La CIA me ha dicho que responda
por Julián Díez

Describe Guillem Sánchez en su artículo La cultura y el retorno de la Edad Media un panorama dantesco de control absoluto de la producción cultural, hegemonía del fanatismo y, seguramente, encarecimiento del precio del jamón serrano de pata negra, y liga todo ello nada menos que al afán de algunos críticos de este género que damos en llamar ciencia ficción en definir un canon, un listado de obras unánimemente recomendadas. Lo curioso del asunto, lo verdaderamente divertido de su artículo, es que el propio marco en que es ofrecido desmiente punto por punto los temores de Sánchez, cuyo alarmismo quizá parta más de situaciones particulares que globales.

Quizá muchos lectores no vean el fondo de la cuestión planteada por el señor Sánchez ante la peregrina insinuación de que los críticos literarios podamos formar parte de una compleja conspiración en favor del actual conflicto de civilizaciones, digna de figurar junto a las apariciones de los siete niños de Ecija. Con un mecanismo bien conocido por cualquiera que haya estudiado mínimamente manipulación, simplemente el señor Sánchez pretende ganarse las simpatías del lector encarnándose en el bien en oposición al mal, pero lo hace de una forma tan brusca que supongo que no conseguirá que nadie se la crea mucho.

Según lo planteado por el señor Sánchez, existen dos opciones:

    1. En sus cuarteles de la CIA, los poderes del complejo militar-industrial están reunidos con las fuerzas de Al-Qaeda para crear una sensación de conflicto mundial a través de la cual poderlo controlar todo. En medio de discusiones sobre el dominio de los oleoductos del Mar Negro y la hegemonía en el Africa Subsahariana, alguien comenta: Eh, no olvidéis lo de promover el canon de la cf en España. Ah, sí, apunta otro, hay que promover las obras de Philip K. Dick y terminar con la cf que se salga del tiesto imitando a los grandes clásicos de los años treinta.

    2. Los críticos de la cf española, reunidos en sanctasantórum, deciden integrarse en la marea del actual conflicto de civilizaciones aportando su propio granito de arena: apoyando la idea de un canon. Así, cuando el caos se apodere de todo, nosotros tendremos asegurado un lugar en la cumbre, explica el posible líder. ¡Yo quiero ser conde de Betanzos! apunta otro.

Dado que esto es simplemente ridículo y no responde más que al deseo del señor Sánchez de convertir a todas las fuerzas del mal en el mundo moderno en integrantes de una misma conspiración -algo que resulta mucho más cómodo de pensar que no simplemente creer que las cosas no son como uno quiere y no se encuentra medio para afrontarlo-, pretendo, más bien, responderle a los argumentos meramente literarios, puesto que en el fondo no creo que el hecho de que el señor Sánchez se dedique a adjudicar todo tipo de pensamientos absolutistas a los que no están de acuerdo con él pueda ser, de alguna manera, un deseo de exterminar -dialécticamente hablando, claro- a quien no coincida con sus ideas.

Como decía al comienzo, lo curioso del asunto es que en el propio continente en el que Sánchez nos presenta su singular contenido se encuentra la respuesta a sus temores. Para empezar, porque se trata de una página web. Una página web es un medio de comunicación gratuito, barato, sin más control de su propietario, que puede ser literalmente casi cualquiera. Es decir, no es posible que se produzca una reducción de la cultura a ningún mínimo determinado por alguien mientras exista internet, y páginas como ésta en la que tanto el señor Sánchez como yo podamos intercambiar nuestras ideas con absoluta libertad e igualdad de oportunidades.

Con ese arma, difícilmente ningún Bin Laden de la crítica nos arrollará. En cuanto al dichoso canon, me gustaría llamar la atención sobre una de las noticias presentes en la misma actualización del propio Sitio: una lista de las cincuenta mejores películas de ciencia ficción. Como otros muchos visitantes, entré en esa lista y me encontré con que las que estaban en primer lugar, en su mayoría, eran las películas que imaginaba. También había alguna que no conocía, y que supongo que intentaré ver.

El famoso canon no es más que el intento de crear una de esas listas, lo más consensuada posible. De hecho, ese canon ya existe: cuando uno ve esa lista de las cincuenta, ¿no encuentra natural ver a STAR WARS, DR. STRANGELOVE o BLADER RUNNER entre ellas, y no resulta llamativo y extraño ver a cambio una tal DONNIE DARKO, -que, naturalmente, iré a ver por si acaso cuando sea posible: es lo que tienen estas listitas…- o suena algo así como precipitado encontrarse a MATRIX? Pues eso es el canon: algo que existe, en la que determinadas obras van entrando sin que nadie las empuje a ello. Y en una lista de las diez mejores películas recomendadas por todos difícilmente estará STALKER, por mucho que la crítica diga que es la octava maravilla del mundo, porque es una película rusa, larga y pesada. Que conste que a mí no me disgusta (aunque no sea nada al lado de SOLARIS, claro), pero desde luego prefiero ver BRAZIL o ALIEN y esas son las que recomendaría a cualquiera.

¿Cómo surge entonces el dichoso canon? En el libro que coordiné para La Factoría LAS CIEN MEJORES NOVELAS DE LA CIENCIA FICCIÓN DEL SIGLO XX, además de ofrecer nuestro propio listado, dábamos también todos aquellos que conseguí encontrar, y los cruzábamos en una tabla comparativa. La presencia en una de esas listas suponía diez puntos. Me satisfizo ver que los treinta libros que sumaban más de sesenta puntos estaban todos presentes en nuestro propio listado de cien, como lo estaban también 28 de los 44 que sumaban entre cuarenta y sesenta. Eso, creo, es una lista ya bastante orientativa. Y eso que fuera de ese grupo de cabeza quedan obras que a mí me parecen magistrales como SOY LEYENDA, REGRESO A BELZAGOR o MUERTE DE LA LUZ. Como crítico intentaré darlas a conocer todo lo posible, pero el canon terminará decantándose sin que sea yo quien decida quién está ahí o no.

Precisamente el canon se hace especialmente necesario en tiempos en los que crece la accesibilidad a las obras, en parte gracias a Internet. Cuando todo es móvil y pasajero, crear asideros firmes -tradición, si se quiere- puede ser una necesidad para muchos de nosotros. Porque, no lo olvidemos, vivimos una época en la que hay incontables ofertas de ocio, innumerables libros por leer, entre otras cosas porque la tecnología hace posible que haya tiradas pequeñas. Hay libros que pueden estar largo tiempo sin reeditar y que conviene rescatar del olvido. Pero, a cambio, las obras del señor Sánchez, por ejemplo, pese a no haber sido publicadas más que en una ocasión en el seno de una antología (hasta el momento al menos, y le deseo lo mejor al respecto) por una editorial profesional, son conocidas por un grupo de lectores, que a su vez pueden manifestar de forma sencilla sus gustos a través de la red.

O sea, que de tiempos oscuros y todo eso, muy difícil en el sentido que él lo comenta. Personalmente sí creo que vamos hacia una época de control, pero sólo en el territorio de los medios de difusión mayoritarios: la existencia de una cultura alternativa está absolutamente garantizada, aunque resulte preocupante que pueda ser siempre secundaria. Otro asunto es trascender a un pequeño grupo de lectores y quiere acceder a un grupo mayor, momento en el que pasa a depender de editoriales que se juegan sumas importantes de dinero con publicaciones de grandes tiradas... y no ven clara esa posibilidad, por creer que la obra no puede tener éxito en ese contexto. En ese caso, hay dos opciones: intentar progresar con armas literarias y adaptarse a las exigencias de la mayoría (mayor calidad estilística, temáticas de un determinado tipo que son más aceptadas dentro del propio género… lo que a mi juicio está haciendo Juan Miguel Aguilera, por ejemplo) o denunciar que el mundo funciona mal porque no se reconoce el talento propio. Y entre otras cosas, señalar a los críticos conspiradores, que forman parte del grupo de poder que intenta someter al mundo y que, vaya por Dios, no entienden al creador en cuestión, y van los tíos y hasta hablan bien de otras cosas.

Mi consejo al señor Sánchez es que no se preocupe tanto por el canon, porque no lo señalaremos ni él ni yo y pese a todo terminará existiendo, y que deje de ver fantasmas conspiratorios donde sólo hay personas intentando dar una opinión razonada para los muchos lectores que desean, de forma voluntaria, una orientación a la hora de decidir la compra de un libro. Esta sociedad tiene muchos defectos, pero no es uno de ellos que nadie obligue a leer críticas y artículos, que merecerán para los lectores la confianza que cada analista vaya consiguiendo al darles una guía útil; tampoco nadie obliga a leer los libros del señor Sánchez, que obtendrán mayor notoriedad si su pericia consigue que más lectores vayan disfrutando con ellos.

© Julián Díez
(1.520 palabras)

Recomiendo al lector que lea ambos artículos y juzgue por sí mismo.
Guillem Sánchez