Los riesgos de Icaro
Dixon Acosta

Casi exactamente después que Estados Unidos conmemorara el aniversario número cuarenta y cinco del lanzamiento de su primer satélite al espacio exterior, el transbordador Columbia, otro hito de su historia espacial, se desintegra al ingresar a nuestra atmósfera.

En efecto, luego de varios fracasos y de ver con desesperación que empezaba a rezagarse en la carrera espacial con la Unión Soviética (lo que significaba perder un poco la guerra fría), Estados Unidos vio por fin en la noche del 31 de enero de 1958, como el cohete Júpiter C transportó un pequeño satélite cilíndrico llamado Explorer I, lanzado desde el Cabo Cañaveral de la Florida, intentando alcanzar al Sputnik soviético que había traspasado meses atrás la nube más alta. El presidente Eisenhower comunicó el éxito por radio a todo el país. Ahora cuarenta y cinco años después, por un día de diferencia, su sucesor en la Casa Blanca, anuncia por televisión a todo el mundo el accidente del transbordador Columbia, la misma nave que en 1981 impulsó el programa espacial de la NASA, al convertirse en el primer artefacto que podría utilizarse en otros vuelos, con ahorro de economía y ganancia en eficiencia. Queda la duda, si este suceso terrible puede demorar o incluso suspender el programa de vuelos de la NASA, entidad que ha atravesado los últimos años por graves problemas financieros.

El sueño de salir de nuestro hogar planetario y visitar otros vecindarios, no es nuevo. Como cualquier polluelo deseoso de dejar el cascarón, los hombres primero soñaron, luego escribieron y por último han fabricado las maneras de dejar atrás la Tierra. Es una larga lista de nombres conocidos, la de quienes desde diferentes áreas de la creación han imaginado al hombre salir del útero planetario; en la literatura de anticipación, desde Luciano de Samosata, pasando por Cyrano de Bergerac, Julio Verne, Amado Nervo y un largo etcétera, pero también en el arte cinematográfico y televisivo como Georges Méliès o Gene Roddenberry el creador de Star Trek.

La realidad nos ha demostrado que el sueño no está exento de graves peligros, como todos los navegantes del pasado, quienes se enfrenten a las tormentas del espacio exterior, siempre correrán el riesgo del naufragio, pero la promesa de encontrar nuevos puertos, prevalecerá sobre el miedo, no en vano el nombre del Columbia se derivaba del marinero por excelencia, quien no sólo tuvo que enfrentar un espacio desconocido sino la duda de sus contemporáneos. Es posible que este nuevo accidente, lleve a replantear la metodología de las futuras expediciones y quizás retrase el cronograma de la Estación Espacial Internacional, pero el sueño de alcanzar la máxima utopía, siempre estará en nuestro horizonte común. Como rezaba la presentación de Star Trek, en la voz de un locutor que deleitó nuestra infancia: El espacio, la última frontera...

Algún día es posible que a Icaro no se le derritan las alas.

© Dixon Acosta,
Bogotá, (477 palabras)