Verne y Wells, dos conceptos literarios
Mario Moreno Cortina

Algo que me fascina de H.G. Wells es que no huele a rancio. Siempre que uno lee ciencia-ficción de finales del XIX o principios del XX ha de hacerlo con cierta perspectiva y compasión. Suele tratarse de obras por las que el tiempo ha pasado muy cruelmente. Para mí, antiguo no significa necesariamente clásico. Creo que un clásico es el que sirve de modelo, el que marca una pauta o una escuela. Wells es un clásico, pero Juan de Aragón (el capitán Sirius) no. Aragón es una vía muerta en la literatura, epígono de Motta y Salgari, no un clásico.

Wells no era un gacetillero venido a más. Se codeaba con los mejores escritores de su época. Joseph Conrad, Henry James y Lorca leían sus libros. No era un freak metido en una burbuja autoreferencial, sino un escritor con todas las letras y por eso sus cuentos aún están vivos, son actuales. Y no digamos sus novelas, ya que era mejor novelista que cuentista. LOS PRIMEROS HOMBRES EN LA LUNA, sigue siendo una estupenda y sólida descripción de una sociedad extraterrestre, y LA GUERRA DE LOS MUNDOS, con su vívido clima bélico, es la mejor historia de invasiones que he leído en mi vida. EL ALIMENTO DE LOS DIOSES, sin llegar a la altura de las anteriores, también es una gran novela, aunque quizá por ella sí haya pasado el tiempo.

Creo que el secreto de Wells es que nunca ponía el punto de mira (a la manera de Verne) en la máquina, la tecnología o la especulación en sí (vicio muy común en la ciencia-ficción norteamericana, por cierto), sino en el problema que genera o en las posibilidades que abre. Verne se limitó a mostrar con todo lujo de detalles cómo sería en su época un viaje a la Luna, y dedica un párrafo a lo que puede haber allí, apenas un paisaje vislumbrado desde la órbita lunar. Wells se inventa un metal que rechaza la gravedad (la cavorita) y envía su vehículo a la Luna. Lo importante es qué encuentran allí.

No obstante, a mí me encanta Verne. Pero distingamos en Verne, porque hay tres Vernes bien diferenciados. Uno es el geógrafo/divulgador de LA JANGADA, aburrido e insoportable. Luego está el que podríamos denominar Verne clásico, el que intenta explorar las posibilidades técnicas de su época llevadas a los últimos extremos: 20.000 LEGUAS DE VIAJE SUBMARINO, DE LA TIERRA A LA LUNA... etc. Ese Verne es entretenido y apasionante, pero lastran su lectura los interminables párrafos de descripciones de flora, fauna y climatología, y también se suele dejar llevar por un excesivo cuidado a la hora de describir la máquina. En UNA ISLA DE HÉLICE llega a tales extremos que prácticamente hace imposible la lectura.

Pero hay un tercer Verne, el que podríamos llamar el Verne iniciático, en el que no prima ni la pesada divulgación científica ni la hard science decimonónica. A esta faceta suya pertenecen VIAJE AL CENTRO DE LA TIERRA, HECTOR SERVADAC y LOS 500 MILLONES DE LA BENGUN. Y para mí, ese Verne menos exacto, menos científico y más soñador, es el que más me gusta.

© Mario Moreno Cortina
(527 palabras)