Panegírico: Stephen Jay Gould
Eduardo Gallego Arjona

Hay ocasiones en las que uno siente la muerte de alguien a quien no conoce personalmente cual si se tratase de la pérdida de un amigo.

Puede que tú, amable lector, ignores quién es, quien fue S. J. Gould. Supongo que, salvo las páginas científicas de los diarios y revistas especializadas, los medios de comunicación no le dedicarán excesivo espacio. Probablemente, considerarán más digno de interés el último cotilleo del famosillo de turno, cuyo único mérito será conocer (en el sentido bíblico del término) a la cuñada del que saca a pasear el caniche del guardaespaldas de la cantante Fulanita. El nombre de S. J. Gould les sonará a chino. En fin, nadie dijo que el mundo fuera justo. Permítaseme, no obstante, rendir un humilde homenaje a uno de los pensadores más lúcidos de la historia de la Ciencia.

Probablemente, Gould es, después de Darwin, el biólogo evolutivo más influyente. Taxónomo y paleontólogo, sus aportaciones a la teoría evolutiva resultan esenciales. Junto a Niles Eldredge, propuso la hipótesis de los equilibrios puntuados (traducción macarrónica del inglés que ha hecho fortuna) para explicar las lagunas del registro fósil. Supuso una colleja en toda regla para los partidarios del gradualismo darwiniano, y contribuyó a generar un apasionante debate sobre los ritmos evolutivos. Asimismo, Gould fue paladín de una visión no teleológica de la evolución. Ésta no tiende hacia un fin más o menos sublime (el nacimiento de la humanidad, por ejemplo), sino que depende del azar, los accidentes, las catástrofes: una cura de humildad para nuestro inflado ego.

Mas si su valía como investigador no admite duda, lo que lo engrandece ante mis ojos es su dedicación a la noble tarea de la divulgación científica. Creo que sólo Asimov y Sagan, cuyas muertes también lloré, han llegado a superarle en popularidad. Al respecto, valga una anécdota: fue la estrella invitada de un episodio de Los Simpson en el que Lisa intenta desenmascarar un peculiar fraude, el hallazgo del esqueleto de un ángel.

Y es que pocos, como Gould, han combatido tanto contra los cerriles fundamentalistas y su pretensión de que la teoría evolutiva no sea enseñada en las escuelas estadounidenses. Por otro lado, marxista como era, siempre se esforzó en tender puentes entre Ciencia y Religión, en fomentar la comprensión y el respeto mutuo entre quienes buscan el conocimiento honradamente, de modos diversos.

Pocos han escrito libros divulgativos sobre evolución tan leídos e influyentes como EL PULGAR DEL PANDA, además de diversas recopilaciones de artículos. O han llegado a emocionarnos con un libro como LA VIDA MARAVILLOSA que es, en esencia, un tratado sobre la evolución temprana de los artrópodos. Tiene mérito: en esta obra nos apasionamos con el proceso de investigación científica y, de paso, atisbamos lo improbable de nuestro origen como especie.

Pocos, como él, se han ocupado del estudio de la historia de la Ciencia y del pensamiento científico. Ha rescatado a sabios olvidados, ha tratado de comprender por qué algunos de ellos propusieron teorías en apariencia chifladas o excéntricas y reivindicado su valía como científicos, al ubicarlos en su contexto social. Porque la Ciencia no es ajena a la sociedad, a las ideologías políticas. La vasta cultura de Gould, interesado en todo lo divino y lo humano, desde el deporte hasta lo más sublime, le otorgaba una visión de conjunto de la que otros carecen.

Pocos, como él, han reivindicado la igualdad de todos los seres humanos, y han denunciado el empleo de la Ciencia para justificar la opresión y el racismo. Libros como LA FALSA MEDIDA DEL HOMBRE deberían ser de lectura obligada para hacernos reflexionar acerca del modo en que tratamos de adecuar la realidad a nuestros prejuicios.

En suma, pocos, como él, muestran que la Ciencia es apasionante y despierta nuestro sentido de la maravilla. Desde luego, mucho más que las pseudociencias y otros fraudes que proliferan como hongos. Y además, escribía con sentido del humor y fina ironía, algo muy de agradecer.

Me pregunto si en nuestro país, aparte de los biólogos (y no todos) y demás gente con inquietudes científicas, lo conoce alguien. Siempre nos quedará un consuelo. Por fortuna, como todos aquellos que escriben buenas obras, mientras alguien siga leyéndolas y discutiéndolas Stephen Jay Gould nunca morirá. Continuará entre nosotros, con su espíritu crítico y sutilmente burlón, ayudándonos a analizar esa gran obra inacabada que es el Libro de la Vida.

© Eduardo Gallego Arjona
(729 palabras)