2002, odisea de la Tierra
Dixon Acosta

A diferencia de la clásica obra 2001, ODISEA DEL ESPACIO (quizás más cinematográfica que literaria), escrita por Arthur Clarke y dirigida por Stanley Kubrick, que trataba sobre una explicación alternativa de la evolución humana (directa o indirecta influencia extraterrestre), el año de 2002 en nuestra cotidiana realidad se convierte en un escenario de miedo e incertidumbre, sobre nuestra seguridad y condición en la Tierra, que nos aleja por un instante de las preguntas eternas sobre lo que hay más allá de nuestro vecindario planetario, para interrogarnos sobre lo que estamos haciendo o dejando de hacer por nuestro hogar.

En el año 2090, los patrones climáticos cambiarán con inundaciones, sequías, se multiplicarán las tormentas y huracanes, el hielo polar se derretirá, muchas islas y algunas zonas costeras desaparecerán, se modificará la diversidad biológica de bosques y selvas, aparecerán más enfermedades por la proliferación de insectos tropicales y problemas de disponibilidad de agua. Lo anterior no es el argumento de otra película o novela de ciencia-ficción, o una nueva interpretación de las predicciones de Nostradamus, es simplemente lo que se espera de seguir el calentamiento global del planeta.

Según reportaba la cadena noticiosa CNN, este año 2002, será el más caluroso de la era moderna, con un elevado incremento de la temperatura promedio. No es de extrañar el comportamiento del clima durante los últimos meses, específicamente con las inundaciones presentadas desde América Latina hasta Europa Central, o los continuos y peligrosos incendios forestales de América del Norte. Esta situación catastrófica, es en buena parte consecuencia del llamado efecto invernadero, nuestro mundo dependiente de combustibles de origen fósil (carbón y petróleo), genera una concentración de dióxido de carbono en la atmósfera, lo que calienta al planeta como si fuera un invernadero. Pero lo preocupante, es que esto demuestra que han sido vanos los intentos de la comunidad internacional por frenar semejante amenaza ambiental.

Mientras escribo estas líneas, se desarrolla la Cumbre del Desarrollo Sostenible en Johannesburgo, Sudáfrica (26 de agosto al 4 de septiembre), entre cuyos temas se encuentra el desarrollo que se ha dado a la Convención del Cambio Climático de Nueva York (firmada en Río de Janeiro en 1992) y el Protocolo de Kioto de 1997, sobre el mismo aspecto. Ante la calurosa certidumbre de lo que pasa, ojalá esta reunión no sea otro evento protocolario, con declaraciones de buenos propósitos, mientras las empresas siguen emitiendo gases de efecto invernadero. Estados Unidos, con menos del 5% de la población mundial, arroja a la atmósfera el 25% de gases efecto invernadero, esta sería una buena oportunidad para que esa potencia mundial ratificara el Protocolo de Kioto. La humanidad espera mayor sinceridad y voluntad política que garantice no sólo nuestro fugaz tránsito sobre el planeta sino el bienestar de las generaciones futuras, fundamento del concepto de desarrollo sostenible.

La ciencia-ficción, posee entre otras ventajas y servicios, alertar al presente sobre las posibilidades del porvenir, con el fin de tomar correctivos, son varias las obras que esbozan un panorama desolador en el futuro. En el caso del calentamiento global, de no comenzar a reemplazar la economía que se sustenta de los combustibles fósiles, seguramente iremos sin remedio a un planeta cuyo nombre perderá sentido, porque será acuático, aunque a la vez tendrá graves problemas de abastecimiento de agua potable. Lo paradójico es que ya existe la tecnología para implementar formas de energía limpias y económicas (eólica, eléctrica, solar), pero los intereses de grandes conglomerados y de algunos países siguen perjudicando a la comunidad global. Ojalá un día el género humano no despierte, sudoroso y rodeado de agua como isla flotante, con la certeza que tuvo la oportunidad de cambiar su destino pero la perdió por unas monedas, cual Judas vendiendo su redención.

© Dixon Acosta
Bogotá, (620 palabras)