Nacimiento en Red
Daniel Salvo

La internet constituye, aunque suene redundante decirlo, una revolución radical, un punto de inflexión en la historia. Nos ha tocado en suerte poder percibir, y hasta cierto punto, moldear este cambio. Esto no quiere decir que la Internet signifique lo mismo para todos: el usuario norteamericano no es igual al usuario senegalés, y una página web pornográfica no es igual a una de literatura.

Mi primer contacto con la internet fue, básicamente, un contacto con páginas web de ciencia ficción, y, esto era una novedad, escritas en español. Encontré el Sitio, BEM, Cyberdark, El Archivo de Nessus, Bibliópolis... en suma, el Aleph. Todo lo que siempre quise saber sobre autores, ediciones, traducciones... y muchas cosas más. Desde ya, muchas gracias a quienes hacen posible la existencia de esas páginas.

Definitivamente, esto no hubiera sido posible sin la internet. Creo que en estos casos se comprueba eso de la democratización del conocimiento: podía ver en una pantalla, con solo presionar la tecla correcta, toda la información que antes solo podía encontrarse en libros y revistas, lo cual no tendría nada de malo, excepto para un residente de sudamérica como quien escribe. De hecho, incluso en este año (2003), la oferta de ediciones nuevas es bastante escasa en este lugar del mundo (el Perú pues).

No puedo negar que, a veces, me invadía una sensación de irrealidad al pensar que lo que veía en las pantallas no era real como un papel con signos trazados en tinta: era un conjunto de bits que estaban en la red. ¿Y qué es un bit? ¿Dónde está un bit? ¿Y donde está la red? ¿Quién es el dueño de la red? ¿Cómo se mantiene? Son preguntas que aún siguen (para mí) sin respuesta. Lo único que puede decirse de la internet es que funciona.

Quizá esta afición mía por la ciencia ficción haya influido para que no me resultara muy difícil adaptarme al nuevo entorno. El futuro había llegado: ahora, el 50% de mis lecturas son páginas web, y una gran cantidad de amigos son miembros de listas de correos, que (supongo) son entidades reales en países como España o Guatemala, que tal vez nunca visite en mi vida. A menos que lo haga en forma virtual.

Al leer las páginas web mencionadas (y otras que por razones de espacio no incluyo), no dejaba de admirar y agradecer (en mi fuero interno, como dicen ciertos autores) la labor de los webmasters (cabe destacar que mi vocabulario también creció), y me los imaginaba como jefes de un inmenso staff de personal compuesto por programadores, fotógrafos, correctores de estilo, personal de limpieza... imaginaba cada página web como el producto final de algo parecido a un diario o revista. Y me preguntaba ¿si la página de fulano la puedo leer sin pagar un centavo, cómo se sostiene? Ingenuo de mí, desconocía totalmente el poder de la información. El conocimiento llegó a mi de una manera que, sinceramente, nunca estuvo ni en mis más locas fantasías: convertirme en webmaster.

La historia es la siguiente (mismo Increible Hulk): deseando conocer los secretos de la edición de páginas web, decidí asociarme con un amigo versado en el arte de la literatura, para pagar, entrambos, a un programador en HTML para que nos diseñara una página web decente. Pero el supuesto diseñador nunca era accesible, y mi socio tuvo una racha de trabajo que lo alejó del proyecto. Solo en el desierto, ignorante de los peligros que una exposición prolongada a la internet podía ocasionar en mi mente, concebí la idea que cambió mi vida para siempre: decidí poner mi página web (que egocéntrico, ¿no?).

La historia se acaba, y poco queda que contar: bajé de la internet un programa simplisimo para crear páginas web, conseguí ayuda de una amiga para escanear portadas de libros y fotos, un poco de esto y aquello... y me convertí en webmaster. Conocí desde dentro el trabajo que permitía lograr esa información que hasta entonces solamente había disfrutado. Tuve que corregir, escoger fondos de página, tipos de letras, cuadrar imágenes, colocar enlaces... sin un Igor a mi lado. Hubo fallos, información perdida, salidas momentáneas de la red... hubo que invocar a los dioses de la Internet, buenos y malos... y mis invocaciones fueron escuchadas.

Por fin, una alegre tarde de junio de 2002, mi monstruo estaba listo: apareció en la red la página Ciencia Ficción Perú. Y ahí sigue, por lo menos hasta ahora.

La elección del nombre fue a propósito: recordaba mi propia experiencia al tratar de buscar en la red alguna página relativa al género hecha por peruanos. Esas eran las tres palabras que colocaba en los indexadores. Ciencia Ficción Perú. Ahora son mías.

Quisiera hacer una reflexión acerca de cómo la internet puede cambiarnos: yo era un mero lector-consumidor, pero gracias a lo que absorbí en la red, me transformé en webmaster. La transmutación alquímica ya no se hace en un atanor, sino frente a un terminal. Es la historia de alguien que solo tomaba y aprendió a dar (y dale con la parábola cristiana). Solo hay un pero: nadie me paga por el esfuerzo. En eso también (creo) somos todos hermanos...

© Daniel Salvo
(860 palabras)