Superatletas
por Francisco José Súñer Iglesias

Uno de los temas recurrentes de la ciencia-ficción es la de la potenciación mediante métodos químicos, quirúrgicos o cibernéticos de las habilidades intrínsecas del ser humano; y es un tema casi tan antiguo como la ciencia-ficción moderna, sus precursores se pueden buscar en FRANKENSTEIN y, fundamentalmente, en EL EXTRAÑO CASO DEL DR. JECKYLL Y MR. HYDE.

Desde entonces drogas y tratamientos médicos han llenado páginas y páginas, culminando en la muy versátil melange de DUNE, el fallido tratamiento de FLORES PARA ALGERNON, la reinvención del ser humano en HOMO PLUS y el uso casi masivo de implantes y drogas del más variado pelaje dependiendo del subgénero y la época de la obra.

Es, un tema casi recurrente del género, y en cualquier caso resulta una cuestión muy normal hoy día; es sencillísimo hacerse con una amplia gama de productos químicos para tratar la fatiga, la depresión, aumentar la concentración, o ayudar a la relajación, la medicina nos alivia y recompone con corazones artificiales, huesos artificiales y piel artificial. Todo esto es bueno, y se considera socialmente necesario para la estabilidad física y emocional del individuo, y en algunos casos ni siquiera es relevante que esos productos químicos, realmente emnascaradores de síntomas, resulten ser más que perjudiciales para el individuo. Mientras éste rinda al nivel que los índices de rentabilidad laboral requieren; no importa que acabe destrozado, siempre se puede reemplazar por alguien dispuesto a seguir el mismo camino y el mismo ritmo.

Pero hete aquí que en uno de esos alardes de hipocresía repugnante que caracteriza a esta sociedad moderna, se exige a las estrellas del deporte, (que a falta de guerras de calado moral suficiente y ante la desaparición definitiva de los últimos monstruos se han convertido en los héroes contemporáneos), que traspasen los límites del sufrimiento y pongan en peligro su salud y aún más, su vida, sin más ayuda que la vida sana, el ejercicio regular y la alimentación equilibrada.

Luego, cuando alguno de ellos es descubierto ayudándose de alguna de esa química, que en otras circunstancias está más que bien considerada, se le arrastra por el barro y se le lapida sin misericordia. Que un político o algún opinador diga sandeces al respecto no me resulta extraño y ni siquiera ofensivo, pero cuando es algún otro deportista el que se llena la boca de palabras escandalizadas me hierve la sangre; he hecho, y hago, mucho deporte y estoy más que convencido que todo deportista de alto nivel, sin excepción, se ayuda de la química para mantener el ritmo de entrenamiento y competición, y no voy a ir más allá que mencionar algo tan inocente y ampliamente aceptado como los complementos vitamínicos; todos los deportistas de alto nivel toman algún u otro preparado para compensar el inmenso desgaste que el entrenamiento y la competición producen, no sólo eso, también se añade de forma artificial a la dieta del deportista oligoelementos, compuestos proteínicos y en los casos en los que la presión del entorno y la ambición puede con la prudencia, se prueba con otro tipo de sustancias más allá del simple complemento alimenticio.

¿Dónde está el límite? Donde dicen las listas de los organismos dedicados a elaborarlas. El cinismo viene de que sólo es tramposo y drogadicto (un asqueante y deliberado uso tendenciosos del leguaje y sus significados) el que se ayuda de alguna de esas sustancias prohibidas..., y es sorprendido, lo que además le añade el apelativo de tonto de remate.

Pero que nadie se engañe, todos estos complementos ayudan, pero si no hay calidad no sirven de nada. Por eso, pese a quien le pese, Ben Johnson, Johann Muehlegg y muchos otros siguen siendo héroes, héroes más allá de la moral hipócrita que exige la victoria pero a la vez le pone límites.

© Francisco José Súñer Iglesias
(630 palabras)