El por qué de las cosas
Manuel Nicolás Cuadrado

Mi mujer está harta de ver las estanterías de nuestro exiguo pisito familiar repletas de libros. Y mucho más cuando se producen esas periódicas etapas de catarsis limpiadora hogareña femenina. (Las cuales son intrínsecamente imposibles en el género masculino, que solo reacciona, y no siempre, ante el ataque inesperado y organizado en oleadas de los platos sin lavar desde hace décadas, o ante la sorpresa de oír disertar sobre filosofía oriental a un engendro biológico surgido por generación espontánea de un ácaro del polvo, o ante la civilización pantanosa que nació en el cuarto de baño tras decenios sin limpiar y que ya va por la revolución industrial).

Se pueden imaginar el enfurruñamiento que le produce a mi compañera el comprobar (armada con un spray atrapapolvo en una mano, una bayeta secadora en la otra y acorazado su precioso cuerpo, todo hay que decirlo, en un mandil que reza la leyenda: Soy la única que trabaja en esta casa) la infinidad de volúmenes desordenados y cubiertos de capas de polvo que pueblan las baldas de la casa.

Su método de limpieza para este evento consiste en:

1.- Arramblar con los libros y arrojarlos al suelo. Esto es una ardua y tediosa tarea debido al elevado número de ejemplares que poseo, amén que al estar llenos de suciedad, vuelven a manchar el parqué recién fregado y encerado.

2.- Una vez terminada la labor anterior, procede a intentar limpiar las estanterías, subida en una escalera de mano y haciendo equilibrios para llegar hasta lo más recóndito. A pesar de sus esfuerzos, no consigue igualar las dos diferentes tonalidades que han adquirido las baldas, debido a la ubicación y tamaño de los libros, que siempre hace que debajo de donde estaban se torne de un color y donde no estaban de otro (por lo general más oscuro).

3.- Después de abandonar el anterior proyecto por inviable, baja de la escalera y ataca el polvo acumulado de los ejemplares previamente arrojados al suelo. Aunque la faena es más fácil que la de las estanterías, el polvo se extiende por la toda la casa, creando una neblina tóxica propia de la guerra química.

4.- Si, como en este caso, además se ostenta de dos jubilosos hijos, empeñados en ayudar a mamá y dispuestos en todo momento a sumarse a cualquier follón, uno se encontrará a un niño de año y medio circulando por el pasillo con el ejemplar de BRIGADAS DEL ESPACIO por sombrero y a otro de tres años utilizando la ENCICLOPEDIA DEL MUNDO ANTIGUO como vivienda de sus numerosos muñecos y peluches.

5.- Tras este divertido paréntesis, mi mujer sube de nuevo los libros a la estantería, intentando recuperar su ubicación por tamaño, temática, editorial, autor e incluso ISBN. En el transcurso de este titánico esfuerzo, consigue llevarse una pequeña alegría al observar sus propios libros preferidos limpios, ordenados y en perfecto estado de revista. Incluso ha encontrado ese título tan preciado de Manuel Rivas que creía perdido. Pero cuando llega a lo gordo, es decir, a mis libros preferidos, vuelve a fruncir el ceño y a bambolear continuamente la cabeza en señal de desaprobación.

La voz que oigo, escondido como estoy tras el ordenador con la miserable excusa de terminar un trabajo de la oficina, dice clara y poderosamente:

-He conseguido ordenar tus libros de historia, pero estos otros, no sé que hacer con ellos... Es que hay muchísimos. ¿SE PUEDE SABER PORQUÉ TE GUSTA TANTO LA CIENCIA-FICCIÓN?

Abandono entonces mi función principal (que consiste básicamente en no hacer nada) y reflexiono sobre la problemática que plantea mi mujer. Decido ayudarla en la tarea de clasificar mis libros preferidos, sin abandonar la pedantería que me caracteriza. Así de paso, intentaré inculcarle un poco de cultura de género.

-Bien, podrías empezar por las space operas, siguiendo un orden cronológico de autor, que no de edición. Después continúas por las hard, pero esta vez con el criterio de edición y no de autor. Las novelas de la colección: ciencia-ficción de Ultramar las pones juntas, que hay muchas. Las de Stephen King me las pones también juntas, pero poco visibles (que van a pensar las visitas) Mira, mejor pones también juntas las de La Factoría de Ideas, que hace más bonito. A Jack Vance, a Stanislaw Lem y a Heinlein me los pones en un lugar destacado. No mezcles las ucronías con las distopías, que luego me armo un follón... Casi que me separas las de poderes psi. La literatura fantástica va aparte, lo mismo que la de terror. A Lovecraft, entre medias de terror y ciencia-ficción. A Gene Wolf entre la ciencia-ficción y la fantástica. Esta novela de Hubbard la tiras directamente a la basura (creía haberla tirado ya, allá por 1.997), y...

Y entonces mi mujer me golpea en la cabeza con el tomo 2 de DUNE: LA CASA HARKONNEN (686 páginas, edición en rústica y tapas duras). Caigo inconsciente a causa del impacto. Cuando despierto una hora después del ataque a traición, sobre mis preciados libros hay una nota manuscrita de mi mujer en la que me informa de que se ha largado con los niños al parque, y que si quiero volver a verlos, todos mis libros tienen que estar colocados, la comida debe estar hecha y el parqué barnizado, a las 14:00 horas.

Horrorizado, miro mi reloj de pulsera, que marca las 13:25. Agarro de cualquier forma mis libros y los apilo como puedo, sin orden ni concierto, como siempre.

Y ya por fin, después de haber preparado un rápido refrigerio incomestible y mientras paso la pulidora a las 13:56, observo con desdén mis amados libros favoritos, dispuestos a ser pasto de la futura suciedad y me pregunto, no sin cierta angustia: ¿Volverá mi mujer? ¿Veré de nuevo a mis hijos? ¿Porqué me gustará tanto la ciencia-ficción?

© Manuel Nicolás Cuadrado
(976 palabras)