Aquellos libros azules
Francisco José Súñer Iglesias

En mi relación con la ciencia-ficción, más que un momento significativo, hubo una etapa determinante en mi inclinación definitiva por el género.

De siempre me había gustado eso de las naves espaciales, los extraterrestres y las cosas que sucedían a miles de millones de kilómetros de Vallecas (no, no sirve Manoteras), y pese a que el primer libro que compre con mi dinero no fue de ciencia-ficción (NAUFRAGIOS Y COMENTARIOS, de Alvar Nuñez, Cabeza de Vaca) en cuanto dispuse del suficiente metálico a mi plena disposición me convertí en un comprador compulsivo. En un sentido amplio, la colección Libro Amigo, de Bruguera, fue la que me ayudo a formar el núcleo de mi actual biblioteca, fundamentalmente con libros de Asimov, Lem, Vian, Lovecraft, García Marquez, Chandler y algunos más, con menor presencia pero no menos significativos.

Sin embargo, y exceptuando los ocasionales volúmenes de Martínez Roca que podía conseguir en el Simago de Móstoles, apenas tenía contacto con otra ciencia-ficción que no fuera la que Bruguera seleccionaba. No era mala selección, pero por motivos obvios quedaban fuera multitud de autores que, por esa causa, desconocía y a los que, ya fuera por ignorancia o cuestiones monetarias (literalmente, me descapitalicé durante un mes por comprarme la trilogía original de DUNE), me era complicado llegar.

Pero hete aquí que una tarde de primavera de 1985, (lo se porque apunto cuidadosamente cuando y donde consigo los libros) al ir a comprar el número correspondiente de Zona 84, me encontré en el kiosko ante un horrible ejemplar de EL FIN DE LA ETERNIDAD, encuadernado en azul con los rótulos metalizados y una imagen sin sentido como portada. El título, como tal, no me llamó la atención, ya lo tenía en la edición de Martínez Roca. Lo que me cortó la respiración fue el rótulo de la cabecera; Biblioteca de Ciencia-Ficción 1. Era el número 1 de lo que prometía ser una colección de libros de ciencia-ficción a muy buen precio. Aquello parecía una bendición del cielo.

Y vaya si lo fue. Naturalmente no compré aquel primer ejemplar, (no soy un coleccionista compulsivo) ni el número 2, 2001, UNA ODISEA DEL ESPACIO, que también tenía, ni el 3, TROPAS DEL ESPACIO, porque al kioskero le trajeron directamente el 4, ESTACIÓN DE TRÁNSITO y nunca lo he vuelto a ver, ni siquiera de saldos. Todo aquello que me dejó un tanto extrañado ¿es que ya me había comprado todos los libros de ciencia-ficción? No, ya a partir del número 5, MUNDO ANILLO, me pude enganchar a la colección y descubrir mundos que, hasta el momento, o no había podido o sabido alcanzar.

Con el tiempo descubrí que, debido a una mala distribución, a mi kioskero le habían empezado a repartir la colección en una segunda fase, de modo que repentinamente me encontré comprando a la vez el número 12 y el 67. Ya para entonces trabajaba y no me resultaba un esfuerzo comprar tanto libro, al contrario, era una suerte acabar con uno, bajar al kiosko y encontrar nuevo material casi día a día.

Creo que esa colección, junto a Libro Amigo, fue la auténtica educadora del aficionado de mi generación. La cuidada y medida selección abrió las miras y amplió la expectativa de muchos aficionados. Hoy por hoy se echa en falta una colección con esa orientación; selección meditada (por naturaleza controvertida) y precios razonables. Y no tanto por la recuperación de clásicos más o menos inencontrables, sino por la oportunidad que supondría para los aficionados más jóvenes de formar con garantías el núcleo de una futura biblioteca y hacerse con unos referentes que más tarde le sirvan para investigar por su cuenta y ampliar aún más sus horizontes.

Como me ocurrió a mi.

© Francisco José Súñer Iglesias
(625 palabras)