Al pan, pan y al vino, vino
Lázaro Betán

Son tiempos difíciles los que nos ha tocado vivir. Es más, probablemente cualquier tiempo pasado o venidero fue/sea, al menos, tan difícil de transitar como el presente. Hablando en plata se podría decir que así es la vida, o también ¡esto es la hostia! pero esto último, evidentemente, está peor visto, no se debe decir. Está feo. Resulta políticamente incorrecto.

Y he aquí donde reside la particularidad de la época que nos ha tocado vivir, la enfermiza auto-imposición de criminalizar las expresiones, que nos obliga constantemente a pensar algo y buscar cautamente el modo de expresarlo, porque algunas expresiones, actitudes o cosas objetivamente correctas, de un tiempo a esta parte, han pasado a ser políticamente incorrectas.

Políticamente incorrecto; que basura de expresión, que pestilencia escrita o pronunciada por gentes de cualquier nivel cultural y condición social, que nos aparta de la verdad, forzándonos a ser falsos y arteros desde que nos levantamos, hasta que nos volvemos a acostar, profundamente hastiados después de una dura jornada mintiéndonos a nosotros mismos.

Voy a compartir con vosotros una anécdota.

Hace unos cuatro años, recibí un relato de un buen amigo, era una hermosa y romántica visión de un grupo de soldados, luchando desesperadamente por mantener una posición, en la cima de una colina, para permitir la evacuación de los habitantes de una ciudad asediada.

La historia, muy correctamente construida, acababa con la muerte heroica de todos aquellos hombres cuando, tras serles comunicado que la evacuación de la ciudad estaba a punto de concluir, sabiendo como sabían desde el principio que no habría salvación para ellos, se arrojaban sobre el enemigo, perdiendo todos la vida en aquel lance.

Era un relato impregnado de fuerza y dramatismo, cargado de simple emotividad, pues la emotividad es simple: tengo miedo, te quiero, cómo te echo de menos, no pasarán, etc., son reacciones espontáneas, nacidas de instintos, no de metódicas reflexiones.

Pues, retomo la anécdota; di a leer la novela a un majadero conocido (llegar a saber la cantidad de los que no conocemos, podría provocarnos escalofríos) y la criatura, después de mal leer la obra me dijo: ¡Puaj! Que bazofia reaccionaria, ¿de dónde demonios has sacado esto?

Y es que he olvidado mencionaros algo; aquel relato que transcurría en un Ganímedes terraformado, estaba protagonizado por un puñado de heroicos legionarios. Sí, sí; legionarios, herederos de La Legión española, imbuidos de su credo romántico y combativo. Para colmo, el relato acababa con una dedicatoria al padre del autor, militar para más señas, y la última estrofa de la famosa canción El Novio de la Muerte, que recuerdo haber escuchado de pequeño en algún desfile.

Y ya está. Como los protagonistas eran legionarios, como cierto extinto enano encumbrado tuvo alguna vez algún cargo en La Legión y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid (creo), pues la obra era una tajada reaccionaria. Y se acabaron las consideraciones.

Cierto es que nunca he tenido demasiada buena impresión de este majadero conocido, pero le creía, al menos, algo despierto.

Y resulta que no.

Resulta que para él (y muchos otros) todavía no hemos expiado lo de Adán y Eva, resulta que aún esta abierta la causa por el asesinato de Abél. Resulta, digo, que los descendientes del infractor deben continuar expiando la culpa de su antecesor, por los siglos de los siglos. Amén. ¡No te jode!

¿Quién es aquí el retrógrado, el reaccionario?

Pero la anécdota no acaba aquí, no acaba en 1998. Acaba en pleno 2002, hace cuatro puñeteros días.

No hace mucho, me encuentro con una copia de aquel relato, y me asalta una idea perversa. Llamo al autor y pido su consentimiento para tender una celada al majadero.

Tomo el relato, y cambio ciertas palabras como: legionario, legionarios, Legión, quito la dedicatoria final y sustituyo la estrofa de la canción por una improvisada rima, simulando un antiguo fragmento de una poesía, que dice exactamente lo mismo que la estrofa del himno legionario en cuestión. Quedamos un día, el majadero y yo, a comer, y le muestro el nuevo relato. Lo lee-devora en un instante y me dice: este chaval, E.R., es muy bueno, es un relato corto muy bien construido, impregnado de un romanticismo clásico, épico diría yo, como no había leído en mucho tiempo (si lo sabría yo, no había leído nada igual desde hacía unos cuatro años, ya os digo). El relato ahora le encanta. Yo ni siquiera había cambiado el nombre del autor, insisto E.R.

Me dice que estará encantado de editar el relato en una antología que él mismo está seleccionando, que si no me importa, me dice el majadero, dejarle aquella copia impresa para releerla, y hacerle llegar otra en disquete. Todo esto me dice el majadero, mientras yo le contemplo con vivas ansias de decirle ciertas cosas, no políticamente incorrectas, sino civilizadamente inadecuadas.

No le dejé la copia. No es apta para majaderos.

Yo editaré ese relato, y lo protagonizaran los legionarios, sus legítimos propietarios, que no son los seal estadounidenses, ni los marines espaciales de STARSHIP TROOPERS; son de verdad y son infinitamente mejores, y sino que se lo pregunten a las gentes de Bosnia-Herzegovina, de Kosovo, de Afganistán, etc.

¡A mí que leches me importa si el abuelo de uno de estos hombres, era zurdo o diestro!

En cuanto al majadero en cuestión, pues decir que leerá esta reflexión, y se sentirá como lo que es; un auténtico majadero.

Y callará.

Desde aquí mando un abrazo a mi buen amigo E.R. Estoy convencido de que visitará este sitio asiduamente, y continuará escribiendo con estilo y honestidad.

Y ¡viva la Legión! que se parte el alma en misiones humanitarias, en lugares que a los demás nos desasosiegan hasta en sueños, y están por ahí, dispuestos a dejarse el pellejo si se tercia, para mantenernos a salvo en este mundo asquerosamente imperfecto, en el que las cosas, a veces, no se resuelven con palabras, evidencia ésta última, por la que maldigo a la humanidad, al menos una vez al día.

¡Ya está bien de viejas etiquetas, amarillentas y cuarteadas, que desafían la dignidad y el sentido común! ¡Ya está bien!

Cosas como estas pasan a diario, cientos de veces. Nos levantamos con una relación de palabras, expresiones e ideas que no podemos pronunciar. Una relación clavada en el culo, que nos obliga a contorsionarnos durante toda la jornada, para ver si tal o cual cosa se puede decir o no. Y al tiempo que nuestro cuerpo, también nuestra mente se contorsiona y trastorna, más y más.

Cuando llega la noche caemos derrengados sobre nuestros lechos, sin tener muy claro que esté bien visto caer derrengado, si algo de cuanto hemos dicho a lo largo del día pudo sonar inapropiado, radical, poco cortés, excesivamente progresista o moderado, arrogante o apocado. No podemos hablar mal de un magrebí, aunque haya cometido un quíntuple asesinato, porque suena racista, y además sus razones tendría el chavalote. Si describes a un niño con problemas de desarrollo mental como subnormal, ni San Toribio te libra de las críticas, aunque te agarres con uñas y dientes al diccionario y seas médico cooperante de una ONG dedicado en cuerpo y alma a éste tema. Si ves por la calle a una chica imponente, no se te ocurra decir: ¡qué pedazo de mujer! o te convertirás, como por arte de magia, en un machista de mierda; pero cuidado no finjas ignorarla o. ¡chas! ya eres un maricón, posiblemente también de mierda.

No se trata de perder la educación, sino de llamar a las cosas por su nombre, de no perder la perspectiva. Se trata de que ni todos los magrebíes son malos, ni todos buenos, se trata de que subnormal quiere decir por debajo de lo normal y, desgraciadamente, algunos niños nacen así. Resulta que apreciar a la mujer en un plano de igualdad, no es lo mismo que intentar mentalizarnos de que lo único digno de admiración que pueden tener es el cerebro.

Preguntadles a vuestras novias o esposas, cuando aparecen todas engalanadas, para salir a cenar un fin de semana, si se conforman con un admirativo ¡qué inteligente eres cariño! Posibilidades tenéis de tragaros enterito un zapato de tacón alto.

Se trata de ser correctos cuando la educación y el sentido común lo exijan, y honestos en todo momento. Principalmente con nosotros mismos. Pero no de reducir a un cinco por ciento nuestro montante neuronal.

Y para acabar, retomando la anécdota del comienzo; una gesta protagonizada por un grupo de guerreros hititas, en una meseta de Anatolia, es una narración épica y gloriosa, entroncada con la más profunda mítica céltica y greco-latina, llena de inteligentes alegorías y referencias a virtudes esenciales como la solidaridad, el valor, la abnegación y la entrega incondicional, mientras que la misma gesta protagonizada por legionarios españoles del futuro y en Ganímedes, es una mamarrachada fascista.

Si como algunos sostienen, y en cierto modo comparto, la Ciencia-Ficción es una cuestión de escenario, traslademos toda esta reflexión al escenario de nuestra Ciencia-Ficción y veréis que maravilla.

Lo dicho; nos estamos volviendo gilipollas a la carrera, y eso, supongo yo, no debe ser bueno.

Al final acabaremos lanzándonos imprecaciones ante un vetusto espejo, sin reconocernos en el reflejo. ¡Qué pena!

No se si estamos a tiempo todavía, pero llamemos al pan, pan y vino al vino, o acabaremos comiendo madera y bebiendo aguarrás.

¡Salud y sensata subjetividad, amigos!

© Lázaro Betán
(1.571 palabras)