¿Frikis? ¿Qué Frikis?
Francisco José Súñer Iglesias

Presionado por la opinión social mayoritaria, que abomina de ellos, el aficionado medio suele ser bastante reticente a demostrar en público sus gustos y preferencias literarias o cinematográficas, y raramente se atreve a confesar que le encantan las novelas y películas de marcianos o dragones. Por eso, aún a costa de ganarse fama de rarito, solitario e introvertido, prefiere mantener en un discreto segundo plano sus aficiones, por no hablar de lo que supone el hecho de que alguien ajeno al medio descubra que se disfraza para las convenciones de Star Trek, que le vuelve loco el rol en vivo, que tiene un alto cargo en la Armada Valerana o que se forra la chupa de cuero con todo componente electrónico que cae en sus manos.

Pero lo más grave de todo es que el aficionado medio tiene una larga tradición de contemplador de ombligo propio y de poco o nula percepción de lo que ocurre más allá de las últimas novedades editoriales o cinematográficas, y ni siquiera, aunque se lo pongan delante de sus narices, se da cuenta de que lo suyo ni es una enfermedad ni una manía rara; es lo normal.

El aficionadio medio, para que todas estas ideas se le quiten de la cabeza, lo mejor que puede hacer es plantarse un domingo por la tarde ante la televisión y visionar cuidadosamente todos los resúmenes de la jornada liguera del fin de semana, o del Mundial, o de la EuroCopa, o de lo que toque en ese momento. El espectáculo que contemplará no tiene desperdicio; cientos, miles, millones de individuos se habrán pintorrojeado la cara, vestido con ropajes de vivos colores y enarbolado abigarrados estandartes, muy orgullosamente y sin tener en cuenta el pensamiento del vecino ni las recomendaciones más templadas de sus mayores, si es que esos mismos mayores no se han unido ya a la fiesta.

A continuación de juntan por cientos, miles, millones para berrear como cerdos ante el espectáculo bastante desconcertante de ver como 22 personajes, once de los cuales van vestidos con sus mismos colores brillantes y los once restantes con los del enemigo, persiguen una pelota con no se sabe muy bien que intenciones, en vista de los ridículos resultados finales.

Tras esto, se habla, se comenta, se discute acaloradamente, se compra prensa especializada a todas luces amarillista, se jalea y homenajea públicamente a personajes perseguidos por la justicia, se asesina por no llevar los colores brillantes correspondientes, se coleccionan cromos, se pierden los papeles por conseguir una camiseta sudada o por tocar brevemente a un jovencito millonario casi analfabeto, en fin, se pierde la dignidad.

Eso es frikismo en estado puro, no coleccionar navecitas de Babylon 5 o jugar un par de horas al día al Warhammer. Así que ya sabe que contestar el aficionado medio cuando el bienpensante de turno intente ponerle la cara colorada a cuenta de su camiseta de Yoda: Y el Madrí qué, otra vez campeón de Uropa, ¿no?

© Francisco José Súñer Iglesias
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