Decálogo de reflexiones
Guillem Sánchez i Gómez

Cuando Francisco José Súñer me pidió que elaborase un decálogo para escritores, mi primera reacción fue negarme. El motivo es bien sencillo: ¿Quién soy yo para dar consejos a nadie? Los decálogos frecuentemente me parecen insatisfactorios por consistir en consejos paternalistas y simplistas. A un escritor se le supone oficio, cultura y una riqueza imaginativa suficiente, cuando no sobrada, para hacer su trabajo. No soy quién para aconsejarle, menos aún para decirle como debe escribir. Si pudiera dar consejos a otros escritores y lograr que éstos mejorasen con ellos lo haría con sumo gusto, pero una mezcla de humildad y respeto por mis colegas me impide que me sitúe en cualquier púlpito. Si me subiera a uno, seguramente sus carcajadas poco tardarían en bajarme de él.

Sin embargo al reflexionar un poco, y después de un breve intercambio epistolar con Francisco José, recapacité. No necesariamente un decálogo tiene por qué consistir en consejos, ni suponer una mayor altura de quien escribe. Puede tratarse de reflexiones en voz alta, de una primera pieza de un diálogo al que otros aporten sus propios pareceres. Éste es el sentido que voy a darle. Que nadie espere aquí un recetario para escritores, tan sólo algunas reflexiones que a mí me interesan.

    1. Ser generoso con el lector, no reservarse para más adelante. Hay obras que parecen guardarse cosas, como si el autor no quisiera quemar todos sus cartuchos en una primera novela. Son las típicas historias pensadas para ser trilogías de seis volúmenes, a publicar en nueve libros. Este querer reservarse para más adelante lo considero, como lector, frustrante, y como escritor, mezquino. Dáselo todo al lector en cada novela; la imaginación no debe ahorrarse, es más, aumenta cuanto más se da. Las trilogías, mejor guardarlas para cuando se tenga suficiente argumento para llenar tres libros y que cada uno deje satisfecho al lector. Hay ejemplos numerosos de sagas y trilogías de gran riqueza que no defraudan, así que es posible hacerlas bien. Es mejor estratagema cautivar al lector por la generosidad que defraudarlo por la cicatería de un relato artificiosamente hinchado.

    2. Permite que la realidad mejore tus argumentos. El viejo tópico de que la realidad supera a la ficción tiene mucho de cierto. Una buena documentación, un estudio de la realidad, normalmente mejora un relato. Como escritor me gusta estar al acecho de la vida para extraer de ella cosas que me sirvan al escribir. Desde la conversación en la mesa de al lado, hasta los relatos de los libros de historia, todo puede ser usado como material para mejorar un relato, sin olvidar la propia experiencia. Dudo que muchos lectores se hayan dado cuenta de cuánta realidad he llegado a meter en mis novelas de CF.

    3. Plantéate las modas comerciales. Pueden tener sentido para un profesional que vive de ello pero ¿son lo que necesita tu relato? Demasiados metros de estanterías han sido rellenados por libros que son meros refritos de los de la estantería de al lado. Escritos bajo encargo, siguiendo descaradamente un tema de moda, son comprensibles en autores que viven de ello y no tienen mayores pretensiones. Lo primero que hago antes de empezar a escribir es preguntarme si vale la pena, si diré algo nuevo, de una manera diferente. Las modas normalmente me sirven para decidir qué no vale la pena escribir. Y en cuanto a los escritores profesionales, los que a todos nos gustan son precisamente los que inventan, especialmente sobre un tema que ya creíamos que no nos iba a sorprender nunca.

    4. Una de mis mayores aficiones consiste en experimentar continuamente, pero siendo crítico conmigo mismo. He escrito dramas, comedias, aventuras, en primera persona, en tercera persona y ahora me planteo un relato en cuarta persona... A veces hay que borrar sin misericordia, pero en otras el resultado puede resultar sorprendente. Algunos amigos me reprochan que no sigo un estilo definido en todos los relatos, así que:

    5. Rompe tu estilo cuando haga falta. Se puede escribir una obra muy satisfactoria con un determinado estilo y técnica narrativa. Puede que ese relato haya gustado, ganado algún premio... Pero ¿es lo que necesita tu siguiente relato? Me gusta arriesgar y probar cosas nuevas. Algunos autores tienen una gran facilidad para emplear diferentes técnicas y estilos cuando el relato lo requiere sin dejar de ser ellos mismos. Puede reconocerse su mano, pero saben ajustar su técnica a cada situación. Otros autores son tan homogéneos en su estilo, parecen tan apegados a una sola técnica, que después de leer su segunda novela ya sabes cómo van a ser todas las demás. Éstos no son los que me gustan.

    6. Se debe permitir a los personajes vivir por sí mismos. Me gusta saber qué voy a escribir, tener un final claro, estudiar cómo van a reaccionar los personajes a lo largo de la novela... y los muy canallas a veces no se dejan. Es fácil maniatar a un personaje en un cuento corto por el limitado desarrollo de este formato. Resulta empero muy difícil manejarlos en novelas largas. Cuando tenía algo pensado para el personaje y me percato que se resiste a hacerlo, que sería antinatural que lo hiciera, nunca trato de forzarlo. Significa que el personaje ha cobrado vida, que empieza a tener personalidad propia y, como un hijo que crece y madura, ya no quiere seguir tus dictados y debes dejarlo seguir su propio camino.

    Bien pensado, si el personaje se pone tan difícil que no te deja seguir con la novela que quieres escribir, lo mejor es matarlo de un plumazo y crear otro. No abusemos de la metáfora: esto nunca hay que hacerlo con los hijos de verdad.

    7. Un exceso de estilo no es un estilo mejor. Todos nos hemos hallado alguna vez con obras con tanta cantidad de literatura metida a presión que no te dejaba ver el argumento. Amontonamientos de metáforas creciendo como sinfonías de polimórfico cromatismo dialéctico, subidas a refinados árboles de figuras retóricas, engarzadas como garzas sobre zarzas en un... en un... ejem, creo que ya me he perdido. Si la anterior frase te ha gustado, lo tuyo no tiene arreglo (dicho de buen rollo, ¿vale?). Personalmente prefiero, ante la duda, la sobriedad. Una figura retórica, una metáfora o un recurso poético preciosista, destacan con particular belleza en un entorno de sobriedad y sencilla elegancia. Son como el diamante; no destaca tanto entre mil piedras similares como sobre un par de senos jóvenes y turgentes. Dicho lo anterior (los senos no, lo de antes), reconozco que algunos grandes escritores hacían justo lo contrario, pero son casos aislados. Es más fácil caer en la verborrea y ahogar la obra en la artificiosidad. Quien necesite de un estilo florido o más cargado de lo habitual, debe ser consciente del riesgo y medir bien sus fuerzas.

    8. No hay que tener miedo a inspirarse. Alguna vez he oído comentarios de gente que teme escribir sobre un tema por una razón bien curiosa: la idea se la ha dado otra novela, o una historia real. Me pregunto qué importa eso. Todos los escritores somos lectores, todos hemos aprendido y nos hemos influenciado con mil y un relatos maravillosos que han ido depositando una capa de sedimento tras otra, hasta crear un suelo firme. De lo que se trata es de crear algo nuevo, de aportar más y mejor. No vamos a dejar de escribir sobre dos jóvenes que se enamoran solo porque ya se ha escrito un millón de veces antes. Toda fuente de inspiración es válida, mientras no se caiga en el plagio. La pregunta importante no es de dónde has sacado la idea de escribir sobre determinado tema, si no qué piensas aportar al mismo y cuál será tu propio camino. Si no se tiene respuesta para estas preguntas, mejor dejarlo correr.

    9. Permite al lector hacer su parte del trabajo. El escritor sólo escribe, pero no crea todo el relato. Para que éste se complete es necesaria la participación del lector. Cuando describes un paisaje, el lector debe imaginarlo. Cuando haces actuar al protagonista, el lector interpreta su acción y sus motivos. Esta interpretación no tiene por qué coincidir con la que habías previsto; el lector no tiene que estar siempre de acuerdo con el autor. Convine confiar en su inteligencia, permitirle actuar dentro de la historia, dejar que se apropie de ella. Conste que no me refiero a los finales abiertos, que personalmente no me gustan. Se puede dejar el relato perfectamente acabado y al mismo tiempo darle un margen de maniobra considerable al lector. Conseguir que participe y haga suya la novela, es siempre un éxito.

    Finalmente todas estas reflexiones pueden resumirse en un solo consejo infalible:

    10. Escribe bien sobre temas interesantes.

¿De veras alguien creyó que resistiría el ponerme paternalista? ;-)

© Guillem Sánchez i Gómez
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