El "yo" universal
Guillem Sánchez

Uno de los mecanismos más clásicos y todavía más útiles de la literatura consiste en mostrar, bajo el ejemplo de un personaje determinado, procederes, características o motivaciones que son universales en la gente. De este modo es posible caracterizar una sociedad, un grupo o una tendencia mediante un relato centrado en personas individuales.

No disponer de este recurso obligaría a menudo a vertebrar un relato como si fuese un libro de Historia. Al no poder generalizar desde lo particular no podríamos mostrar una historia social a través de las vivencias de un solo individuo. Este mecanismo es especialmente valioso en la ciencia ficción: la especulación sobre sociedades, sus cambios, sus crisis, y también las críticas generales sobre la nuestra, son temas frecuentes y muy interesantes. Por poner un ejemplo, recordemos 1984 de G. Orwell. El autor nos muestra una tendencia de su sociedad actual para denunciarla, bajo la fórmula de ficción futurista. Para explicarnos las características de esa sociedad recurre a las vivencias de un protagonista, una persona concreta, individual y que por ello mismo nos hace sentir más cerca de nuestra piel los riesgos reales de aquella sociedad.

De no haber podido emplear el recurso del yo universal, es decir, la generalización desde lo particular, para explicarnos lo mismo sobre la sociedad de 1984 hubiera tenido que redactar casi un manual de Historia Ficción. El resultado habría sido mucho menos interesante y desde luego sin tanto calor humano.

Algunos autores de ciencia ficción son especialmente hábiles en cuanto al empleo del yo como elemento narrativo. Jack Vance, por tomar un ejemplo de los más adecuados, mueve en casi todas sus obras sus personajes con suma habilidad, para emplearlos como receptáculos de tensiones sociales. También los emplea a veces como expositores de meras curiosidades o simple eje de cambios bruscos. Pero en sus mejores obras sin duda alcanza sus objetivos gracias a una adecuada universalización del yo particular, lo que disimula con un tratamiento entre espartano y simplista de la elaboración de sus protagonistas a fin de evitar que el carisma de éstos monte sobre el de las sociedades que deben reflejar. Éste es uno de los motivos por los que las extrañas y a menudo grotescas sociedades extraterrestres de Vance resulten pese a ello tan agradables y convincentes: sus personajes no sólo universalizan, sino que también normalizan esas sociedades al reflejarlas sobre sí mismos y su propia proximidad a nosotros.

Por contra otros autores, no necesariamente malos, o con narraciones menos interesantes, no tienen la misma fluida relación con el yo narrativo. Sus personajes a veces pasan por la tensión dramática sin experimentar cambios y sensaciones o, pecando de lo contrario, sus experiencias nos son ajenas y el autor no logra involucrarnos en ellas. Sus protagonistas no se universalizan a sí mismos, porque carecen de esa fuerza propia para saltar fuera del papel y permitir que les consideremos una partícula social creíble. Un ejemplo de este tipo de autores podríamos hallarlo en Philip K. Dick. Ante algunas de sus obras nos embarga a veces la sensación de ¿se habrá dado un golpe en la cabeza este tío? refiriéndonos tanto al protagonista como a lo que éste parece decirnos del autor. Al pretender exteriorizar su propio pulso mental, sus fobias, manías y rarezas, a menudo logra relatos inigualables, sorprendentes y con una psicodelia muy personal. Lo que no logra es universalizar su yo para hacernos creíbles las andanzas de sus protagonistas como una tipología humana en general, ni involucrarnos en ellos por mucho que nos interesen. Sus personajes no pueden saltar fuera del papel del libro. A Dick le traiciona su propia singularidad psicológica y su falta de recursos narrativos y dialectológicos para lograr convertir en arquetipo la experiencia de sus personajes.

Podría alguien pensar que ante algunas situaciones o planteamientos necesariamente individuales, no es posible tal vez lograr esa universalización. Cuando un autor se halla poseído por fobias y terrores personales, cuando expresa sobre el papel sus crisis íntimas, no es posible convertir ese sufrimiento espiritual en algo generalizable. ¡Nada más lejos de la realidad! Posiblemente sea ésa la literatura más interesante, también la más difícil de realizar. Recordemos la sordidez íntima de LA METAMORFOSIS de Kafka y cómo logra hacer cómplice al lector de una situación tan brutalmente absurda. El protagonista kafkiano tiene tal fuerza que explota hasta trascender su situación particular, impregnando la sociedad dentro de sí mismo. Recordemos también EL EXTRAÑO CASO DEL DR. JEKYLL Y MR. HYDE de Stevenson, donde, después de sufrir una atroz pesadilla en la vida real, el autor a través de un yo particular crea un mito universal como pocos lo han logrado. A un menor nivel formal Lovecraft también logra este efecto, con la ventaja que en sus mitos lo sistematiza y le añade nuevas tesituras.

Naturalmente la ciencia ficción, con la amplitud temática que la caracteriza, también ha creado obras donde los protagonistas tienen otras funciones diferentes a las aquí descritas, pero eso ya es otro tema.

© Guillem Sánchez
(828 palabras)