren mientras leía DRÁCULA, aquel olor a verano adolescente, perdido ya para siempre, pero que tanto disfruté con los relatos de Asimov en las manos, aquel sonido a oscura y tétrica noche de mil y una lecturas góticas…

Y finalmente, recuerdos también, cómo olvidarlos, de las vicisitudes y circunstancias en que todos y cada uno de esos libros llegaron a mis manos; remembranza, en definitiva, de librerías, anticuarios, ferias de libro, kioscos, paradas de lance.

De entre todos estos retales de pasado que aguardan escondidos entre las hojas de nuestros libros, éstos últimos tienen un valor especial. Hace poco Francisco José Súñer dedicaba un texto en esta misma sección a los libros azules de Orbis y la mítica serie Libro Amigo de Bruguera y hablaba sentidamente de lo que significó para él ir conformando su biblioteca y sus lecturas del género en aquellos libritos de kiosco. Yo, que soy más joven y no pude vivir aquella época dorada de las colecciones de género, he tenido en cambio la experiencia de ir consiguiendo esos mismos libros por otros medios, convirtiéndome así en una suerte de Indiana Jones de las colecciones de género… Orbis, Martínez Roca, Ultramar, Nebulae, Bruguera, Acervo, Futurópolis, Minotauro Argentina, Adiax, etc. Fueron poco a poco llenando mis estantes y mis días a costa de mi primigenia semanada y parte de mi sueldo después, y desde lugares tan variopintos como el mercadillo de lance de Reus, mi ciudad natal, el Mercat de Sant Antoni de Barcelona, la librería Gigamesh, rastros varios, saldos y ferias itinerantes, centros comerciales, e incluso compras por correo e Internet. Los recuerdos que guardo de estas adquisiciones son para mí tan valiosos como lo son para Francisco José los suyos sobre los libros de kiosco, o los de cualesquiera otros respecto a sus queridos libros.

Para aquellos a los que nos gustan los libros, especialmente para aquellos que amamos el fantástico por el componente de guetto que siempre ha tenido, para los que no podríamos vivir sin libros en definitiva, rememorar cómo construimos nuestra biblioteca personal, significa recordar, no sólo cómo nos hicimos aficionados a un género, no sólo cómo disfrutamos aquellas lecturas y crecimos intelectualmente, si no también, cómo fuimos poco a poco haciéndonos a nosotros mismos, volumen a volumen, página tras página.

Y esos recuerdos no tienen precio.

© Javier Iglesias Plaza
(513 palabras)