Asqueante
por Francisco José Súñer Iglesias

A veces creo estar viviendo en el peor de los mundos, en la sociedad más corrupta éticamente, rodeado de gentes con unas taras morales que ya no sólo impiden considerarlas como humanas, sino hasta como monstruos y, en fin, viviendo día a día al borde de la alucinación, asomado a un extraño umbral en el que las propuestas más desquiciadas de nuestros queridos autores de ciencia-ficción y la realidad se confunden a veces de forma espeluznante.

El último caso de degradación ética nos viene de Estados Unidos, donde una pareja de lesbianas ha decidido deliberadamente que sus hijos sean, al igual que ellas, sordos de nacimiento. Como lógicamente, han necesitado la ayuda de técnicas de inseminación artificial, el donante ha sido un sordo de quinta generación, con lo que genéticamente estaba prácticamente asegurada la sordera de la descendencia.

Con los antecedentes familiares de ambas mujeres, que también se remontan a muchas generaciones atrás, no hubiera sido extraño que los hijos de cualquiera de ellas también hubieran heredado la sordera, pero la diferencia entre la difícil decisión de tener un hijo, aún a sabiendas de lo que podría ocurrir, y el hecho de concebir uno con la deliberada intención de que nazca privado de uno de sus sentidos es la misma que hay entre la irresponsabilidad consciente y el más puro de los desprecios por el futuro de sus hijos.

Nadie con una discapacidad y en su sano juicio querría que su descendencia también tuviera que sufrir sus mismas miserias, cualquiera en su sano juicio estaría dispuesto a dar lo que fuera porque sus hijos disminuidos se liberaran del lastre que suponen sus incapacidades, y esa dirección se dirigen la medicina y la tecnología aliadas cada día de forma más eficaz para paliar todos esos problemas (en el caso que nos ocupa, los implantes cocleares son un magnífico ejemplo) ¿Qué es lo que lleva entonces a personas como estas a desear lo mismo para sus hijos?

Egoísmo, falta absoluta de respeto hacia su descendencia, amargura, envidia, locura... Por si esto fuera poco los argumentos que ofrecen son de una estupidez asombrosa; con una mezquindad absoluta, se vanaglorian de las ventajas económicas que supone el criar a un niño sordo, por cuanto en Estados Unidos la educación para ellos es, por ley, gratuita. Apelan además a la homogeneidad de la unidad familiar, cuando eso es algo que lo da el cariño, la comunicación y el respeto mutuo; ¿qué respeto podrá tener ese niño por sus madres cuando sepa la causa de su situación? ¿Tendrán valor para decirle que es sordo porque a ellas les pareció que era mejor para él ser así? ¿Qué ocurrirá si se rebela al dictado materno y decide corregir esa situación y convertirse en oyente gracias a la cirugía o cualquier técnica que se desarrolle en el futuro?

Como majadería final afirman que también hay negros, y que los negros tienen muchas dificultades sociales, pero que no por ello a las mujeres blancas se les impide inseminarse de un negro, poniendo al mismo nivel una clara desventaja funcional con un estúpido prejuicio racista.

Acabo de terminar de leer MASKE: TAERIA, de Jack Vance, donde se describe un pueblo que prefiere mantenerse aislado del resto y utilizar la tierra cultivable de la que disponen para plantar sus árboles sagrados antes que para cultivos productivos, lo que supone de hecho su lento suicidio.

Actitudes como la de estas mujeres nos ponen en el mismo camino.

© Francisco José Súñer Iglesias
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